Prelude

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Fuego y ceniza, fuego y ceniza, un día más. Tres insufribles meses en los que el general Francis Sevhatt no había logrado tocar su tierra natal, Absol de Lirmid. Muerte tras muerte, conspiración tas conspiración, el sudor de la pelea había dejado de ser tan emocionante luego de la primera semana. —Se suponía que las cosas no debian ser así— Gruñó Francis. Tomó aire y algo de su voluntad para ver a sus alrededores, no se oían los niños jugando, ni los Sat caminando preocupados de un lado al otro de la plaza Riverlight. En la esquina sur de la plazoleta le devolvía la mirada Lady Sattarem, primera reina de Lorkan, y casi podría pensarse que las gotas de sangre que fluian en su cara eran lágrimas.

El crujido de la tierra temblando lo retornó a su labor, no había tiempo; la traición sería la única solución al desastre que les acaecía. Siglos de contrucción de la majestuosa ciudad de Kaptil no eran mas que escombros cubiertos por la paranoia del rey Fanfir. Con cautela cruzó las miradas con los pocos guardias que quedaban, no era necesario hablar: Había que eliminarlo por el bien de todo el pais.

Con otra inspiración profunda, Francis se escabulló entre los escombros que asomaban por la plaza Riverlight hacia el palacio real: El castillo de Lorkan, que a pesar de la destrucción lograba mantener cierta belleza; probablemente por los destellos que emitía el gran árbol en lo profundo del edificio. Caminó con ligereza, recordando su breve formación en el castillo. La misma Lady Sattarem, primera Reina de Lorkan había plantado aquel árbol, que ahora se encontraba frente a él. Hincó su rodilla intentando no hacer mucho ruido para susurrar una plegaria a los antiguos dioses. —Si es el designio divino, que su majestad omita su vista de mí, de lo contrario que éstas ramas sean mis verdugas— Pasó saliva al sentir la pesada presencia de fanfir al comenzar a ascender las escaleras centrales, mientras con la destreza que le otorgaron sus años de servicio se retiraba sigilosamente las partes más pesadas de su armadura.

— Hay mucha premura y poca acción de su parte, general.— Dijo una voz detrás de Francis, quien reaccionó de inmediato lanzando una de sus dagas de mano en dirección a la voz. Se extrañó en no escuchar el zumbido de la piel siendo cortada.

— Tiene otro intento, general. Considérelo una cortesía— recalcó la voz con un tono burlón, esta vez más cerca, más calida, casi familiar. Francis tomó otra daga, aún sin voltear y la lanzó; ésta vez solo se escuchaba el leve rasguño del metal contra la tela. Francis finalmente volteó, intentando no mezclar el miedo con la emoción.

— Lord Keshvan, creo que sería mas útil ayudarnos que jugarme bromas, ¿no cree?— Entre sus dientes logró relajar su mandíbula. Los Dioses habían repondido sus plegarias de forma extrordinaria, enviando a lo más cercano que conocía a uno de ellos. A pesar de que nunca se supo el porqué, la familia real y los Keshvan siempre habían sido cercanos, incluso cuando los últimos no siempre estaban de acuerdo con sus decisiones. Si de algo estaba seguro, era que nunca se les cuestionaba a los Keshvan.

—Creo que no nos hemos presentado formalmente, general. Puede llamarme Robert— Lord Keshvan se descubrió la capa, mostrando a un hombre bastante joven, el cual respondía con una sonrisa a las señas que hacía Francis con la cara. De inmediato comprendió la seriedad del hombre.

—S-Soy Francis Sevhatt, Mi lord. Y e-estoy aqui para...—

—Para matar a Fanfir— Dijo secamente Robert. —Y yo estoy aqui para devolverte lo que perdiste cuando aceptaste ser un guardia.

Sólamente su madre, y sus compañeros de campaña sabían lo que había sacrificado.

—Mis Alas— Dijo Sorprendido Francis.

