Rojo, así era el color de la sangre, color de miedo en las antiguas sociedades y ese era el color de las cabelleras de dos gemelos provenientes de Francia. Delanay y Mateo desde pequeños fueron condenados por la sociedad por aquel raro color de sus cabellos, siendo así el mal augurio de un pequeño pueblo en Francia. Por la seguridad de aquellos niños, sus padres decidieron escapar de aquel horrible lugar, dirigiéndose entonces hasta Camelot, pueblo natal del padre de los niños. Allá, los insultos y el maltrato cesaron ya que el padre de aquella familia fue un caballero de la corte real del rey de Camelot por varios años. No obstante, las miradas de repulsión y terror rondaban en la niñez de Mateo y Delanay. Ellos, gracias a lo que la gente llamaba maldición roja, no tenían amigos así que la única buena compañía que tenían era ellos mismos, creando así un lazo inquebrantable entre ellos.
Los jóvenes crecieron, al igual que sus sueños de ser caballeros de Camelot al igual que su padre. Para ellos ese título honraría el nombre de su ya difunto padre. Ambos entrenaban día y noche sin descanso para crear aquellas habilidades de combate que tanto anhelaban. Delanay creo una puntería extraordinaria con el arco y flecha cosa que combinaba perfectamente con su equilibrio al cabalgar. Mientras que, Mateo se convirtió en un maestro con la espada y en los combates cuerpo a cuerpo. Uno complementaba al otro y juntos crearon un dúo casi invencible. Cuando el rey de Camelot murió y fue remplazado por su hermano las cosas empezaron a cambiar. Antes, estos jóvenes tenían la protección de su amado rey mientras que el actual rey los veía como atrocidades, sobre todo a Delanay ya que tener esas habilidades siendo mujer era seguro que fuese una bruja. “Si el rey lo veía así debía de ser así”- era lo que la gente murmuraba en aquella ciudad. Poco a poco, de pequeños rumores se convirtieron en verdades, creando una multitud de gente que querían asesinar a esos demonios rojos. La familia se dio cuenta justo a tiempo para escapar hacia rumbos desconocidos.
La madre de aquellos jóvenes se encontraba exhausta y en malas condiciones. Delanay, por una solución desesperada, fue en busca de hierbas medicinales en un bosque cerca de donde estaban, mientras que Mateo cuidaba aquella mujer de ojos cansados y de piel pálida. En el bosque, Delanay empezó a escuchar algunas pisadas y poco a poco se iban acercando hacia donde ella. Por instinto, sacó la pequeña daga que siempre guarda por caso de emergencia y asumió una postura de combate.
- ¿Quién anda ahí? - preguntó Delanay con voz decidida e imponente.
-Tranquila jovencita, no somos las personas que crees- de las sombras salió un anciano con una larga barba de color plata, de ojos hundidos y de un color verde esmeralda, vestido con una túnica color blanca, su cuerpo se encontraba inclinado hacia al frente y en su mano sostenía un bastón de madera, el cual su mango tenía la forma de un halcón. Detrás de él, venía un joven que aparentaba tener la misma edad de Delanay, de ojos claros, cabello castaño y piel medianamente bronceada. En esos momentos, el joven se encontraba empapado de sudor, bastante sucio y en sus brazos poseía leña recién cortada. Al ver que, aun con aquellas palabras, la joven seguía a la defensiva decidió continuar hablando – por lo que veo estas buscando algunas hierbas, dime ¿son para ti? –
--No, son para mi madre —
-- debes querer mucho a tu madre, acompáñanos a nuestra pequeña posada allá podemos ayudar a tu madre y daros de comer –
-- No quiero ser una molestia, además seriamos tres bocas más: mi madre, mi hermano y yo –
-- Querida no serían una molestia, me encanta tener invitados. Arturo ve y acompáñala. Mientras, empezaré a preparar una sopa de cordero. –
El joven llamado Arturo dejó la leña en un lado y se encaminó con Delanay hasta donde se encontraba Mateo y su madre.
--No me he presentado formalmente, mi nombre es Arturo Pendragon, mucho gusto – dijo estrechando la mano a Delanay.
--Mucho gusto, soy Delanay Del Lago –
A lo lejos se escuchaban los gritos de Mateo hacia Delanay mientras que corría con todas sus fuerzas hasta donde se encontraba ella.
--¿Quién es él y que quiere? —
-- Tranquilo Mateo, él es Arturo y nos ofreció posada y comida para nosotros y para madre—
Mateo aun con dudas asintió, el creía fielmente en el juicio de su hermana así que solo se limitó a buscar a su madre y a los caballos para dirigirse a la posada de aquel extraño hombre. Ya allí, el anciano, el cual se llamaba Merlín, buscó unas hierbas medicinales para crear un té para la madre de estos dos jóvenes. Dialogaron por un rato y en lo poco que hablaron se dieron cuenta qué Arturo era en realidad el hijo del difunto rey de Camelot. La única forma de recuperar el trono que por legado le pertenecía sería sacando la espada mágica que se encontraba atorada en una piedra. También hablaron sobre el pasado de cada uno de los presentes.
Como agradecimiento, los jóvenes decidieron embarcarse en una misión para ayudar al futuro rey a conseguir el trono que le pertenecía. Merlín se ofreció a cuidar a la madre de los gemelos así que a la mañana siguiente estos se despidieron de su madre y, acompañados de Arturo, se marcharon en busca de aquella espada mágica. Pasaron varios días o hasta semanas en ese largo viaje. Mientras pasaba el tiempo los gemelos se empezaron a encariñar con Arturo ya que éste no lo juzgaba por su apariencia, además tenía una visión que muy pocos de su época la hubieran tenido. Mateo le enseñó a Arturo todo lo que sabía con la espada y en el combate, mientras que Delanay le enseñaba a cómo tratar con un caballo y las cosas básicas del arco y flecha.
-Delanay deja que lo haga solo si no, como va a aprender-Mateo le comentaba a su hermana mientras se encontraba recostado debajo de un árbol.
-No quiero que lastime a Ginebra, además si pierde el equilibrio y se cae no pienso ayudarlo a caminar— Delanay se encontraba acariciando la cabeza de su yegua mientras miraba a Arturo con cara de preocupación, el cual se encontraba lejos mejorando sus movimientos con la espada.
-- Si no crees en él, él no va a creer en sí mismo—
-- Creo en él, aun así, no estoy segura de que lo logre—
-- Bueno, creo que en estos momentos no te refieres a montar caballo, no es así –
--Mateo… y si tal vez no logra sacar la espada …y si gana su tío en la batalla final? —
-- Siempre preocupándote demás, relájate eso no va a pasar. Arturo se convertirá en rey y cumpliremos nuestro sueño de ser caballero—
Luego que Mateo dijera aquellas palabras, Arturo se unió al grupo hablando un poco más para así continuar su viaje.
Tres días más trascurrieron para llegar a una pradera repleta de flores con una gran piedra entre medio, la cual tenía enterrada una espada que resplandecía la luz del sol. Arturo se acerco y se posicionó para sacar la espada y, con el más mínimo esfuerzo sacó la espada, aunque los jóvenes no sabían si era su imaginación o no, pero escucharon una pequeña música celestial. Fue un momento maravilloso, pero lamentablemente no duro mucho.
Empezaron a escucharse varios caballos y a lo lejos se veía una docena de hombres armados. Los chicos intentaron escapar, pero ya los tenían rodeados, la única forma de salir de aquella situación era luchando. Los tres se cubrían las espaldas, mientras que usaban sus habilidades en contra de aquellos hombres. Asesinaron a casi todos de ellos ya que uno salió huyendo. Los tres se encontraban bastante heridos y Arturo se encontraba desmayó. Delanay fue a revisar si Arturo se
encontraba bien y no se percató que uno de los hombres con las pocas fuerzas que le quedaban tiro una flecha en dirección a ella. Mateo, al no querer ver a su hermana más herida o incluso muerta, decidió colocarse entre su hermana y la flecha causando que esta le traspasara el pecho. A simple vista solo ocurrieron pocos segundos, pero para Delanay todo eso ocurrió en cámara lenta, viendo poco a poco las expresiones de dolor que tenía su hermano Mateo. Delanay agarró a su hermano que a duras penas respiraba, y con lágrimas a sus ojos, pedía que no la dejara sola. Además, buscaba a su alrededor una manera de salvarlo, aunque fue en vano. Su hermano sabiendo que era su fin decidió dedicarle sus últimas palabras … “vive tu sueño por mí y recuerda que siempre estaré contigo guiándote, te amo hermanita”. Con un último movimiento acarició la mejilla de Delanay que se encontraba repleta de lágrimas. Luego de eso, su mano se desplomó en el suelo dejando que su hermana gritara entre lágrimas y entre sollozos por su perdida.
Luego de ese trágico día, Delanay no volvió hacer la misma. Sentía que no estaba completa, le faltaba esa seguridad que Mateo siempre le transmitía, aquella calidez que tanto amaba y sentía que era su culpa, que gracias a su descuido su hermano ya no está con ella. En las noches las voces en su cabeza no la dejaban dormir y en ocasiones esta veía a su hermano paseando a sus alrededores. Vivía una pesadilla todos los días luego de aquel evento. En una ocasión deseaba quitarse la vida para que ese tormento acabara.
Arturo al ver esto decidió hablarle. La tomó de los hombros y la sacudió un poco para que esta reaccionara.
--Sé lo que sientes, mi madre dio su vida para esconderme de mi tío, sé que se siente sentir esa culpa que te carcome, pero no es tu culpa, él decidió salvarte, él quería que vivieras y quieres desperdiciar todo el sacrificio de tu hermano por unas tontas pesadillas. ¡¿Dónde esta aquella chica fuerte que no se rinde?!¿Dónde esta aquella chica que ama a su yegua y usa el arco y flecha así de fácil como parpadear? ¿Dónde está la chica que me cautivo por su hermosa personalidad? —Arturo bajo la mirada estaba temblando, quería decirle muchas cosas a aquella chica que se encontraba frente a él, pero ninguna lograba salir de su boca. Gracias a esto, lo único que se le ocurrió fue plasmarle un cálido beso a Delanay sorprendiéndola en consecuencia. El joven avergonzado salió corriendo de aquel lugar, dejando a la chica entre sorprendida, confundida y feliz. Delanay, decidió dejar de culparse y seguir su sueño ya no solo por su padre, sino también por su amado hermano. Fue la mano derecha de Arturo en la guerra por el trono de Camelot, fue nombrada Sir Delanay, caballera de Camelot. En su nombramiento pudo ver la figura de su padre y de su hermano aplaudiéndole y sonriéndole mientras que se desvanecían.
-- Sir Delanay, ¿qué piensas hacer entonces?
--Me marcho en la mañana, Rey Arturo, pero prometo corresponder sus sentimientos. Nos volveremos a ver cuándo nuestros destinos se crucen—
--Hasta que nuestros destinos se crucen—
Delanay le dio un beso a Arturo como despedida y se fue cabalgando en dirección al sol.
CZYTASZ
Una aventura en los sentimientos
Przygodowees una corta historia de una chica llamada Delanay y su hermano Mateo ambientada en la época de el Rey Arturo
