🦋 Efímera 🦋

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Irina trazaba un recorrido invisible con las yemas de sus dedos sobre la cálida piel. No quería perderse ni un detalle del hombre que tenía durmiendo a su lado. Quería dibujar todo su cuerpo tal y como había hecho la noche anterior. De esa forma, una parte de él le pertenecería para siempre, aunque fuera solo una vaga fantasía.

Acurrucó sus pies junto a los de él, intentando cobijarse del desastre que se cernía imponente fuera de esas cuatro paredes.

Sus labios estaban enrojecidos y ambos tenían pequeñas marcas en puntos estratégicos que demostraban que había sido real. Aún recordaba los besos, el roce de piel contra piel y la respiración entremezclada.

Dicen que cuanto más te prohíben algo, más lo deseas. Pero Irina sabía que no era eso. Al convertirse en sacerdotisa había renunciado a ella misma por un puñado de falsa libertad. Pero nunca podrían dominar ni su mente ni su corazón. Le habían prohibido amar, pero se había prometido ser dueña de su cuerpo hasta su último aliento. Con el paso del tiempo, supo que amarse a una misma conllevaba tomar decisiones contracorriente.

Esa era tan solo una de las renuncias que conllevaba ser sacerdotisa. Consagrar tu vida a utilizar la energía de la naturaleza para crear hechizos y servir al ansia de poder del Rey.

Huyó y se adentró en la hermandad de las sacerdotisas con el fin de encontrar libertad y lo único que consiguió fue encerrarse en una cárcel más acomodada. El Rey casi te hacía creer que eras tú quien ansiaba acatar sus decisiones, pero eso no funcionaba con ella. Ni con muchas de sus hermanas.

Todos los hechizos que aprendían y efectuaban se hacían con el fin de servir al Rey y su deseo por dominarlo todo. Se las racionaba el conocimiento que podían adquirir, quedándose con lo básico para ser utilizadas a su antojo.

Solo algunas nacían con el don de comunicarse con los elementos naturales y poder emplear esa conexión para hacer magia. Se necesitaban años de práctica e Irina había conseguido colarse en la zona prohibida de la biblioteca de la hermandad para aprender los hechizos que no estaban destinados para ellas.

Pero el Rey no estaba respetando ese equilibrio, todo le daba igual con tal de conseguir lo que quería. Sabía que el mundo natural se estaba viendo resentido y estaba cambiando, al igual que ellas. Siendo explotadas y empleando más energía de la que se podían permitir.

Irina se había rebelado. No podía soportar ver cómo se destrozaba el mundo que conocía y cómo sus hermanas sufrían con ella. Podían obligarla a abrir la boca solo cuando fuera de utilidad, pero se habían equivocado si creían que tenían el control total sobre ella.

Todo acto tenía sus consecuencias, y por eso esta noche había venido a despedirse de Marrok. Antes de que fuera demasiado tarde y el Rey la encontrarse. La tomaría como ejemplo de todo lo que está mal y la ejecutaría delante del resto de sacerdotisas. Pero no si ella podía impedirlo.

Se levantó y recogió las prendas de ropa que estaban esparcidas por toda la habitación. Notó cómo Marrok se removía inquieto al notar su partida de la cama y murmuraba entre sueños.

Pesadilla —Irina se estremeció al oír salir de sus labios el nombre con el que tantas veces la había hecho enloquecer— ¿Tanto tiempo torturándome para ahora no poder quedarte ni un minuto más? —susurró él, intentando agarrarla del vestido para acurrucarla a su lado.

Ella se zafó de su agarre, tenía que ser firme porque quedaba poco tiempo.

—Ojalá pudiera hacer que un minuto durase una eternidad —respondió.

El cuerpo de Marrok se tensó, volviendo a la realidad. Sabía el peligro al que ella, ambos, se enfrentaban si les descubrían.  Las sacerdotisas tenían prohibido salir de la hermandad sin permiso. Lo que menos deseaba es que ella sufriera.

—Sabes que te quiero —le dijo él mientras enredaba sus dedos entre su pelo—. Pero como más te quiero es libre.

Su mano cayó y volvió a quedarse profundamente dormido. Depósito un beso en sus labios y dejó su colgante en su lado de la almohada. Un último recuerdo.

—Yo también te quiero —susurró ella con un hilo de voz—. Pero también me quiero libre y espero que en algún momento entiendas porqué hice lo que hice.

Saltó por la ventana y fue camino de la hermandad. Aún quedaba tiempo para que amaneciese así que tanto sus hermanas como sus carceleros dormían.

Se conocía los pasadizos de memoria por lo que no le sería difícil llegar a la zona prohibida de la biblioteca para efectuar su último hechizo.

Cuando llegó, sabía que no había vuelta atrás, no iba a ser ejecutada y esta era su única salida para ser libre. El conocimiento prohibido que había estudiado le serviría para liberarse.

Localizó el libro entre el polvo y se sentó en el suelo del torreón. Cerró los ojos y comenzó a sentir toda la energía dentro de ella. Sabía que esta vez la naturaleza la ayudaría.

Canalizó la energía y se conectó con el silbido del viento a la vez que pronunciaba las palabras del libro prohibido: Vola sicut papilio.

El viento comenzó a entrar a raudales por la ventana y envolvió el cuerpo de Irina hasta que esta desapareció. El único rastro que quedó de ella fue su vestido tirado en el suelo.

Al cabo de unos días, una pequeña mariposa salió de un capullo  que se había quedado escondido en una de las ranuras del suelo. La pequeña mariposa era de un color azul vibrante, al igual que los ojos de Irina. Salió por la ventana batiendo sus alas en una danza de libertad.

Porque a las mujeres como Irina, las intentaban callar, silenciar y dominar. Eran las hechiceras que ardían quemadas por su rebeldía y su lucha. Pero pronto se alzarían y batirían sus alas. Porque son las brujas peligrosas que te cuentan el cuento de que te puedes liberar.

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⏰ Last updated: Aug 31, 2021 ⏰

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