Cascabelito.
La calle Belgrano es como una larga serpiente que ella recorre todos los días. Como un río en el que avanza en contra de la corriente, la gente es la corriente. Lleva siempre los auriculares metidos en los oídos pero nunca escucha música, no la comprende. Eso sí las almohadillas la preservan del ruido y el desorden que vienen desde afuera.
Es delgada, menuda, tiene unos 12 años. El pelo trenzado le cuelga hasta la cintura y le golpea con ritmo la espalda a cada paso que da. Va metida ,escondida, en un buzo azul enorme, muy gastado.
“Cascabelito” la llama mamá. Y “Cascabelito” se llama a si misma, no porque necesite un nombre, solamente le gusta como suena esa palabra. Y le gustan también los objetos llamados cascabeles. Lleva uno colgando de su mochila. Mamá los cose a su ropa y a sus objetos personales para poder escucharla mientras se mueve por la casa. Mamá prefiere saber siempre en qué parte de la casa está, o si se acerca a ella.
También las personas, todas esas que caminan a su alrededor, deberían prestar atención al tintineo que produce al caminar, sin embargo muy pocos lo notan. Un perro blanco le ladra desde la verja de una casa. No le gustan los perros, siempre le ladraban. Los hombres tampoco le gustan.
Atraviesa todo el centro y llega hasta las escaleras que suben al barrio “Ciudad de Nieva”. Hace poco ha dejado de llover y todavía están mojadas. En el vapor que se levanta del suelo puede oler la orina de los hombres que, como perros, ensucian la vía pública en las horas de oscuridad.
Como perros.
Toma impulso y sube casi sin pausa tres cuartas partes de la escalera. El cascabel tintinea como loco en su espalda. Advertencia para quien sepa escucharla. A veces sirve, a veces no. Un escalón después de otro, y otro y otro más. Todos iguales, planos y de piedra, desgastados por años y años de pisadas. ¿Cuántos escalones hay en total? Se detiene para tomar aliento y se queda mirando hacia abajo. Todos los días quiere contarlos, pero se olvida de hacerlo y cuando presta atención, ya está arriba.
Mañana, se dice. Mañana los va a contar.
Dos adolescentes bajan en sentido contrario, conversan entre ellos, al encontrarse con ella se quedan mudos y se hacen a un lado.
Bien por ellos.
Llega hasta arriba, a la plazoleta que corona el fin de la escalera y allí permanece un momento quieta observando a su alrededor, olfateando. Se cubre los deditos de las manos con las mangas del buzo enorme y azul que lleva puesto y estruja un poco el borde, en un gesto de concentración.
Allá está.
Conversando con una mujer y unos niños, en el otro extremo de la plazoleta, está uno que es como ella, un depredador.
¿Nadie más lo nota?
Se acomoda las correas de la mochila y sigue su camino. Cruza el senderito con paso uniforme y cuando pasa cerca del hombre, se quita uno de los auriculares para poder escuchar su voz.
El tintineo del cascabel hace que el tipo levante la cabeza y la mire, de esa forma en que mira a todas las niñas.
A ella se le retuercen de regocijo las entrañas. El monstruo, cegado por su hambre, no percibe el peligro. Ni siquiera se fija en que el sonido del cascabelito no es una llamada, sino una advertencia.
Es malo para un depredador, creerse el único en el mundo.
La muchachita menuda, delgada, insignificante, sigue su camino, calculando mentalmente cual sería el horario más adecuado para conseguir su objetivo.
Todos los días cruza esa plaza, y todos los días ve al tipo mirar, incluso molestar a las chicas que pasan por allí. Aparentemente trabaja como guardia de seguridad de la tienda multirubro que se encuentra pegada a la plaza…No lo tiene muy en claro, y no le importa. Es sin duda una presa para ella, un ser despreciable que merece morir. Y no por una cuestión de justicia, sino de competencia por las presas, de medir fuerzas…Sí, eso más que nada: porque atacar a un inocente o a un bobo, a alguien que está muerto de miedo, eso lo hace cualquiera, pero ellos son adversarios equivalentes.
Terminó la clase de inglés, ya anocheció. En vez de tomar el colectivo a casa, Cascabelito vuelve a la plazoleta. No está oscura, aunque tampoco puede decirse que la luz fantasmagórica y amarilla de los faroles ilumina demasiado.
Esporádicamente suben desde el centro algunas parejas abrazadas o tomadas de la mano. Recorren el sendero que cruza la plaza o se demoran en alguno de los banquitos de cemento. Cascabelito se acerca con cautela hasta donde comienza la escalera. Desde ahí puede ver las luces del centro titilando como estrellas y permanece contemplándolas un momento, maravillada. Después el viento le trae el olor del hombre, su presa. Lo ve de reojo, ronda la puerta de la tienda del frente. Hay demasiada luz ahí, tiene que atraerlo a la oscuridad.
