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EL  BEBÉ la  había  distraído.

El  precioso bebé  rubio  que babeaba sentado  frente  a ella en el regazo de su  madre logró que se  le hiciera un nudo en  el  corazón.

Cuando  se  bajó  del  tren en Liverpool  Street  estaba a punto de llorar,  y tuvo que hurgar frenéticamente  en el bolso  buscando  unas monedas para entrar  en  el  aseo de mujeres.

Mirándose  al  espejo, Hermione se  limpió  el  rímel  que  se  le  había  corrido,  se  puso  algo más  de colorete  y respiró profundamente varias  veces  intentando tranquilizarse.

Habían pasado  cinco  años.  ¿Por  qué no había  conseguido recuperarse?

Estaba  cansada, nada  más. 

Debía  haberse  tomado  unas  vacaciones  hacía  mucho tiempo.

Pero en  la  tienda  de  antigüedades de  su  tía  le  esperaba  un  cajón  lleno  de folletos con  maravillosos  destinos  que  le  recordaban que  sólo  tenía  treinta años,  con toda la vida por  delante  para divertirse.

-El  Museo Victoria  and  Albert  -dijo  en voz  alta frente  al  espejo. 

Buscó  un  cepillo en  el bolso, se  peinó  el  cabello castaño  que le  llegaba  hasta los  hombros y salió  a la estación  de  Liverpool  Street. 

Veinte  minutos después,  reanimada por  un café  con leche  y  sintiendo  que  tenía otra  vez las riendas  de  su  vida,  se  dirigió  al  metro  para continuar  su viaje  hasta  South  Kensington.

En el museo hacía un  calor insoportable  y Hermione  intentó  concentrarse  en  lo  que veía,  una impresionante  colección de  trajes  históricos europeos, la que siempre  elegía para  comenzar  una visita. 

Se  detuvo  un  instante  para  quitarse  la  chaqueta y  se pasó  los dedos  por el  cabello. 

Sacó  la mano  algo  húmeda  de  la  cabeza  y entonces  la  sala empezó  a  dar vueltas.

-Oh,  Dios  mío  -apoyó  la  cabeza  contra  una  de  las  vitrinas  y  rezó  para  que  la sensación de mareo desapareciera. 

Si  se hubiera levantado unos minutos antes por  la mañana  no habría  tenido que  correr  para tomar el  tren y  podría  haber desayunado. 

Eso y  el hecho  de escuchar  un nombre  que  le  recordaba el  pasado  le estaba haciendo perder  el  equilibrio.

-¿Está  bien, querida?  -una  anciana  con  una  piel  que parecía  pergamino  le puso una mano en el  hombro.

Hermione  olió  un  aroma de  lavanda  y  abrió  la boca para  decir  que estaba bien y que sólo necesitaba sentarse  un  par  de minutos,  pero  no le salieron las palabras.

De repente sintió  que  caía  al  suelo  sin elegancia.

-Hermione...  Hermione,  despierta. ¿Puedes  oírme?

Hermione conocía  esa voz, la conocía  muy  bien.

Era como  el roce  del terciopelo  sobre la  piel  o  el  primer  sorbo  de  un  buen  brandy  francés  en  un  día  frío. 

Los  nervios  se  le pusieron de punta. 

Primero el bebé, y  luego eso... esa  voz  que  no había  oído en cinco largos años.

Tenía  que ser el  cansancio,  esa  era  la  única explicación.

El corazón le  latía a  toda velocidad cuando abrió  los ojos.

Reviviendo el amorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora