La vida en inglaterra era tentadora y encantadora, pero las cosas se complican para las tres hermanas que pasaron de vivir con su madre, ha ser arrastradas a un país desconocido en el cual reinaba la revolución.
Las colonias se levantaba contra las...
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Londres, Inglaterra. 1770, Siglo XVII.
La lluvia caía por las ventanas de la mansión en dónde cada pasillo era iluminado por velas, decorados por alfombras largas de color rojo y recubiertos de cuadros antiguos junto a pinturas de personas que algunos no conocían siquiera de nombre. Las chimeneas de las habitaciones danzaban creando calor en sus alrededores, gracias a esto la estadía en aquel lugar era mucho más agradable en esa época del año.
Los sirvientes acomodaban la mesa en la sala y limpiaban las habitaciones mientras hablaban entre ellos, como solían hacer cuando se ocupaban de las cosas. La casa solía ser bastante silenciosa a veces, aún que agradecían que en esta noche lluviosa no lo fuera. No era de extrañar este clima en la ciudad de Londres, generalmente estaba así incluso en verano, por lo que las personas no eran ajenas al clima.
La chimenea de la sala en dónde una mujer paseaba un lado al otro había sido encendida horas atrás, el sonido de la madera astillada se oía muy de fondo debido a que era opacado por el ruido de tacones bajos golpeando la madera alfombrada. Había un silencio sepulcral y una tensión inexplicable en cuanto a la escena. El calor había aumentado gracias a al fuego pero aún así, todo se sentía tan frío que incluso las tres jóvenes sentadas en el sofá delante a una mesita ratona, estaban descolocadas.
Ahí estaba ella, la mujer de cabellos dorados que no paraba de dar vueltas sobre sus pasos una y otra vez, preocupada y aterrada. Gracias a su mano en su mentón y sus labios entreabiertos a la hora de murmurar cosas, las probres jóvenes sentadas en fila de menor a mayor se sentían nerviosas. La manera en la que parecía tambalearse y la forma en la cual su cuerpo se movía parecía automático, no paraba de ir de un lado a otro frente a la chimenea.
Parecía estar nerviosa por algo y aquello solo ponía más ansiosas a las tres chicas que se encontraban cerca de ella. ¿Qué le sucedía a su madre? ¿Por qué estaba tan nerviosa? Claramente algo boi estaba del todo bien, por eso mismo, la mayor decidió hablar por primera vez.
—¿Madre? ¿Te encuentras bien?
Una voz tan suave y cálida acompañó el tensó momento cuando creyó que sería lo mejor. Sus palabras lograron detener a su progenitora de una forma cruda, pues se quedó parada de espaldas mirando hacia una pared. La hermosa joven de cabellos rojizos se acomodó en el sillón, sus ojos azules brillaron por el fuego que iluminaba también su melena enredada. Gracias a la cantidad de luz era incluso posible contar todas y cada una de las pecas que poseia en sus mejillas y nariz. Era la mas grande de las tres y también, la que no era hija de sangre.
—Si, cariño. No te preocupes- movió su mano restándole importancia, demasiada importancia.
—No te ves muy bien— la chica de melena castaña se acomodó el vestido con lentitud, insegura. —¿Necesitas un té?