Camina hacia la fuente, a un costado del senderito principal de la plaza. No hay manera de que el hombre no la vea en ese lugar. Lleva las manos ocultas en el bolsillo frontal de su enorme buzo y sujeta entre sus dedos un punzón pequeño, de esos que utilizan los niños para picar papel en los jardines de infantes, nada más que un manguito con un clavo. Da algunas vueltas alrededor de la fuente y se sienta en el borde, con aire inocente. No mira en ningún momento en dirección al hombre, sin embargo sabe que él ya la ha visto. Se levanta otra vez y camina con estudiada despreocupación, balanceando los brazos y la cabeza, como ha visto que hacen las otras chicas. Se acerca hasta un macizo de arbustos y simula contemplar las florecitas de la planta.
En realidad está determinando la dirección del viento y calculando la frecuencia con la que suben personas por la escalera. Ve de reojo como el hombre merodea cada vez más cerca de ella. Se mueve un poco, haciendo sonar su cascabel.
El tipo cruza la calle y va hasta la fuente, allí se para con las manos en los bolsillos y se pone a silbar. Después levanta un papel del suelo y se aproxima a un cesto de basura para depositarlo y al hacerlo, mira por una fracción de segundo hacia donde está Cascabelito.
Ella sonríe y se desplaza como distraída, un poco más allá, hasta una callecita solitaria que bordea la plaza y que en ese momento está silenciosa y oscura. Se apoya contra una pared y permanece a la espera entre las sombras.
—¿Esperando al novio? —le pregunta el hombre, que ya se ha acercado lo suficiente. Ella no responde nada. Es el doble de alto que ella, panzón y de cara redonda. Lleva puesto una especie de uniforme marrón. Dice algo más acerca del clima y de la noche, mientras mira con cierto disimulo alrededor y se acomoda el cierre del pantalón.
Hay momentos que son justos para cometer determinados actos. Momentos en los que, por ejemplo, una calle que por lo común es muy transitada, queda de pronto vacía y en silencio. Son instantes extraños que parecen situarse fuera del tiempo.
Ambos perciben la ocasión simultáneamente. Ella se arroja contra él, golpeándolo con la cabeza y le abre, casi al mismo tiempo, la barriga en un firme tajo de abajo hacia arriba con el punzón. A él tal vez lo perdió el elemento sorpresa, o que ya tenía puesta toda su atención en desabrocharse el pantalón. Ahora es una masa de entrañas palpitante. Cascabelito sentada a horcajadas encima de él, termina de abrirle el estómago con los dedos y con la pequeña punta, que en sus manos es un arma formidable. Loca de alegría y haciendo un supremo esfuerzo por no gritar de entusiasmo, comienza a sacar cosas de adentro del hombre agonizante. Cosas lilas, rojas, rosadas, blandas. Todo empapado en sangre. Se guarda en el bolsillo la que le gusta más: un órgano morado y redondo, no sabe qué puede ser.
Ve apagarse los ojos del tipo, que no ha llegado a emitir ni un grito y se siente completamente satisfecha. Entierra las dos manos en la herida y siente como el cuerpo se va enfriando de a poco.
Lame un poco de sangre, ese es el sabor del triunfo. Una risita breve le sacude la espalda y se asusta porque no está acostumbrada a reír y no entiende bien de qué se trataba eso. Arranca una tira de piel del estómago del hombre, le encanta el sonido de la piel cuando se rompe. Después le aplica al cadáver dos puñetazos que salpican más sangre por todos lados, sólo para que el tipo sepa quién ganó.
Se levanta de encima y camina lentamente hasta el fondo de la callecita, allí entre las sombras, se quita el buzo ensangrentado y lo guarda dentro de su mochila. Va hasta la fuente, en centro de la plazoleta y se lava bien las manos y la cara.
La gente circula ahora a su alrededor con normalidad, desde la plaza hacia el centro y del centro a la plaza. No se imaginan que a pocos metros, en la oscuridad hay un cadáver. ¿Será qué no sienten el olor de la muerte? Al parecer no. Tampoco se imaginan que es sangre lo que se está lavando la desaliñada adolescente en el agua de la fuente.
Cascabelito regresa a casa sin inconvenientes, con los auriculares otra vez en las orejas, tapando el ruido que viene de afuera. Tiene algunos coágulos secos pegados en el pelo y resultan bien visibles cuando la luz le da de lleno, pero nadie le pregunta nada.
Mamá la regaña por volver tan tarde. Pero nada más.
En el cajón de su mesita de luz, Cascabelito guarda su trofeo sanguinolento, preguntándose aun de que órgano se trata.
Al otro día tal vez aparezca la noticia sobre del tipo muerto en la TV, tal vez, porque no siempre encuentran a sus presas. Quizás hay en la ciudad algún tipo de carroñero urbano que se ocupa de los cuerpos, porque ella nunca los esconde. Quizás camina por ahí, confundido entre las sombras, algún otro subproducto, descarte, efecto adverso de la convivencia urbana…
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Este cuento se publicó en el fanzine “Habitantes de la Oscuridad” en el año 2016, y fue adaptado a la historieta en “Relatos de terror Ilustrados” en 2017 por el artista Emilio Tolaba, del Taller de historieta de Letras en Red, también fue adaptado al teatro por el grupo “Olor a Rico”, Jujuy -2017
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