El compromiso social de un par de tragos y un rato de amable camaradería con unos buenos amigos me retuvo en noches pasadas en una taberna de mi viejo barrio. Cuando tocó despedirnos ya era de madrugada. Mis amigos notaron que yo no tenía transporte y se ofrecieron a llevarme en su auto. Decliné la oferta porque no acababan de recordar cuál de ellos era el conductor designado a causa de la borrachera que traían todos. ¿Sería el que estuvo brindando con un florero? ¿El que antes se había quedado dormido sobre el mostrador de la barra y de a poco se fue descolgando hasta caer al piso y ordenar desde ahí otro whisky doble? ¿O el de la cara roja al que se le volaba el sombrero con los espasmos de un ataque de hipo? El whisky me pone lento, pero mis pies sabían bien el camino desde la taberna y antes de darme cuenta llegué a mi casa, o para mejor decir la de mis padres. Me estoy quedando con ellos en tanto logro recuperarme de unos quebrantos financieros que me han dejado sin auto ni domicilio propio. Una situación temporal nada más.
Todos dormían, abrí la puerta sin hacer ruido y pulsé el interruptor de la luz. No pasó nada, la bombilla del recibidor estaría fundida o floja. Entré para buscar el interruptor de la lámpara del fondo y en medio de la oscuridad le metí un golpe seco de espinilla al tope de mármol de la mesita de sala. El dolor me penetró como un punzonazo hasta lo dulce del hueso. Quise gritar y despertar a todo el vecindario, pero aguanté las ganas con estoica dignidad. Apoyado en la pierna buena y girando al son de ayes ahogados, como en un baile ceremonial de indio norteamericano, apuré el tiempo para que pasara rápido el agudo trauma inicial. Cojeando y a tientas logré desplazarme hasta el fondo de la habitación. Busqué el anhelado interruptor con el tacto y de un manotazo encendí la luz. El espejo de la pared me sorprendió agarrotado de un costado, rojiza la cara y con los ojos llorosos. Ya en la seguridad de la habitación iluminada, consciente de no hacerme un daño mayor, pude al fin agarrarme entre las manos la tibia (que más bien la tenía ardiendo) y echarme a rodar por el suelo gimiendo de dolor.
-Cállate, Popi -refunfuñó mi abuela con voz nasal desde su habitación, porque de seguro oyó mis gemidos entre sueños y creyó que provenían del perro.
Así, rodando, llegué hasta una maceta grande de flores y sustraje una botella de brandy que había dejado allí para remedios caseros. No soy de beber whisky y brandy en la misma noche porque las resacas de esa mezcla me azotan de madre, pero apuré un trago por sus propiedades analgésicas. Levantando la pernera del pantalón vi la desagradable herida que ya palpitaba y se inflamaba. Apliqué un poco del líquido medicinal en la cortadura y el ardor antiséptico me sacudió pero me hizo bien. El piso se sentía frío, refrescante, permanecí ahí, la espalda apoyada contra el brazo de una butaca. Con el alivio me llegó el enojo de haber sido tan torpe y eso me sacó un vigoroso bufido.
-Popi, cállate -ordenó de nuevo la abuela.
Me fijé en la lámpara del techo. La contemplé como quizá no lo había hecho nunca. Me dije: es apenas una ampolleta que cabe en un puño, pero satura de luminiscencia cada metro cúbico de esta amplia habitación. Reflexioné en lo mucho que dependemos de ese instrumento de luz artificial y pronuncié con fervor el nombre de Tomás Alva Edison. Las vicisitudes que habría pasado trabajando en la oscuridad para crear la primera bombilla fue lo que pensé. En ese momento, un sentimiento de admiración y orgullo me sobrecogió ante la maravilla del ingenio humano. Las grandes invenciones del hombre desfilaron ante mí: el automóvil, el aeroplano, el radiotelescopio, el humilde pero impecable gancho de ropa, la licuadora de diez velocidades, el adminículo que sostiene la mandíbula accidentada de la suegra de mi hermano y que ha logrado mantenerla callada por dos semanas (toda una proeza de la ciencia).
Sentir el espíritu inflamado en la contemplación del ingenio científico, me es propio, porque he sido profesor de ingeniería mecánica en la universidad. Ya no es así. Me expulsaron de mi cátedra alegando falta de disciplina académica, o lo que es en sí, que me presentaba al aula completamente borracho. Alegación falsa y repugnante. Yo tengo claro que mi despido y desprestigio académico fue causado más bien por la confabulación de unos colegas envidiosos que la tenían en mi contra por ser el profesor más joven y más popular del plantel.
Reconozco que soy un tomador, pero no un alcohólico. Yo bebía de manera social y sobre todo fuera de horas laborables. Levanto mi copa y brindo a fe de eso. Pero la envidia es infame. La canallada llegó a tal punto que sobornaron a mis estudiantes para que atestiguaran haberme visto entrar en cuatro patas al salón, sacar una caneca de ron del saco, y empinármela antes de quedar inconsciente, abrazado a mi escritorio. No guardo recuerdo de semejante episodio, fue sin duda una vil y despiadada patraña.
