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Capítulo 1

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"Cierra tu pequeño resplandor
harás furioso al cielo
envidiado por el sol..."

--¡Cierra el hocico, desecho!

Rado golpea los barrotes de acero con una atroz fuerza recargada de ira empuñando su espada corta, la molestia no era más que por un tonto e interrumpido sueño al escuchar la melodiosa voz de un preso. Su arma, orgullo de guerrero, usualmente es balanceada en el combate, y el chirreo producido al chocar con otras armas de acero oxidable, pero, en esta ocasión, se destina en el batimiento sobre el cuerpo de un pequeño desafortunado, cuyo iris dorado auguró el comienzo de su desdicha. Tal agresividad es para evitar algún escape o por mera diversión para el celador y su plantilla de guardias.

--Debimos de haber matado a esa vieja antes de que aprendieras esa asquerosa nana

        Seguidamente de hacer el ademan de apuñalar a alguien para así causar pánico, Rado ríe a caquino abierto mientras dirige su corpulento ser hacía un banco con una mesa de frente, posicionado a escasos tres metros de distancia delante la guarida del joven reo. Coloca sus pies encima de ella y cubre su rostro con una capucha para retomar la siesta.

            Ergos, sin poder ver más allá de lo que su borroso e hinchado ojo le permite, producto de una serie de golpes recibidos hace unas cuantas horas, alcanza a vislumbrar su magullada mano izquierda, con la que trató de mantenerse erguido durante la golpiza, la acerca a su pecho y con la otra, colocada sobre el lodoso suelo, se impulsa para apoyar su cuerpo en una esquina de la celda, resbala por el intento, golpeándose en la frente, reabriendo la herida ocasionada por un palazo y con las pocas fuerzas que le quedan, se arrastra para tratar de conciliar el sueño mientras susurra su canción. Única cosa en el mundo que es capaz de tranquilizar su rasgada y desesperanzada alma. Morder su lengua para su desangro, era un pensamiento constante en sí, sino fuera por la lírica de una anciana que lo llegaba a visitar cada cierto día, mujer de voz gentil, frente arrugada, ojos meramente blancos y con cicatrices a la altura de ellos, a raíz de una tortura realizada por el rey Ícaro, líder actual del clan de lobos "El Sol Cu-Kypris" y cuya edad ya no le permitió regenerar a pesar de ser una mujer lobo. Ella lo visitaba vocalizando una canción de cuna y al paso del tiempo, se hizo costumbre para los oídos de Ergos, avezado por el canto, es lo único que puede emitir su áspera y seca voz, a causa de la resequedad de su garganta por la falta de hidratación.

Con el tiempo, ella dejó de visitarlo, cosa que generó bastante angustia en el niño, pero, tal vez esa emoción le sugirió la posibilidad de evocar una fe jamás presenciada en su trágica vida, si es que vida se le puede llamar. Sin embargo, la esperanza de volverla a escuchar fue motivo más que suficiente para soportar todas y cada una de sus penurias. Sólo de esa forma podía continuar. Ergos desconoce lo que es evocar una sonrisa, no obstante, entiende el calor que emite su pecho con ese canto, abraza su esquelético cuerpo y ese ardor evapora por completo sus dudas. Nunca había sentido algo más allá de los golpes y las burlas, y esos momentos armónicos le mostraron que hay más emociones a parte del odio. Esos instantes eran capaces de gritarle al oído, que el latir de su corazón no es un efecto causal de la simple naturaleza, sino, la creencia que hay un sentido más allá, una ilusión de poder ser eterno, un letargo interrumpido o simplemente un calor reconocido. Y él no desea que eso se pierda, se aferra ciegamente a la idea de que el "Ruiseñor del alba" le dará las alas para escapar de esta celda, aunque, no sea capaz de imaginar lo que la letra de su nana pueda enseñarle.

Dos años atrás, su mundo era rodeado de total y absoluta oscuridad, algunos matices de color rojo con tonalidades naranjas eran vislumbradas debido a la intermitencia emitida por las antorchas. A pesar de ser un crío, se anteponía su instinto de supervivencia, y el tratar de comprender los claros/oscuros emitidos por dichas luces, suponían un reto con un sentido banal de existir; era un ideal bastante trivial, pero su naturaleza le exigía libertad. Si él carece de un entendimiento con respecto a sus necesidades como persona, la soledad y el abandono le brindan la oportunidad de concientizar las señales que manifiesta su cuerpo propio. Todo comenzó un día después de haber perdido un pedazo de dedo a causa de una mordida en la punta del índice propiciada por Brönach, subordinado bastante sádico de Rado, con intenciones de placer y gozo. Ergos, acostumbrado a estas prácticas sólo esperaba a que regenerara su parte cercenada y el silbido ocasional que escuchaba a las afueras de su celda cada tres-cuatro días; que posteriormente adquirieron la forma de la nana a la que se aferra con uñas y dientes, le indujeron un estado de calma puesto que las vibraciones del sonido rebotaban con bastante eufonía dentro de las tres paredes de roca sedimentaria y en un lapso de paz fue capaz de sentirlas. Su respiración se tornó rítmica y el sosiego se presentó como una nueva emoción en su corto repertorio, era consciente de cada milímetro de su sórdido ser; la gota de sudor que bordeaba sobre su ceja y finalizaba en la comisura de su seco labio para encontrarse con un sabor salado que avivó aún más sus sentidos, dieron pauta a querer experimentar. Extendió los brazos, y con la yema de sus dedos percibió la solidez de lo que su entorno le proponía, a pesar de encontrarse en el centro y no tocar absolutamente nada, su aura sí, y con ello, figuras geométricas adquirieron forma en su mente, presentándose como un lienzo en su cabeza pintado a partir de las pulsaciones emitidas de cada objeto alrededor. Tal vez su carne está apresada, pero, su alma se encuentra a un paso de dar comienzo a la travesía, él lo supo, él lo sintió, él lo vio y las corrientes empezaron a tirar.

El silencio inundó el calabozo, es hora de poner en práctica todo lo aprendido durante dos años enteros y eso significa dos cosas...caza y escape.

Al instante de un abandono de peligro, sintió su pecho liberado, la opresión desvanece y el aire pasa de ser áspero, a ondear como telar de araña con la brisa del viento. Ergos reúne las pocas fuerzas que tiene y frota sus manos, las separa para sentir una especie de pelota invisible que extiende de poco en poco al alejarlas, las acerca para comprimir esa sensación y vuelve a expandirlas; repite la acción en cinco ocasiones, el calor que emanan es suficiente para ya no poder juntarlas, las coloca sobre su cuerpo como si tratara de abrigarse y así es como recupera parte de su fuerza; al final pone las palmas sobre el suelo, respira hondo y a juego con su exhalar, extiende su aura por toda la celda, tanta vida inerte en oscuridad, le permitió desarrollar la habilidad de "ver" con el tacto. Si no fuera por la tonada de arrullo y su destreza, no se plantearía un posible escape.

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⏰ Terakhir diperbarui: Aug 01, 2021 ⏰

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