Retumba en mis oídos una risa contagiosa mientras niegas con la cabeza y golpeas el volante del auto, no me miras porque te da vergüenza, la noto en tu piel ligeramente más colorada y tus dientes se asoman en una sonrisa sincera, tranquila. Tus ojitos se esconden y se te sale un aún risueño "ay wey" cuando te distraes tanto que casi te pasas un rojo.
Tu cabello sigue intacto porque no entra el aire cálido del verano pero te das tiempo de señalar el cielo y mostrarme un arcoiris o como el sol se esconde entre las nubes de lluvia frente al parque que tanto te gustó.
Y me parece fascinante que hacía mucho tiempo que no compartía un atardecer con alguien más brillante que el mismo sol, que las risas y pláticas me llenen tanto y que no pueda esperar a verte de nuevo cuando ni siquiera te has ido.
Y tus palabras resuenan en mi cabeza, un "te quiero" y una frase entre sábanas frescas y besos desesperados; una confesión preciosa que me dejó temblando incluso antes del orgasmo y sin saber que responder, sin encontrar otras palabras, solo atiné a darte todo de mí porque es lo que deseo que tengas: a mi, en un todo, mi mente y corazón y lo que desees de mi ser.
Al volver a la realidad te ríes de mi sensibilidad y me pides perdón como si temieras herirme o hacerme daño con un chiste o frase de esas que tanto sabes, cuando en realidad solo te hago más mío, más parte de mí, cada trozo, palabra, respiro y suspiro.
