Introducción

55 1 0
                                        

Hola, bienvenidos a mi diario. Soy el Gran Mercenario, o al menos lo era hasta hace unas semanas. Me retiré hace dos años. Me gustaría poder decir que fue por elección, pero fue más como una ola que me dejó en la orilla sin amor ni mentor.

He empezado a decirme que escribo esto por ellos, en una misión para que sus muertes no caigan en el olvido y lo vivido tenga sentido.

Pero el tiempo es una mierda y sé que tarde o temprano me haré viejo y todo esto que les cuento no será más que el extraño pasatiempo de un ser olvidado.

¿No les da miedo lo fácil que es que se derrumben las cosas? ¿No les da escalofríos lo rápido que una persona puede desaparecer de sus vidas?

Se lo pregunta un asesino: si yo, que he convivido toda mi vida con la muerte, hoy la estoy sufriendo, ¿qué les espera a unos simples mortales inconscientes?

Pero eso no es todo. Quiero darles una salida a ese duelo por el que vamos a viajar, dividido en tres capítulos: las tres etapas de mi vida.

Todos tenemos un principio, una etapa de consolidación llena de conflictos y una despedida amarga que sitúa a nuestro ser en el borde de la pirámide.

De camino al punto final, les contaré historias de especies fantásticas que conocí en el mundo de los sueños. Pero también recordaremos encuentros con asesinos, mercenarios y gente normal que tampoco quiero olvidar.

Quizá aún no sea el mejor escritor y deba reescribir muchas cosas, pero esta introducción servirá tanto para ustedes como para el narrador.

Antes de empezar con las historias, es necesario recordar dos introducciones que marcaron mi vida, para bien y para mal: el Punto 0 y el día de mi muerte.

Punto O

La historia que voy a contarles aún me hace dudar de si ese día fue el mejor de mi vida. No hay mucha competencia por el primer puesto, lo cual es triste a estas alturas de mi historia.

Me gusta pensar que el punto 0 es el reinicio de un camino, la manera que tenemos de dejar de restar y empezar a sumar. Antes del mundo de los sueños, antes de cumplir los seis, había restado tanto que lo único que necesitaba era dar pasos hacia atrás.

Un día tranquilo, una noche donde parecían no existir los problemas; no me había dado cuenta de que ya rondaba cerca de ese punto.

Era una noche oscura, con nubes tan espesas que apenas me dejaban ver las estrellas. El aire frío castigaba mis rodillas y cada movimiento te obligaba a romper una barrera de congelamiento.

Estábamos en el puerto "Las Islas", una colosal arquitectura que parecía flotar sobre el agua. Mi abuela, a quien amaba con toda mi alma, había organizado una fiesta para celebrar su cumpleaños número 60.

Vestidos de gala carísimos, trajes en hombres que no querían estar ahí. Nunca entendí por qué la gente premiaba tanto la conexión social; a mí nunca me salía estar hablando por horas o mentirle a alguien para sacar provecho.

Después de tanto postureo con mi hermana, decidimos que era el mejor momento para escaparnos al lobby principal. Nos sentamos en los sillones, que, cabe la aclaración, eran bastante cómodos.

Ella me miraba extrañada por mi sonrisa; no la había tenido en años y ese día parecía especial. Antes de que se borrara del aburrimiento, ella decidió preguntar:

—¿Qué te pasa? —luego esbozó una sonrisa—. ¿Desde cuándo te gustan las fiestas de la abuela?

—No me gustan, pero hice enojar a un par de señores. —respondí y señalé cómo una pareja se peleaba.

Diario de un Mercenario  (El Niño de la Sombra) /1Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora