"Una cuestión de inocencia" pt.1

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Holaaa... He comenzado con la adaptación del siguiente libro, sinceramente es un libro muy sentimental y reflexivo, espero lo disfruten.

Gracias por leer!!!

Por cierto felices de que OHMFLUKE tendrá nueva serie!!!

Kshdkskdjd

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Durante el verano de 1990, a los cincuenta y cinco años, en un momento en que estaba cerrando muchos ciclos de mi vida, volví a Bangkok por primera vez en muchos años. Allí tenían lugar los Gay Games y decidí asistir al evento. Conocí a gente nueva y me encontré con los pocos de mis viejos amigos que seguían con vida.

—Hola, Ohm. ¿Cómo estás? Cuánto tiempo. 

Sí, todavía estamos juntos… aguantando. ¿Te enteraste de que Justin murió? 

¿Y Chen? Cuéntamos de ti. 

¿Tienes novio? 

¿Por qué demonios no estás ahí abajo corriendo la milla?

Lo típico.

Cuando los juegos terminaron, salí solo por la ciudad y me encontré visitando lugares que había frecuentado en los años setenta, aquella desdibujada época en la que protagonicé mi propia carrera por la vida.

Siempre fui de los que le dan vueltas al pasado. Así que aquella vieja curva de tierra Tailandesa volvió a llamarme para obligarme a reencontrarme con una claridad que había perdido. 

No iba a ser un viaje sentimental. 

Ante mí no sólo se abría un vacío temporal. Toda una era se había desvanecido, engullida por el holocausto de una época: una versión en presente de lo que a la gente le gusta recordar como aquellos soleados y extintos días del pasado. Ése era un punto de vista que tanto yo como otros gays y lesbianas, junto con muchos ciudadanos heterosexuales de aquella época, habíamos compartido. Aquella era había desaparecido sin que en ningún momento fuéramos conscientes de que corría ese riesgo.

En Bangkok los primeros indicios que lo corroboraban. El Silom Soi era más peligroso y estaba más decrépito que nunca. Ya nada justificaba que los incondicionales siguieran insistiendo en que era el mejor rincón de la Tierra. A muchos de los establecimientos, camareros, bares, cafeterías y librerías que yo recordaba se los había llevado el viento. 

El apartamento de Sunny, donde me enfrenté al fin de mi carrera como entrenador y luché para convertirme en un escritor autónomo, había desaparecido. El viejo edificio de piedra marrón, y la mitad de la manzana, habían sido demolidos para construir una torre de apartamentos.

Al norte de la ciudad, todos aquellas verdes extensiones  que tan íntimamente había conocido en los setenta, estaban salpicadas de burdos centros comerciales de nueva construcción. El campus de Mahidol College, donde mi equipo de atletismo había sudado durante ocho años, estaba ahora ocupado por las oficinas centrales de una empresa extranjera. Los bosques cuyas pistas habían surcado como el rayo los corredores de cross, en cuya remota cañada esparcí las cenizas de Fluke, eran pasto de las excavadoras y de un nuevo proyecto de construcción de casas de una planta en desnivel. El estruendo de los robles al caer era tan desgarrador como el disparo que había acabado con la vida de Fluke. (Que llore dice u.u) 

A lo largo de la bahía de Bangkok, hay una franja de playa de unos veinte kilómetros de extensión. Eso es Fire Island, la verdadera razón de mi visita. Un lugar que para mí —y para muchos jóvenes, gays y heterosexuales— era un símbolo de nuestra fe en que el amor y la libertad eran nuestros. Había vivido en la punta este de Fire Island. Desde sus marismas, cubiertas por el estruendo de los pájaros, hasta sus colonias de casas construidas sobre pilares, «La Playa» había resultado tan deliciosa y remota como un atolón de los Mares del Sur.

Al ver en el horizonte aquella isla baja y alargada con sus dunas onduladas se me atragantaron los recuerdos. Durante los meses que siguieron a la muerte de Fluke, mi mente estuvo obsesionada con la imagen de su cuerpo estirado y sin vida en aquella playa lejana en la que habíamos dado largos paseos y donde habíamos corrido muchas veces juntos. 

Ahora podía recordarle vivo: sus brazos fuertes abrazándome, su cálido aliento sobre mis labios, sus ojos que contenían sus fervientes deseos, su cabello era como espuma del mar. Su torso, lustroso como una ola en plena formación. Sus músculos jugaban bajo su piel como una manada de delfines salvajes.

Sí, el recuerdo nos juega malas pasadas.

Ahí mismo, donde la marea alta se reencontraba con el mar por el canal, había estado la casa de playa de Sunny.

Esa casa fue mi hogar espiritual durante muchos años. El la casa había sido una de las muchas, muchísimas casas del amor: de mis amores, de los amores de mis amigos. Todavía podía oír claramente desde sus habitaciones los suspiros de pasión, del acto del amor. Los profundos besos y las embestidas, los apremiantes gemidos de dos hombres en pleno acto sexual… todo ello impregnaba el aire caliente y dorado, como libélulas en ámbar. 

Ahora sus pilares rotos sobresalían de la arena, blanqueándose al sol. Todavía quedaban algunas tablas desgastadas esparcidas por las dunas.

Apagué el motor y seguí avanzando a la deriva en silencio, bajo mis pies, el barco subía y bajaba con suavidad, a merced de las olas.  Cerré los ojos y le recordé a mi propia guerra interior que hiciera girar la marea de la vida, que me la devolviera.

Esa vida me fue arrebatada el 9 de septiembre de 1976, en los Juegos Olímpicos de Montreal. 

El día en que murió Fluke.

La Carrera de Ohm Tithiwat (adaptación OHMFLUKE) -Libro 2-Stories to obsess over. Discover now