Repasando aquellas horas amargas en que la vida me botó a la cara con el trapo sucio de una traición por parte de aquellos a quienes consideré amigos y colegas, se me vino a la cabeza la más peregrina idea: ellos son científicos y educadores, cómo les quedaría la fiesta, pensé con justo rencor, si me vieran convertido en un famoso inventor o en el descubridor de una nueva tecnología que asombrara al mundo y pusiera mi nombre entre los grandes de la ciencia. Eso los rebajaría a la vergüenza pública de haberme denigrado de manera injusta. Es más, se verían obligados a integrar a sus mediocres cátedras mi nombre y mi obra, es decir que cada día tendrían que hablarle de mí a sus estudiantes, diciendo, por ejemplo, «éste es uno de los grandes de la ciencia moderna...» y murmurando por lo bajo con íntima humillación «mientras que yo sólo soy una de las ratas de cloaca que quiso destruirlo». Esa sería mi perfecta venganza. Sería como escupirles a la cara y con la mano restregarles bien el mucoso salivón por toda la puerca cara. ¡Qué edificante! Sentí que revivía en ese momento. Me levanté enseguida del piso y me acomodé en la butaca para explorar con todo el ánimo tan incitante idea.
Lo primero fue plantearme si estaba yo siendo realista al pretender ponerme a la altura de un Edison, un Graham Bell, o un Tesla. No hay duda de que sí. Lo comprendí al hacer la siguiente reflexión: Inventar, en cierto modo, es descubrirle los secretos a la naturaleza. Todo lo que hace falta para producir una bombilla de luz estuvo siempre a la mano desde los comienzos del mundo, excepto la experiencia humana que lo hizo posible. Visto desde ese punto, la indagación exhaustiva y no la intuición genial es la clave del logro científico. Las fotografías del propio Einstein parecen mostrar más que a un superdotado a un hombre tan atareado que no tiene tiempo ni para peinarse. Fue así como comprendí que me sería dado emular las grandes gestas científicas sí estaba dispuesto al máximo sacrificio de mi tiempo y mis energías en servicio de ese ideal. Pues bien: sí lo estaba. Cerré el puño y apreté los labios en señal de afirmación. Una sensación cosquilleante recorrió mi cuerpo ante la perspectiva de alcanzar la gloria inmortal. Aunque también pudo haber sido un calambre en la pierna adolorida.
Entraba en consideración la cuestión más difícil: qué cosa inventar. Da Vinci y Cugnot no se encontraron con esa limitación porque ellos vivieron en una época donde casi todo estaba por inventarse, pero yo, que vivo en una era de computadoras de bolsillo, energía nuclear, viajes espaciales y pañales desechables, qué podría inventar que fuera realmente novedoso y necesario? ¿Una píldora contra el hipo? ¿Una máquina automática de hacer cosquillas? ¿Un instrumento quirúrgico? ¿Un instrumento musical? ¿Un instrumento quirúrgico-musical? Las opciones son muy escasas.
La teleportación se me figuró ser el próximo gran paso en el desarrollo de la tecnología. Científicos en investigaciones de física cuántica sostienen haber logrado teletransportar con éxito una partícula subatómica, pero a la vez declaran sin ruborizarse que el resultado de esa operación no es objetivo y que depende de la interpretación del observador. ¡Qué son, científicos o magos de feria!
No señor, la cuántica podrá ser la ciencia del futuro, pero al presente está todavía en pañales y, a juzgar por sus contradicciones y sobreatribuciones, el pañal está bien cargado (ahórrese la letra «r»). Yo me valgo de la ciencia clásica y sustentable. Si mi objetivo es poder enviar a un gordo de 300 libras de Nueva York a París en menos de diez segundos y sin pagar fletes no puedo estar fiándome de quimeras de ciencia ficción, tengo que trabajar a la luz de la física newtoniana. Ésta contempla que, si una llave de tuercas te cae en la cabeza, el tamaño del chichón lo determina el peso y la velocidad que desarrolla la llave y no los que observan partidos de la risa. Yo busco resultados objetivos. Ya Einstein dejó el problema medio resuelto cuando dijo que E=mc². El resto del problema me tocaría a mi: idear un ingenio mecánico capaz de transformar la materia de un cuerpo en energía contenida, transmitir esta energía por medio de un rayo conductor de partículas atómicas a un receptor distante, el cual, a su vez, invertiría el proceso reintegrando la estructura molecular del organismo sin causarle un solo rasguño. Al principio me pareció que sería pan comido, pero un estornudo vigoroso me despejó y entonces me di cuenta que, ante los mastodónticos problemas físicos que plantea semejante operación, los trajines de tomar un autobús para llegar a nuestro destino no parecen tan malos.
[CONTINÚA]
ESTÁS LEYENDO
Andarse con inventos
HumorCuento cómico donde un joven profesor se agarra una borrachera y comienza a soñar despierto con realizar inventos científicos que le puedan traer la gloria y la fama.
