El deseo después de la muerte.

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Ya hacía cinco meses y diecisiete días de la muerte de la esposa de Edgardo. Cada noche de soledad —un espacio vacío en la cama, el silencio divagante por la casa, los susurros fantasmas que retumban en los rincones más melancólicos de su mente— era un suplicio para sus ojos que ardían al esforzar lagrimas que no existían ya, por la agitación que tomaba poderío sobre su corazón cuando estaba a punto de quedarse dormido ya que le abordaba una esperanza bastante cruel. Todo le parecía una broma de mal gusto, la comida no era la misma, la música no era armónica, la vida no era vida. En la noche era atacado constantemente por los demonios que asechaban durante el lumínico día para atacar cuando cayera la fantasmagórica noche; la noche de recuerdos taladrantes, de olores embriagantes, de texturas placenteras y palabras consoladoras. Los demonios no eran más que sus pensamientos, los recuerdos de una Laura alegre, llena de lozanía y comprensión. Recordaba con un presente dolor las oscuridades que compartía con Laura en su cama, cuando se volvían uno entre sabanas.

—Quítate el pantalón, cariño.

Edgardo lo hacía mientras su mujer le ayudaba a desabotonar la camisa.

—Hoy serás mío y yo tuya —decía con los ojos prendidos en deseo y una voz jadeante.

Laura desnuda a su esposo y luego termina de desnudarse ella —con malicia quita su panti mientras deja que su marido se quede embelesado en sus redondos senos de blanca piel. El mundo dejó de existir, solo eran ellos dos entre nubes blancas y ráfagas de jadeos. Las manos exploraban con excitación los cuerpos ya conocidos, siempre existía el deseo de explorarlo, de tocarlo, de sentirlo como suyo. Ahí venia el clímax, sentían como cada movimiento de su marido estimulaba sus átomos. El semen llegaba en explosivos chorros cálidos y ella se venía junto a él al momento que también percibía el tibio esperma de su esposo en su interior; sus organismos se sincronizaban al tocarse o incluso al solo mirarse. Cada orgasmo, cada mirada, cada latir, cada exhalación.

—Te amo —dijo Laura con un hilo en su voz que se perdió de tras de un jadeo extasiado.

Lágrimas.

Llegaban las lágrimas, el dolor ya era suficiente y el cuerpo ya recuperaba sus líquidos. Cientos de recuerdos pasaban como fotografías inmarcesibles ante su mente. El mismo era sus demonios y su destrucción. Era momento de dejar consumirse, ofreció su carne y su ser a esos tormentosos energúmenos para que al final lo destruyesen y terminar con todo. Si vive hay dolor, si muere hay paz y descanso.

La blanquecina cortina permitía que los virginales rayos de sol le atravesaran para calentar la habitación. Poco a poco se iba disipando el olor a alcohol y hierro que la noche anterior tenía totalmente envuelto al cuarto de Edgardo. Los ojos enrojecidos se adornaban bastamente con unos óvalos oscurecidos, abultados, bajo de sus ojos. Los bastardos no hicieron más que atormentarlo. Desilusión fue lo primero que sintió el hombre al abrir los ojos y ver la vivacidad de su mundo.

Se bañó, cambió y comió una mogolla con tinto. Tenía que comer algo, el estómago vacío un cuarto día ya sería mucho para su, ahora, delgado cuerpo. Al llegar a la tienda esotérica se limitó a acercarse al mostrador, entregar la lista con lo que necesitaba y esperar. Pagó al longevo señor del otro lado del mostrador al momento que este le entregaba una bolsa de papel con todo dentro. En la acera esperó casi diez minutos por un taxi hasta que se cansó y paró una moto. Al llegar a su casa una vecina lo detienes y le comenta:

—Hola, vecino. ¿Cómo está?

—Bien, gracias a Dios y ¿usted?

—Bien, bien. ¿Va a estar ocupado hoy como a eso de las cinco o cinco y media de la tarde?

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