azul

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el color de sus ojos, no se asemejaba para nada al color del mar, sin embargo, algo le llamaba la atención y cuando los miraba solo podía pensar en lo mucho que se asemejaban a las olas bravas del océano, porque sus orbes eran intensos, se sentía como un marinero cada que los podía observar, y quería sumerjirse en ellos por siempre.

sabía que la gente era algo tímida cuando se trataba de él, de hecho, keiji lo era incluso un poco más que los demás, pero eso no le provocó rechazo, al revés; sentía curiosidad por estudiar sus expresiones y su lenguaje corporal, quería descifrarlo todo de él.

los días que llovía, se quedaban en el apartamento de alguno de los dos para observas las vistas al mar desde la comodidad del hogar, aquella amplia ventana y aquel altuo techo les proporcionaba seguridad, al igual que los abrazos de bokuto para cuando akaashi se sentía triste.
observaban la lluvia hundirse con el mar, y eso a kōtarō extrañamente le recordaba a cuando lloraba en la ducha, porque el agua que caía por su pelo y cuerpo se mezclaba con la tristeza personificada en sus tristes ojos. se sentía patético después de hacerlo, pero en el fondo sabía que aquello era terapéutico.

él había tomado el rol del que cuidaría del otro, sin embargo, no le gustaba admitir que la mayoría de las veces no era así. bien cuando akaashi y él paseaban y corrían por la playa, y el pelinegro reparaba en que no se cayera, o también cuando solía olvidar sus cosas y keiji llevaba una de respuesto (tal y como cargadores de teléfonos, pañuelos, etc). a kōtarō le reconfortaba más la idea de ser el único que cuidaría de él, quizás porque le asustaba la idea de ser ayudado por el resto, de que alguien pusiera demasiada preocupación en él.

se enfocaba tanto en conocer a su amado que no percibió el hecho de que para akaashi era muy divertido leerlo, quizás porque era tan obvio y expresivo que le sorprendía (gratamente)

y miró aquellos ojos que no eran azules, mientras se sentaban en el banco de siempre, mientras comían los bocadillos de siempre, de la misma máquina expendedora de siempre. todo era como siempre solía ser, incluso el clima y la compañía, pero, se sentía distinto, era como redescubrir algo, o, quizás descubrirlo por primera vez.

sonrió aún con la mirada en sus orbes anaranjados y acarició sus rojas mejillas (por el frío o por el encuentro mutuo de miradas durante un largo tiempo, o probablemente, ambas) y sonrió. sonrió porque hacer las cosas de siempre le hacían feliz, y aunque no hubiera nada nuevo en ello, no quería desperdiciar esos momentos, porque a veces sentía que si los dejaba mucho tiempo tranquilos se le escaparían de los dedos.

y allí fue cuando supo que, a pesar de que sus propios ojos eran azules, el color de bokuto, era ese.

soledad y el marStories to obsess over. Discover now