Capítulo 1: La niebla susurrante

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La primera sensación no fue visual ni auditiva, sino una quietud profunda y sofocante. Era el silencio que precede a un grito, la pausa sin aliento antes de que se abra un abismo. Entonces, la consciencia regresó, no con un suave florecimiento, sino con una sacudida estremecedora, como si una mano fantasma hubiera abierto las persianas de su mente. Estaba... allí.

Intentó moverse, incorporarse, pero sentía las extremidades pesadas, perezosas, atadas por un peso invisible. La superficie bajo él era fría, inflexible y arenosa. Polvo, quizás, o los restos pulverizados de incontables momentos olvidados. Un dolor sordo latía tras sus ojos, un dolor fantasma que buscaba una fuente que no podía identificar. Sus pensamientos, cuando intentaban unirse, se dispersaban como pájaros asustados, cada frágil idea desintegrándose antes de poder alzar el vuelo. Buscó su nombre, un ancla simple y fundamental, pero solo encontró un vacío resonante. No había nombre. Ni recuerdo. Ni pasado. Solo este presente desorientador.

A su alrededor, las siluetas comenzaron a disolverse en la oscuridad omnipresente. No eran formas definidas, sino sugestiones borrosas, impresiones de existencia. Sintió a otros, dispersos como maniquíes abandonados en un vasto y desolado escenario. Estaban silenciosos, quietos; su presencia era menos una interacción y más un murmullo ambiental de desconcierto. Se atrevió a girar la cabeza, con un movimiento rígido y de protesta, y se encontró con la mirada de una de esas figuras. Los ojos que le devolvían la mirada eran como piedras pulidas, sin reflejar nada, sin chispas de reconocimiento, sin rastro de humanidad compartida. Estaban vacíos, reflejando la misma profunda amnesia que lo había consumido. Un olvido colectivo.

El aire mismo era un personaje en este cuadro desolado. Era denso, antinaturalmente denso,Llevaba un frío húmedo que le calaba los huesos. Y con él, una niebla. No una neblina natural, sino algo más denso, más viscoso, como si la atmósfera misma se hubiera espesado hasta convertirse en una entidad tangible. Se aferraba a todo, un velo espectral que amortiguaba los sonidos, difuminando los límites de la realidad e infundiendo una sensación primigenia de inquietud. La niebla no era simplemente una ausencia de luz; era una presencia, una presión suave e insistente que parecía susurrar secretos olvidados contra su piel. Se sentía como el aliento de un dios olvidado, frío e indiferente.

Se esforzó aún más, sus músculos gritaron en protesta. Sus manos rozaron algo metálico, frío y ornamentado. Una barandilla. Se aferró a ella; el frío metal era una solidez bienvenida en este mundo fluido y desorientador. Al mirar hacia abajo, vio que estaba en una especie de plataforma, una extensión elevada de hormigón agrietado que se extendía hacia la distancia envuelta en niebla. Y más allá de la plataforma, donde la niebla se disipaba ligeramente, pudo distinguir los restos esqueléticos de estructuras. Edificios, tal vez. Pero sus formas eran borrosas, sus detalles se perdían en el crepúsculo perpetuo y la niebla creciente.

La arquitectura era una paradoja. Grandiosa, con un aire de decadencia. Altos arcos, tallas ornamentadas, todo ello sugería una época olvidada de viajes, una época en la que los viajes se emprendían con cierta ceremonia, una grandiosidad que parecía completamente ajena a este presente desolado. Sin embargo, la decadencia era rampante. La piedra estaba desportillada y manchada, el metal oxidado y retorcido. Era un monumento a la obsolescencia, una grandiosa y decadente puerta a ninguna parte. Su mera magnitud, sin embargo, insinuaba un propósito, una razón de ser, aunque esa razón se perdiera en la niebla del olvido.

Intentó reconstruir la escena, encontrar una lógica, una narrativa. ¿Era una estación? ¿Una terminal? La palabra «estación» surgió en su mente, un faro solitario en la niebla de su memoria, pero no le trajo contexto, ningún sentimiento asociado. Solo la palabra en sí, desolada y aislada. Observó a las otras figuras en el andén; su silencio era testimonio de su aflicción compartida. ¿Eran compañeros de viaje, varados como él? ¿O simplemente formaban parte del paisaje, tan inertes como las estructuras en ruinas?

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