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Se dirigía a clases. Estaba llegando tarde. Siempre lo mismo.
En el autobús, camino a la universidad, pensaba en lo monótona que era su vida... Se despertaba, iba a la universidad, llegaba a su casa, estudiaba, comía, se bañaba y se iba a dormir, para luego repetirse toda la semana...
Al llegar, la clase había comenzado, todos sus compañeros estaban anotando las consignas de la actividad que tenían que hacer.
Ella estudiaba en una universidad de artes en Manhattan. Su pasión era el arte, cualquier tipo de arte... desde la música hasta el dibujo. Su familia siempre le había dicho que era una persona muy talentosa, pero que no se valoraba lo suficiente como para darse cuenta.

Su mano se movía a impresionante velocidad, realizando trazos largos y precisos sobre la hoja. La consigna era expresar en un dibujo, cómo cada uno creía que se verían las emociones como personas. "Un trabajo muy fácil" pensó Estela.
A su lado había un chico con el que nunca había hablado, pero se encontraba con él en múltiples clases. De vez en cuando miraban el trabajo de cada uno por curiosidad. Su cabello era castaño y largo, sus ojos verdes claros y ella creía que medía al menos un metro ochenta. Estela pensaba que era muy talentoso, de cierta manera podía identificarse con sus obras.
Quizás, aquella clase ella lo estaba mirando mucho... veía algo en él que le daban ganas de acercarse a hablar. 
— ¿Pasa algo? — él se percató de la mirada constante de Estela.
— Solo estoy viendo tu dibujo... me gusta mucho — ella esperaba no arruinar la conversación como solía hacer.
— Gracias... ¿Cómo te llamas?
— Estela, y tu?
— Orson! — estela frunció el ceño — Es un nombre francés... — ya no parecía tan confundida.
Sorprendentemente continuaron hablando, de los profesores y la dificultad de los exámenes, hasta que la hora de la clase terminó y ambos se tuvieron que dirigir a aulas diferentes.
Al terminar las lecciones del día, salió del edificio con una gran sonrisa. Estaba lloviendo, su clima favorito. Abrió su paraguas y decidió caminar a una cafetería para disfrutar de la lluvia. Ella creía que todo era más romántico, y más en Manhattan. La gente corriendo debajo de la lluvia, el aire puro, el olor a césped mojado...para Estela era perfecto.
al llegar, sacó un libro de su bolso, pidió un café y se relajó.
Allí había un piano en el que un hombre, de alrededor de unos 60 años, tocaba una canción de jazz. Estela miró su reflejo en una de las ventanas del lugar. Sus cabellos negros estaban recogidos en dos trenzas y su cara daba una apariencia de cansancio.
Se distrajo con la lluvia y volvió a su lectura.

Cuando llegó a su casa, su perro, Jack, la recibió con mucha alegría: lamiendo su cara y moviendo su cola desesperadamente.

— ¡Hola amiguito! ¡Me extrañaste, yo también!

Una vez en pijamas se sentó en su sofá. Vivía en un departamento pequeño. Se había mudado ahí hacía un par de años al comenzar a estudiar en la universidad. No era muy lujoso, pero había suficiente lugar para Jack y ella. El piso tenía un dormitorio pequeño, decorado con múltiples pinturas hechas por ella, y un salón con la cocina integrada, con una amplia vista hacia la ciudad de Manhattan.

Nuestro arte Where stories live. Discover now