—Me debes una, Sevhatt. recuérdalo.— Robert le tomó la mano de nuevo, y un brillo tenue comenzó a cosquillear por la piel de Francis. Sus ojos se cerraron del dolor, y al abrirlos ahi estaban de nuevo, justo como estaban antes de cortarlas, unas imponentes alas grises que eran la herencia que habian dejado los ángeles en su familia. Pero al bajar de nuevo a ver su mano, ésta se encontraba con una cicatriz negra que parecia antigua, era la deuda que habia adquirido con los Keshvan.—L-Lord Keshvan?— Francis preguntó, a lo que no hubo una respuesta.

Otro temblor retornó la concentración al guardia, que estaba a mitad de camino de la torre desde donde se encontraba Fanfir. Inhaló profundamente y con un empujon de sus alas llegó hasta la habitación del rey. Giró el picaporte y de inmediato el olor a putrefacción estaba invadiendo su ser. El Rey Fanfir, el dragón de Lorkan se encontraba ebrio de locura. Usaba su casco de guerra favorito, un ornamento en forma de dragón le permitia ejercer su magia y hacer que sus enemigos pensaran que era un verdadero dragon.

"Igniat" Susurró el Rey desde la ventana, lanzando una llamarada de fuego justo hacia la torre panóptica, que se encuentra justo frente al castillo. Desde donde se encontraba Francis se lograban escuchar los gritos de dolor de los concejales de las 9 Regiones de Lorkan. Fanfir sonreía satisfecho hasta que un ruido le aleró de otra presencia en su habitación.

—No eres el primero que lo intenta— Dijo Fanfir mientras bostezaba —"Igni..."

La espada de Francis solo necesitó de un tajo para hacer sonar el casco de Fanfir con el suelo. La sangre comenzó a drenar sincrónicamente del cuerpo del ahora difunto rey, y finalmente el silencio reinó sobre los susurros mortales de Fanfir.

El consejo de los Semmin no tardó mucho en ejercer su presión para colocar un nuevo rey, alguien que estableciera las costumbres de los Sat, No honrando los deseos de la propia Lady Sattarem, quien Reinó lado a lado de su esposo, Lord Ragnar, un Dauren.

Los Semmin, al ver que la mayoría de los habitantes de Lorkan solamente seguia las costumbres de Sattarem; Decidió que el nuevo rey debia ser uno de ellos, un hijo de la luz, un ángel, un Linje.

El nuevo consejo de Lorkan, creado para representar los intereses de cada región de Lorkan no estuvo en contra, con excepción del representante de Karpov, Robert Keshvan.

—Todos los habitantes de Karpov somos Dauren.

—Pero Fanfir también era un Dauren. No podemos permitir que Los Dauren continúen con su tiranía, solo por tener mas poder, poder que obtienen de los demonios—Dijo Sem Ruaf, representante de todos los semmin de Lorkan

—Eso es ofensivo, Sem.

—Eso es la verdad, Robert.

—Recuerden el arreglo que tenemos—Amenazó Robert levantándose —Todo lo que traje a este pueblo puedo quitarlo.

—Aquellos a favor de desterrar a Keshvan de Lorkan levanten la mano— Ruaf no esperó a que mas de 5 manos se levantaran y tomó la corona de Fanfir, diciendo:

"Regal edictum infinit. Por el poder de la corona y de su pueblo, Robert Kesvhan tiene prohibido poner sus pies de nuevo en la tierra de Lorkan"

Robert no logró terminar su oración siendo absorbido por una corriente de aire, que lo arrastró hacia el sur.

Los semmin hicieron pasar a un joven de ojos claros y sonrisa esperanzadora: Ítalo Lengels, un Linje de Tel'Armel. el próximo rey de Lorkan.

La historia de Francis y Robert se convirtió en una leyenda para los Dauren de Karpov, mientras el resto de Lorkan aceptaba la versión oficial. Ítalo Lengels con la ayuda de los ángeles había exterminado a Fanfir de un tajo. Años pasaron, Los Lengels se convirtieron en la familia real de lorkan, la magia comenzó a ser un privilegio entre menos personas con magia nacían del pueblo.

LOS HUMOS DE LORKAN: PLUMA Y HOZHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora