Capítulo 1 - EL PRIMER ENCUENTRO

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Hola, mis queridos amantes del genero literario, primero que nada...gracias.

Si pasaste por aquí es porque me das la oportunidad de mostrarte un poco de lo que hago. Esta historia es tan real como el aire que respiro, y de la misma forma puede resultar chocante, pues la infidelidad no es algo de lo cual sentirse orgulloso. Sin embargo, estaba obligada a compartir esta bocanada de aire puro, esta travesura pos cuarenta que me reafirmó como mujer, y que definitivamente me demuestra que cuando menos lo esperamos la vida nos sorprende.

El comienzo es tranquilo, como la vida, recuerda que nada es ficción, y yo aun no domino el arte de magnificar mis experiencias o adornarlas con mentirillas blancas.

Comencemos...

Capítulo 1

EL PRIMER ENCUENTRO

Como cualquier día de cualquier semana, de cualquier mes, lo conocí. No hubo música en mis oídos ni un retorcijón estomacal que me anunciara que sería distinto a tratar con transeúntes conversadores durante la atribulada espera del metro. De hecho, mi atención estaba concentrada en la fantástica historia del libro que escogí de la biblioteca personal de la casa de mi amiga. Uno que desbordaba buen uso del lenguaje, una flamante investigación y el respaldo confirmado de Mario Vargas Llosa.

Así pasé los primeros treinta y cinco minutos en el andén, con la cabeza enterrada entre las páginas, alimentándome de lo que era mi mundo hasta ahora, un poco de ficción después de la sosa actividad en la oficina. Un poco de esparcimiento antes de entrar a mí otro mundo, el de verdad. En ese donde no había tiempo de relajarme, donde hacer una pausa era un pecado. Como si yo tuviera conciencia de pecado, tras llevar la más célibe, austera, y por demás estoica relación con mi cuerpo.

A ese cuerpo le había dado la espalda, le había tratado con indiferencia, la misma indiferencia que había recibido en los últimos años de mi padecimiento físico. Como era un ser asexual, tomé decisiones basándome en mi nueva condición, cambié la literatura picante (que ya no me estimulaba el cuerpo) por literatura inteligente. En cierta forma sentí que era la culpable de aquel mal, de mis sangramientos, de estar en constante agitación, con la pelvis inflamada y el útero agrandado.

¿Sacar al sexo de mi vida le hizo bien? No era una pregunta que me hiciera a menudo. En realidad no encajaba con mi agotamiento, y el desgano de mi pareja al concurrir a lo que eran nuestros encuentros íntimos. Largas secciones de frustración interna, y culpa. Yo no era competencia para su cansado ir y venir, según él, ya yo no estaba para andar con esos agites.

-¡Caramba! ¿Si el momento no es ahora, cuándo será? – Me dije una vez en el baño, visiblemente avergonzada de haber sangrado sobre su cuerpo.

Y así lo hice, me olvidé de mí. Yo no era la prioridad. Yo era lo que era, y punto ¿Y que era? Buena pregunta. En vez de contestarla preferí pasar la página y leer otro capítulo, de otra novela, no la mía. De otros personajes...

Comencé a estar en paz, como los árboles, como las ramas, inamovibles, frágiles, fuertes, perpetuas. Pero yo no era un tronco seco, era un ser de carne y hueso, era piel, era sangre, era de muchas maneras una mujer... incompleta, pero mujer.

La mirada errante de un hombre llamó mi atención, no mi interés. Acostumbrada como estaba a recibirlas de cuando en cuando, solo vi que sus ojos se pasearon de mi cara a mis manos, seguramente al libro, pensé en seguida. El sujeto que tenía al lado comentó una nimiedad del retraso en los vagones, que encontró eco en un tercero. Entre ambos hubo una cháchara corta y amena, que se disipó con la llegada intempestiva del metro en el andén.

Todos nos levantamos, raudos a la puerta abierta del vagón, y esos ojos grandes, que me miraban persistentes, se posaron justo a mi lado. Anhelantes de iniciar el intercambio de ideas. Pronto supe que era un artista plástico, que su afición era la mía, y que su curiosidad pasó a ser la mía. No se trataba de dos personas que hicieron clip, sino de dos espíritus que se reconocieron por encima de la máscara. Y eso sí que era una novedad palpable.

Salí de la estación pensando en el descubrimiento, una persona que dominaba técnicas que se me hicieron cuesta arriba. Un artista plástico. Una rareza de la naturaleza. Como lo era yo, muy en el fondo. Que emocionante hallar a un adorador del género, una persona que no arrugara la cara cuando escuchara nombrar a Renoir, o que entendiera que el impresionismo era el principio de un cambio en lo lineal, adiós al aburrido neoclasicismo y sus rígidas reglas ¿Pero que sabía yo de arte? Yo que había estudiado una carrera a la que nunca le di uso. Yo, que estaba enzarzada en números desde el día uno de mi desempeño laboral. Enzarzada en algo que odiaba desde niña. Porque la canción lo decía, "si del cielo te caen limones aprende a hacer limonada"...

Si el nuevo artista me pintaría o no era una incógnita vacía, yo estaba segura de no tolerar miradas de escrutinio en mi persona por más de dos segundos. Yo solo quería conocer a una persona que le emocionaran las mismas cosas, y que se congraciara con mis preferencias internas, mis gustos remilgados, mi mundo dormido. Por ahora....


EL PINTORDonde viven las historias. Descúbrelo ahora