—¡Corre, si no vas más rápido, no alcanzaras el balón!
—¡Voy lo más rápido que puedo! ¡Deja de meterme prisa Juan!
—No dejaré de hacerlo. No aprenderás si no te esfuerzas más.
—Vale, vale, no seas pesado...
En ese momento, un estruendo como no había escuchado nunca en mis 17 años me hizo voltear la vista en un giro de 180 grados. Se observaba, no muy lejos de nuestra posición, una estructura flotando en mitad del firmamento, digna de una de las películas de las que hablaba siempre padre. Juan y yo corrimos intrigados para observar más de cerca esa construcción ovalada de aspecto titánico, colosal como no era otro de los edificios de la ciudad. En ese instante, un rayo de luz cayó en la plaza que protagonizó con intriga las miradas de todo el pueblo. Un hombre mayor, situado entre los 80 años y la muerte, dio un grito agachando la cabeza y casi apoyándola en el suelo.
—Oh, mi señora, por fin regresasteis a buscar tal placer como recibir hoy su presencia lo es para mi persona.
—Agradezco Saturno tus palabras, he de liberarte del peso que son esas arrugas.
En ese instante, alzó el brazo y en un chasquido que resonó estridentemente en toda la plaza, el viejo cayó tendido en el suelo y sin respiración. Los hombres que observaban la escena, situados al rededor del que se había convertido en cadáver, comenzaron a gritar y huir despavoridos en todas direcciones. Juan cogió mi mano y me hizo marchar del lugar a toda prisa.
—Hola amor —resonó una voz dulce en el aire.
Apareció frente a nosotros el ser de la plaza. Juan y yo nos miramos desconcertados y apretamos fuertemente nuestras manos sin encontrar momento de separarlas. Pero el intento fue inútil. Juan comenzó a elevarse del suelo sin explicación y nuestras extremidades se dividieron al no soportar la presión.
—Juan gritó atemorizado y preguntó —¿Quién rayos eres y qué quieres de mí?
—Deberías estar agradecido —dijo elevando la vista.
En ese instante, desaparecieron ambos ascendiendo hacia la colosal fortaleza aérea a una velocidad insólita. Yo, aún sin entender nada, me derrumbé y caí sobre las frías baldosas de cerámica de la calle, clavando en estas ambas rodillas mientras se desprendían lágrimas de mis ojos, creyendo haberlo perdido para siempre. En minutos aclaré mis ideas y recuperé el aliento. Corrí a casa de mis padres sin mirar atrás un solo segundo.
El camino hacia mi casa parecía más largo de lo habitual, por más que corría no conseguía llegar, se me estaba haciendo eterno y mis piernas flaqueaban sin explicación. Al ver por fin a lo lejos mi humilde hogar, suspiré con ansias y entré bruscamente. Intenté hablar, pero las palabras no salían de mi boca. Padre trató de calmarme ofreciéndome asiento, y una vez más sosegado le expliqué todo cuanto había visto.
—Una especie de castillo flotante apareció en la plaza del pueblo, bajó un ser extraño que nunca había visto. Tenía forma humana, pero no se parecía a ningún hombre que hubiera visto. Tenía grandes pechos sin estar gordo, una voz dulce como solamente había visto en niños, y una belleza única que jamás había contemplado. Su largo cabello rojo se agitaba con el viento y dejaba un olor a café tostado en el ambiente. Pero entonces, un viejo le habló dirigiéndose a él como "mi señora", como si lo conociera. Y el viejo murió al instante, desplomado en el suelo sin siquiera tocarlo. Salimos corriendo, tratamos de huir, pero nos alcanzó rápidamente y se llevó a Juan en un instante. No sé que hacer, no entiendo nada. ¿Le va a hacer algo malo a Juan? Necesito verlo, ¡no puedo vivir así! —exclamé jadeando y sin aliento.
Papá como de costumbre fue la voz de la calma —Ya hijo ya, respira y deja el llanto. Lo que has visto en la plaza no era un hombre, sino una mujer, una Kera. Un ser perfecto, con un poder inmenso y que es capaz de generar la vida y la muerte a placer.
—Pero, ¿por qué se ha llevado a Juan? —pregunté sin entender.
—Tranquilo, solo le ha gustado. Cuando se canse lo traerá de vuelta, aunque nunca volverá a ser el mismo...
