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PROLOGO

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El sol se filtraba entre las copas de los árboles, iluminando con destellos dorados la cabaña de madera que se alzaba solitaria en el claro del bosque. Javier, con sus manos curtidas por los años de trabajo, se ajustaba la chaqueta antes de emprender su camino hacia el pueblo. La tranquilidad del bosque era su refugio, pero la escuela lo llamaba cada mañana. Su vida había encontrado un balance entre la soledad del bosque y la calidez de las aulas.

Antonio, en cambio, no encontraba refugio en ningún lugar. La ciudad le resultaba asfixiante, y los días se le escurrían entre pensamientos de incertidumbre. A sus 25 años, la vida le pesaba más de lo que debería. Había terminado recientemente una relación que le había perdurado desde la preparatoria, una historia que creyó eterna, hasta que lo dejaron plantado en el altar. El vacío que le dejó aquella traición lo había consumido por meses, arrancándole poco a poco la ilusión que alguna vez tuvo sobre el amor. Ahora, la oportunidad de trabajar como maestro sustituto había llegado sin buscarla demasiado, como un salvavidas lanzado a mitad de la tormenta. No sabía si quería enseñar, pero sí sabía que necesitaba alejarse de todo lo que lo atormentaba.

El pueblo era pequeño, con calles empedradas y casitas que parecían atrapadas en otro tiempo. Aquel entorno contrastaba con el ruido constante de la ciudad, pero también le generaba una sensación de extrañeza. Caminando por la plaza principal antes de su primer día, Antonio no pudo evitar sentir que todos lo observaban con cierta curiosidad, como si aquel lugar no estuviera acostumbrado a recibir caras nuevas.

El encuentro entre ambos fue casual, aunque quizás el destino lo había trazado con delicadeza. Javier lo recibió con una sonrisa serena cuando lo vio llegar a la escuela. Había algo en Antonio que le resultaba familiar, como si aquella inquietud que cargaba el joven le recordara a una versión más joven de sí mismo. La mirada de Antonio, aunque esquiva, reflejaba una tristeza profunda que Javier reconoció al instante.

—Bienvenido, Antonio —dijo Javier, con voz firme pero amable—. Me pidieron que te diera un recorrido por la escuela antes de que empieces.

Antonio asintió con torpeza, con la mirada esquiva y las manos escondidas en los bolsillos de su chaqueta. Agradeció en voz baja, sin demasiadas palabras. Javier notó la inseguridad del joven, pero no insistió. Lo guió por los pasillos, señalando las aulas, la biblioteca y la pequeña sala de profesores. Había una calma en la manera de hablar de Javier que parecía templar los nervios de Antonio, aunque él aún no lo notaba.

Durante el recorrido, Javier aprovechó para contar algunas historias sobre la escuela, los alumnos y el pueblo. Antonio escuchaba en silencio, pero poco a poco se sentía menos incómodo. Había algo reconfortante en aquella voz pausada y en la forma en que Javier parecía comprender que no hacía falta llenar cada silencio con palabras.

—¿Siempre ha sido tan tranquilo este lugar? —se atrevió a preguntar Antonio, rompiendo la pausa con cierta timidez.

—Depende de cómo lo mires —respondió Javier, con una sonrisa sutil—. A veces, la tranquilidad está solo en la superficie.

Los ojos de Antonio se posaron en él, como si aquellas palabras hubieran tocado algo profundo dentro de sí. No dijo nada más, pero la sensación de que había algo más debajo de aquella calma empezó a sembrarse en su mente.

El recorrido terminó, pero la presencia de Javier dejó una huella en Antonio. No sabía qué era exactamente, pero había algo en aquel hombre que lo hacía sentir menos perdido. Quizás, después de todo, el destino sí sabía lo que hacía.

Esa noche, Antonio se quedó en la pequeña habitación que le habían asignado en una pensión cercana a la escuela. El silencio del pueblo le resultaba abrumador, pero en medio de la oscuridad, los recuerdos de su antigua vida regresaban con una intensidad que le pesaba en el pecho. Cerraba los ojos y podía ver claramente el rostro de su expareja, la iglesia decorada, los invitados esperando... y el vacío insoportable al darse cuenta de que nadie lo acompañaría en aquel altar.

Se abrazaba a sí mismo, intentando alejar aquella imagen, pero la soledad se aferraba a su cuerpo como una sombra. En medio de aquella tormenta interna, el pensamiento de Javier se colaba en su mente. Su voz tranquila, sus manos firmes, la mirada que parecía verlo sin juzgarlo. Por primera vez en mucho tiempo, alguien había conseguido que su caos interno se aquietara, aunque fuera por unos minutos.

El sol volvió a salir al día siguiente, pintando el cielo con tonos naranjas y dorados. Antonio se levantó con la sensación de que algo había cambiado, aunque aún no lograba entender qué era. La escuela esperaba, y con ella, Javier. Tal vez, solo tal vez, aquel pueblo perdido entre montañas guardaba la calma que tanto había estado buscando.

Dónde habita la tranquilidadStories to obsess over. Discover now