Apuesta Perdida

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Me encontraba en mi pequeño yate de vuelta al cielo, esa noche las estrellas no se movían, por supuesto, la Luna no estaba presente, y se entristecieron tanto que se quedaron tranquilas en el calmado mar oscuro que las sujetaba. Abajo una voz me llamó y me dijo: ¨Oye puedo alquilar su yate para ir a pescar, hace una noche estupenda y la marea no ha subido, los peces deben estar muy fáciles de coger¨. La miré, me causó hasta gracia observar aquella figurita delgada pero de prominentes caderas, en cuya espalda estaba una gran caña de pescar, aquellos cabellos sobre los hombros se estiraban con la brisa y cubrían su rostro apacible, como si no le molestara nada. Respondí: ¨Señorita, no creo que este en lo cierto. Los peces ya deben estar durmiendo a esta hora de la noche, además no hay marea, no se moverán¨. Me dijo: ¨Qué usted sabe de eso, venga hagamos algo, usted me hace el amor si solo pesco dos o tres peces, vaya le doy hasta cinco, si solo pesco cinco peces le dejo hacer conmigo lo que quiera, pero sino me deberá prestar el barco las veces que lo necesite¨.
Su oferta era algo arriesgada, me impresionó la forma en que hizo la apuesta y después me quedé algo intrigado, bueno no es que necesitara sexo esa noche, pero su persona me causaba cierta curiosidad, sabía que no perdería, ni yo he podido hacerlo y eso que llevo en este trabajo desde que era niño, mucho de ello pensaba porque todavía me quedaba algo del choque de su oferta. La subí al puente y le serví algo de café que tenía en reserva desde la mañana pero que se mantenía caliente. Y puse en marcha a mi querida Masi, mi amiga desde que mi papá me la dejo a cargo y él se marchó con los grandes pescadores hacia otras aguas más provechosas, este barquito era como mi hogar, pasaba más tiempo en él que en tierra, su nostalgia era deliciosa, esta vez la compartiría con la inquilina que hurgaba por los artilugios que tenía en el lugar, su motor rugía suave como si se tratara de un paseo, cuanto amaba este sonido, abría las olas del mar como si las doblara cual hojas de papel. Con su presencia sentía algo más que una presencia ajena, era la única persona después de mis amistades las cuales nos reuníamos para cazar algunos días o alguna chica de ocasión que traía para no estar solo en algunas noches, por primera vez una extraña irrumpe en mi tranquilidad tan tajantemente y no se me inmutan los ánimos, no tenía nada que ver con la apuesta, sino con su persona, no me transmitía mas que tranquilidad, ella sola podía hacer lo mismo que las olas del mar, pero las olas van de un lugar a otro y a veces ni se sienten, ella no iría a ningún lado, por estos momentos, era solo mía. 
La muchacha miraba el horizonte y la tierra, me daba instrucciones alocadas y supuse que no sabía bien el lugar al cual deberíamos ir, todo parecía indicar un punto de la nada en el negro mar del Caribe, dobla aquí y corta por allá, sube un poco hasta donde diga, y pues seguí sus instrucciones hasta que llegué a un sitio donde las luces estaban muy pero muy alejadas, solo se podían notar el pequeño oleaje chocando con el casco de mi querido barco y el susurro de sereno cayendo sobre nuestras cabezas. Me dijo: ¨Tira el ancla aquí, me parece perfecto este lugar, le voy a demostrar que usted es un pescador de los más malos¨. Se sonrió y me miraba complacida de hacerme ver tonto, no sé qué le causaba tanta gracia, yo más bien me afilaba los dientes y sonreía pero con una intensión morbosa, en donde habíamos anclado no había nada para coger salvo algunos pececillos de casualidad que se encontrasen con hambre.
La dejé sola en su pesca y me fui a ver las estrellas nuevamente, me era divertido suponer que ganaría en pocas horas, así que me entretuve buscando las constelaciones más hermosas las cuales se veían tan pero tan claras, podía casi tocarlas con mis manos, pero no muy lejos tenía otra constelación igual de increíble, se encontraba tirando lo hilos al agua, tan lejos de sus compañeras de arriba. Creo que me dormí y soñé con ella, su piel, su pelo, esos pequeños labios, como si pintara en mi mente una imagen interesante de un deseo que nacía de un capricho, cada pedacito que le quitaba de su armadura textil me era como un tesoro, quería provecharme y aunque fuera un sueño guardar una sola de sus prendas, con un arete tenia, tanto la quise que mira por donde estaban andando mis sentimientos y mis ilusiones, buscando en el subconsciente las razones virtuales para no olvidarme de su visita por mi vida, la iba desnudando poquito a poco y cuando estaba a punto de quitarle los tirantes de su sujetador me desperté por una ráfaga de viento helado que me despertó, no me molesté por ello, quizás no era ese el desenlace o por lo menos lo que debería pasar, me quedé solo con la sensación anteriormente dicha donde solo me quedaba con uno de sus aretes en mis manos.
El alba se asomaba por la generatriz, el sol estaba frio aun y solo se sentía ese gélido viento del norte trayendo el salitre de quién sabe cuál continente. Me acordé y fui a ver lo que había hecho la intrépida cazadora nocturna, iba a probar que mis teorías y la práctica eran más que su pequeña experiencia y por supuesto, a cobrar por mi victoria;  en efecto, estaba dormida sobre cuatro peces enormes, pero cuatro peces al fin, me había impresionado con el tamaño de aquellas colosales criaturas, no eran de los que estaba acostumbrado a coger por estas aguas, ni siquiera me sabia sus nombres, no me dejaría solo convencer por su tamaño. Se veía tan bella así con los ojos cerrados, al parecer se cansó de sacar esos pececitos del agua. No la desperté pero si el olor del café que hice le devolvió el color al rostro. Le dije: ¨Buena pesca pero solo fueron cuatro peces, creo que la apuesta se acaba aquí¨. Con eso que le dije se me acercó, me tomo en sus brazos, ya pensaba en besarla, podía percibir el latido de su corazón en los labios el cual me había dejado inerte, tomó mi cuchillo, me sorprendí y con ello creció el temor, pensaba que me mataría por haber perdido, es decir que su mala paga de la apuesta seria mi muerte. Pero no, se fue hacia los peces y abrió sus panzas, dentro de ellas habían cerca de siete a ocho peces aun frescos y enteros, mis ojos se abrieron, nunca antes había visto tal hazaña en mis años como pescador, esta niña mira lo que había logrado. Me dijo: ¨Cuando una mujer te haga una apuesta por su cuerpo, créeme, no perderá¨.

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⏰ Last updated: Oct 31, 2021 ⏰

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