—¿Cansarse? ¿Cansarse de qué?
—De jugar con él, claro —contestó padre con normalidad.
—¿Qué quieres decir? Juan es mío, ¡No puede hacer eso!
—Claro que puede. Ella es la ley, tiene el poder supremo de hacer lo que le plazca.
—¡Pero eso no es justo! He de encontrarla y hablar con ella, ¡tiene que devolvérmelo!
—Hijo escúchame atentamente. Nunca, jamás hables con una Kera sin que ella lo permita, nunca la desobedezcas, nunca intentes enfrentarte a ella. Morirás sin dudarlo —advirtió con tono serio y voz ronca.
—Me da igual, ¡debo encontrarla!
—¿Y cómo piensas hacerlo? Las Kera viven juntas en un templo celestial al que los hombres no podemos ni acercarnos sin su permiso. Solo si su deseo es bajar a este mundo puedes tener la suerte o la desgracia de llegar a verlas.
—¡Gracias papá! —dije abriendo la puerta para abandonar la casa.
—Espera, no he termi... —Salí dejándolo con la palabra en la boca, me sabía mal hacerlo, pero no tenía tiempo que perder.
Corrí lo más rápido que pude y volví a la plaza. Por la extensión del castillo, no había otro punto lo bastante llano en la ciudad como para que descendieran. Guiándome de mi intuición, grité —¡Kera! ¡Devuélveme a mi Juan ahora mismo! —El bramido retumbó haciéndome protagonista de las miradas cercanas. No recibí respuesta. Pero no me iba a rendir tan fácilmente. Seguí gritando durante todo el día. Los rayos del sol del alba se filtraban por los edificios y la oscuridad de la noche empezaba a verse hacia el oeste. La gente, ya cansada de mis berridos, parecía algo irritada. Un grupo de hombres se me acercaron y dijeron —déjalo chico, es inútil, el capricho de esas mujeres es incierto. Jamás te harán caso.
—La rabia invadió mi ser y un grito evocado desde lo más profundo de mis entrañas retumbó en toda la plaza.
—Maldita mujer, baja si es verdad que eres la perfección. Baja si es verdad que tanto poder posees, demuéstralo.
Su indiferencia me hizo hervir la sangre y dejé de lado los consejos de mi padre.
—¡Horrible mujer de cabello grasoso y áspero, ser inmundo, pues no he visto más fealdad en toda mi vida que la que has dejado mostrar esta mañana!
El cielo se negreció, rayos y truenos comenzaron a caer sobre la plaza y una espesa niebla inundó el ambiente.
—¿Puedes repetirlo niño?
Yo, más enfadado que asustado, respondí —¿Quizás la perfección se ha quedado sorda? ¿Por fin te dignas a bajar, fea?
—¿Cómo te atreves? ¿Sabes con quién hablas? Soy Kinea, diosa de la belleza. ¿Osa siquiera tu insignificante ser a cuestionarme?
—¡Por supuesto! Eres cruel y despiadada y te has llevado sin aviso lo que yo más quiero en esta vida.
—¡Cállate!
Su voz resonó en mi cabeza repetidamente y de forma angustiosa, el grito cerró mis labios y pis piernas empezaron a temblar. Tenía claro que no iba a sobrevivir. ¿Cómo se me ocurría desafiar a una diosa con las manos desnudas? Cerré mis ojos esperando mi destino. En ese momento, se acercó peligrosamente a mi rostro y besó mis labios. Yo, absorto y sin reacción, quedé aturdido y ni gesto hice de apartarme. Entreabrí mis ojos temeroso y la pude apreciar a escasos centímetros de mí. Su belleza me ruborizó.
—¿De verdad crees que soy fea? —dijo con voz melosa.
—Creo que eres el ser más bello que he conocido —Respondí con demasiada sinceridad.
—Fantástico pues, vendrás conmigo.
Próximo capítulo: MÁS ALLÁ DEL SUELO.
ČTEŠ
MÁS ALLÁ DE LA BELLEZA
RomantikaUna fuerza desconocida y misteriosa será la clave de un nuevo mundo. Las puertas de la realidad se abrirán de par en par y se descubrirá la autentica verdad para todos desconocida. Juan será agraciado por el cielo y gozará de aquello que ni siquiera...
