En el palacio principal de Júpiter reinaba un tremendo ajetreo. Las doncellas preparaban los últimos detalles para la recepción: la cristalería, la mantelería y el banquete. Todo debía lucir impecable. Una de las amas de llaves, de uniforme impoluto, pasaba revista ante una docena de mucamas ataviadas al estilo francés.
—¡Revista! —ordenó la mujer con la severidad de un sargento mientras inspeccionaba los guantes blancos, la simetría de las cofias y el largo de las enaguas—. ¡Siguientes!
Mientras tanto, una nave espacial de mediana envergadura aterrizó en un helipuerto cercano. De ella descendió una mujer rubia, de tez pálida, que lucía un hermoso vestido blanco adornado con cristales de Swarovski; la tela cruzada sobre su pecho y la tiara de plata denotaban su noble estatus. Junto a ella bajó un joven de catorce años, inusualmente alto, vestido con traje de gala y con la mirada perdida en su dispositivo móvil. La joven empujaba la silla de ruedas de un hombre adulto, elegantemente ataviado con un esmoquin y la banda real. El casco de la nave portaba el escudo y la bandera del Reino de la Tierra.
—Mira, hermana, se parece mucho al palacio de gobierno en Nicaragua —comentó el adolescente.
—Sí, el parecido es extraordinario —contestó ella.
Al entrar al salón principal, la comitiva terrestre fue recibida por un gallardo joven de ojos amarillos y larga cabellera azul atada en una coleta. Vestía un imponente uniforme real y portaba un sable al cinto. La joven hizo de inmediato una reverencia.
—¡Su Alteza!
El atractivo heredero la tomó suavemente por los hombros para incorporarla.
—Soy yo quien debería reverenciar su belleza.
Sus miradas se cruzaron, pero la atmósfera se interrumpió cuando otro joven dio un paso al frente.
—¡A sus pies, su humilde servidor, el príncipe Almans!
—Su Alteza —intervino el anfitrión—, mi primo, el príncipe Almans... Creo que ya se conocían, ¿verdad?
—No que yo recuerde —contestó la bella princesa.
—Nuestra relación es meramente comercial, primo —respondió Almans con una sonrisa de soslayo—. Yo permanezco alejado de la corte. Soy solo la familia lejana, el segundo en la línea de sucesión.
—¡Bah! A ti nunca te han interesado los asuntos de Estado —replicó el joven monarca de Júpiter, Tamagaz, mientras ofrecía una copa a su invitada—. Es un trabajo desgastante y aburrido, ¿no le parece, princesa Violeta?
—Opino lo mismo —coincidió Almans, apurando un trago—. Menos mal que tú serás el coronado y no yo.
—Me parece una sabia decisión del destino —sentenció Tamagaz con arrogancia—. Para ser rey no basta con nacer en la cuna real. Hace falta algo más.
—¿Cómo qué, Alteza? —preguntó Violeta.
—¡Liderazgo nato, inteligencia militar, valor, rigor y mano de hierro! Miren al joven Williams —añadió señalando al hermano de la princesa—, él será un gran rey.
—No lo dudo, aunque para eso falta mucho tiempo —interrumpió Almans, tomando otra copa—. Al igual que no dudo de que tú serás un monarca memorable. Aunque, a propósito de eso... ¿Tamagaz? ¿No te parece un nombre algo anticuado? Ya serías el quinto en la dinastía.
—He pensado en ello, no te preocupes —respondió Tamagaz con la mirada ensombrecida.
Al notar la creciente tensión, Violeta se disculpó para saludar a otros invitados.
YOU ARE READING
Comando Súper Galaxia
Science FictionUna sangrienta guerra interplanetaria encabezada por el rey - dios júpiter ha devastado el sistema solar. Un pequeño comando formado por los enviados de cada planeta debe entrenar en el uso de un arma capaz de fusionarse con el ser humano. pero las...
