Capítulo 1

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Cuanto más la cafetería se llenaba y la gente se aglomeraba, más oxígeno le faltaba. Las luces en el techo eran más grandes que las de las paredes, y las mesas laterales, blancas como el vestido de Ariadna, le recordaban a su boda. El aroma a café había sido placentero y motivadora durante sus largas e interminables noches frente a su computador. Libros y documentos impresos que ella ordenaba antes de dormir ocupaban gran parte de su habitación.

Ella lo llamaba su pedacito de vida para sobrevivir.

El escenario del local bien podría servir para empezar su nueva historia. El hecho de que se sentase ahí podría haber dado lugar a interpretaciones como: está inspirándose, usará este lugar para una escena de amor o está estudiando a las personas para basarse en ellas y describir al nuevo personaje de su libro.

La música de la cafetería sonaba suave y era imperceptible entre el barullo de los trabajadores que se reunían después de finalizar su horario y de las parejas que se encontraban para ponerse al día. Ariadna era la única solitaria.

Sentada en la banqueta que daba a la calle, miraba como el cielo se oscurecía más y abría sus puertas a cántaros de lluvia. Las gotas bajaban en un sinuoso camino, lentas, nostálgicas. Y como fondo de su maravillosa vista, el asfalto gris con charcos relucientes, iluminados con estrellitas de los faroles le recordaba la cruda realidad.

No había traído paraguas ni el auto del año que le había regalado su marido.

Marido, pensó ella y apretó el bolígrafo en su mano. La agenda que descansaba sobre la mesa había dejado de ser su registro de historias e imaginación. ¿Cuántas veces había rayado las hojas con tanta desesperación, con lágrimas que corrían por su mejilla como las gotas que acababa de admirar?

Por el rabillo del ojo, notó que dos estudiantes se ponían de acuerdo entre sí sobre quién se acercaría a ella a pedirle un autógrafo.

Suspiró, cansada. Le dolía la mejilla después de la pelea con Daniel, su esposo. La bofetada que le proporcionó ya se reflejaba en una montaña roja que ella trataba de cubrir con su largo cabello y una gorra.

Su sufrimiento no había comenzado con Daniel. Venía de mucho antes, de una grieta que nunca cerró. Tenía doce años cuando lo entendió por primera vez, aunque en ese entonces no supo ponerle nombre.

Jugaba en la sala principal con su castillo de juguete, un palacio rosado casi tan alto como ella, mientras hacía hablar a su muñeca como si fuera una reina. Todo era luz, orden, belleza. Hasta que el empleado se acercó. Joven, amable, con esa sonrisa que siempre le dedicaba cuando la veía sola. Dejó unos dulces frente a ella y le susurró que no dijera nada. Ariadna rio, cómplice, sin entender el peso de ese secreto.

Y entonces apareció él.

Su hermano.

No lo recordó como una persona, sino como una irrupción. Un cuerpo grande, tenso, con los ojos encendidos de algo que no supo reconocer. Lo tomó de la solapa sin decir mucho y lo lanzó contra el sofá como si no pesara nada. Ariadna gritó. Retrocedió hasta chocar contra su castillo, viendo cómo ese mundo perfecto se volvía inútil en un segundo.

Recordaba los golpes. El sonido seco. La respiración agitada. Las palabras... no. Esas se perdieron. Solo quedó la violencia, desbordada, descontrolada, como si algo dentro de él se hubiera roto para siempre.

Después vinieron los susurros. Los empleados hablando a media voz, creyendo que ella no escuchaba. Que el muchacho había descubierto cosas que no debía. Dinero desviado. Cuentas ocultas. Traiciones dentro de la familia. Esa habría sido la razón.

Pero a Ariadna eso no le importaba.

Lo que le dolía era otra cosa.

No recordaba su nombre.

La última esperanzaStories to obsess over. Discover now