Hora de salir. La temperatura ha bajado pero la noche se siente caliente. Es julio en Sevilla, calor intenso en las mañanas y en las noches, así es el verano aquí. El trabajo, como siempre, duro. Ahora estoy de ayudante en un restaurante, por aquí le llaman "pinche de cocina", me gusta más ese nombre, define mejor lo que hago: limpiar toda la mierda.
Pues por aquí de pinche me la paso lavando platos, ollas, vasos, copas, cuchillos, tenedores, cucharas, estufas, secadoras. Agua caliente, esponjillas, químicos, tengo las manos cuarteadas porque no soporto los guantes. Los dedos ásperos, las uñas quebradizas, me da vergüenza mostrarlas. Me acuerdo de mi madre a quien le pasaba los mismo, limpiaba baños y pisos en un edificio en Bogotá y tenía las manos hechas mierda por el trabajo, le daba vergüenza mostrarlas y siempre andaba con una mano sobre la otra, los dedos encogidos para que no se le vieran las uñas resquebrajadas. Ahora cargo conmigo, todo el tiempo, un frasquito con crema para las manos.
Trabajo ocho horas pero me pagan seis, como si fuera estudiante y eso que tengo los papeles en regla, pero así están las cosas aquí con la crisis económica, eso es lo que hay y si no te gusta pues chao que hay otro esperando. Hace unas semanas me salió otra cosa, un currito con un man del trabajo, se llama Vicente y es del Tolima. Mañana descanso, así que me preparé bien para esta noche, vamos a salir a repartir publicidad por la Alameda.
En la tarde, después del curro, fui a correr al río, uno de los lugares más agradables de esta ciudad. Me gusta correr por allí porque me acompaña el Guadalquivir, que también corre tranquilo a mi lado mientras el aire húmedo me llena los pulmones. Siempre veo allí gente diversa, sevillanos, europeos, inmigrantes de diferentes países, gente de muchos colores: rubios, morenos, amarillos, negros, de todo. Me fijo sobre todo en los inmigrantes, los veo caminar ensimismados y me pregunto si sienten lo mismo que yo, si viven la misma soledad en esta ciudad de bullicio y fraternidad de bar.
Hoy, mientras corría, pasé por la Torre del Oro. Había un sol intenso y la torre resplandecía, preciosa, emitía un color entre naranja y amarillo, brillaba. Su geometría extraña, esas tres torres pegadas una sobre otra, me parece como de esos cuentos de hadas donde siempre hay una princesa atrapada en la torre superior. Ver estos lugares me pone a pensar en todo lo que me han contado que pasó aquí hace muchos años, cuando los españoles llegaron al nuevo mundo. Cuando corro me gusta perderme en esos pensamientos. Hoy me puse a imaginar esos enormes barcos venidos de América, que entraban por el Guadalquivir con sus velas extendidas, llegaban al puerto y se detenían al pie de la Torre, llenos de todo el oro que sacaban del otro lado del mar. Imaginé las bodegas repletas de sacos donde iban los tunjos dorados, los collares, las máscaras, las esmeraldas, todo eso que se encuentra en los entierros de mi tierra. Imaginé los pasadizos secretos de la Torre, por donde dicen que se robaban el oro en aquellos tiempos. Eso me lo contó Ramón, un señor gitano, de Triana.
⏤ Lo' noble, lo' burguese, lo' mismos de toa' la vida, lo' mismos que desde siempre han robao' una y otra vez a Andalucía. Ecúshame tío, esos son los que ahora quieren echarle la culpa de la crisi' a lo' inmigrante' como tú ⏤ me decía, y me miraba, asqueado⏤. Son unos mierdas.
Imaginé a los hombres de aquella época sacando los bultos llenos de oro por esas catacumbas. El otro día uno del trabajo, que me hace la vida imposible, me dijo eso, que porque yo tenía ese trabajo en el restaurante su primo estaba sin empleo. Le dije que porque ellos nos habían robado el oro yo había tenido que venir aquí a trabajar. El man se calló, creo ni sabía de lo que le hablaba.
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Ojos de gata
FantasyAndrés es un joven inmigrante que trabaja como pinche de cocina en un restaurante, en Sevilla. Tiene un trabajo ocasional, repartiendo volantes y buscando clientes para un chamán mexicano, que hace ceremonias de peyote en Portugal. Últimamente no du...
