1. Freak

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Unos tacones rojos, de aguja, de al menos diez centímetros, sonaban contra el pavimento del segundo banco más grande dentro de Kyoto. Una tela vaporosa se removía conforme los pasos sonaban, la tela era blanca con topos negros, era una falda correspondiente a un vestido, el cual tenía la parte de arriba color negro.

Unos elegantes anteojos cubrían la mirada de la mujer que irrumpió en el lugar, en su cabeza una pamela la hacia ver mucho más regia de lo que ya parecía. Los guantes negros de encaje complementaban su vestimenta y por fin, después de pasear unos metros por el suelo de marfil del banco llegó al detector de metales.

— Señora, deje sus pertenencias en la cinta transportadora — al guardia que se disponía a cachearla, lo conocía desde que tenía tres años y nada más verla, le guiñó el ojo, esa era la señal que necesitaba para saber que todo iba a pedir de boca.

Dejó su bolso en la cinta y extendió sus brazos en cruz, esperando a que las expertas manos de su amigo la recorrieran para buscar algún arma. Pero como era obvio, una pistola estaba colgaba de su muslo, el guardia no diría nada, puesto que el también estaba en el ajo.

Sus manos empezaron a tocarla por los costados, con suaves toques descendentes para hacer ver que hacía su trabajo debidamente a ojos de sus superiores en las cámaras de seguridad. Llevaba trabajando allí dos meses, para que cuando el golpe se llevara a cabo, hubiera un espía infiltrado dentro del banco.

Tuvo que pasar las manos por sus nalgas, haciendo reír a la chica y sonrojar al guardia, el cual después, recorrió sus piernas, acariciandolas por los muslos, las rodillas, los gemelos y finalmente los pies enfundados en aquellos brillantes tacones rojos. Se incorporó para seguir con la inspección, así que palpó los pechos de la chica, pasando por su abdomen y sus ingles, siguiendo el protocolo pautado por los altos cargos del lugar del atraco.

— Kazutora, deja de toquitear a mi chica. — la orden se escuchó alto y claro por los pinganillos ocultos de ambos. Ella sonrió mirándolo y él, le devolvió el gesto.

Apartó las manos de su cuerpo y levantó una mano en señal de que todo estaba en orden.

— Está limpia — anunció a sus compañeros — dejadla pasar.

Las puertas se abrieron y su bolso se le fue devuelto. Bajó sus gafas y miró por última vez al guardia.

— Gracias.

— Que tenga una buena visita, señora.

De nuevo, el rítmico sonido de los tacones se escuchó con gran reverberación en todo el banco, pero esta vez, mezclado con el murmullo de todos los visitantes y trabajadores que había en aquel momento.

Se dirigió hacia la recepción con calma, a punto de hablarle a aquella novata de unos veinte años que de seguro sería becaria, usaba una placa con el nombre de Mei. Se quitó las gafas y la pamela, para que la recepcionista no tuviera que pedirle que lo hiciera a la hora de confirmar su identidad.

Sacó una tarjeta de identificación del bolso y una citación para verse con el gobernador Jiro Nagakawa, el mandamás del banco, el que controlaba todos los ingresos, extractos y acciones allí. Controlaba la cantidad de dinero que se producía en un día y era el quién se encargaba de los impuestos de esa parte de Kyoto.

Un hombre de 45 años, divorciado, sin hijos, sin nada que perder y el cual desesperadamente buscaba una nueva esposa en Tinder, había llamado al mejor servicio que se les podía ofrecer a los cuarentones de su casta:

Había llamado a un burdel.

Dónde la mujer de los tacones rojos "trabajaba" entre comillas para acercarse a él durante los treinta minutos en los que su novio iba a tardar en llevarse cuarenta millones de yenes en bolsas de dinero de la planta subterránea para poder aumentar su riqueza.

- Hostage  🃞  Hanma Shuji AUStories to obsess over. Discover now