Blanco, todo es tan blanco.
El suelo, el cielo, todo a su alrededor teñido de pies a cabeza del blanco más puro, de nieve.
La nieve de la que ha vivido toda su vida rodeado en la montaña, con la que ha jugado y convivido, arremolinada ahora en un torbellino furioso y helado, girando a su alrededor y cegándolo.
Maldice en su mente, por su terquedad, por su estupidez e insolencia, por no haber hecho caso a las insistencias de su madre.
La gente del pueblo estuvo hablando de ello desde hace una semana, de boca en boca las precauciones se esparcían y la anticipación llenaba el estómago de todos.
¿Cómo iba a adivinar él que la tormenta de nieve comenzaría hoy?
Hubo pistas, claro, desde hace días la nieve caía un tanto más violenta de lo normal, pero no se pudo anticipar a que hoy sería el día que estallaría.
E incluso así decidió ignorar las advertencias, quizá por la desesperación, quizá por el hambre. Porque no podía quedarse de brazos cruzados en casa mientras los estómagos de su familia rugían rogando por comida, mientras los abrigos viejos que tenían no cumplían bien siquiera la función de protegerlos del frío.
Su padre había fallecido hace no mucho, el dinero ya escaseaba en aquel entonces, pero las deudas por el tratamiento médico que adquirieron no se pagaban solas. Repercutió gravemente en sus vidas.
Mierda, el día anterior ni siquiera había podido comer más que un cuarto de una porción de arroz. No podía simplemente no bajar al pueblo y no vender por dos días seguidos, un día sin vender era peligrosamente un día sin comer siquiera una porción decente en todo el día.
El carbón en tiempos así siempre fue muy solicitado, y esta vez no fue distinto. Al comienzo de la vuelta a casa se sentía tan feliz por haber conseguido, con las ganancias acumuladas desde hace algunos días, ese gran saco de arroz. Comerían con suerte una semana, si lo racionaban correctamente.
La alegría, sin embargo, no duró mucho tiempo en su pecho. A medida que la tormenta se volvía gradualmente más agresiva la frustración se revolvía en su estómago, por el frío que congelaba todas sus extremidades, por el viento que nublaba su vista, por el peso en su espalda del saco de arroz que no hacía más que volver las cosas más difíciles.
Mueve sus piernas, una a una, lenta y costosamente, levantándolas de la nieve acumulada que las encierra en un pozo cada vez que deja caer su peso. Sus manos tiemblan tan ridículamente tratando de cerrar su haori contra su pecho buscando un poco más de calor. Cada inhalación es lenta y tortuosa, enfriando todo su interior.
La cesta pesa tanto en su espalda, su cuerpo tiembla tan terriblemente. Presiona con fuerza sus dientes intentando evitar que su mandíbula se siga sacudiendo, ya no soporta el ruido de sus dientes chocando entre sí.
Y de pronto siente que pierde el control, sobre su cuerpo, sobre sus piernas. Porque debe haber tropezado con alguna rama escondida en la nieve o tal vez su pierna cedió al cansancio sin darse cuenta.
Cae de frente sobre la nieve. No duele, pero es tan fría en su rostro que se levanta por reflejo con la fuerza que puede juntar en sus brazos para mantenerse a algunos centímetros sobre el suelo. Mira sus manos, tan rojas, siente como si el frío quemara sus dedos helados.
Su respiración comienza a descontrolarse. Por el frío, por el aire espeso de la montaña, por la impotencia.
Está cansado, tan cansado. Cansado de no poder dormir en las noches por el frío, cansado de que sus hermanos pequeños se quejen por el hambre, cansado de la mirada triste con la que su madre lo observa cuando le cede su porción de comida, alegando que la necesita más, que está creciendo.
