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Despierto inmersa en un mar de tuercas y arandelas, con una melodía de 1950 resonando de fondo; la misma que Jane seleccionó para mi travesía, cual eco distante del subconsciente

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Despierto inmersa en un mar de tuercas y arandelas, con una melodía de 1950 resonando de fondo; la misma que Jane seleccionó para mi travesía, cual eco distante del subconsciente. "Lo he logrado", susurro para mí. El cúmulo de chatarra me oprime el cuerpo. A lo lejos, las luces de las lámparas me invaden con una emoción que casi me impulsa a gritar. Mi respiración se agita y, de repente, comprendo lo que nos explicaron en la inducción. Me esfuerzo por serenarme, inhalando y exhalando hasta que mi ritmo se acompasa.

Me incorporo, apoyándome en la chatarra. Miro a mi alrededor y me deslizo entre los desechos metálicos hasta tocar el suelo. Me aseguro de estar sola, toco mi muñeca y esta se ilumina. Hay un solo botón, que presiono con el mensaje conciso: «Llegué a salvo». La tenue luz se apaga y sé que no hay vuelta atrás. Estoy sola, sepultada en la oscuridad y en el silencio de una chatarrería en Inglaterra, ponerme en pie es mi primera meta, aunque pierdo el equilibrio y caigo al suelo.

—Lo primero que deben saber es que esto no será fácil —sentencia. —No será agradable; estarán exhaustos, hambrientos y solos —añade, moviéndose en el pequeño podio.

Aprovecho para anotar todo lo que considero relevante de la conferencia. La habitación de color verde manzana transmite una falsa tranquilidad, pero todos sabemos que estaremos lejos de casa, meras víctimas destinadas al matadero.

—Esos serán solo los síntomas emocionales. Las secuelas del viaje dependen del organismo. A pesar de todas las pruebas físicas que han soportado este año, sepan que no podemos prever sus efectos.

Alguien de la primera fila levanta la mano.

—Usted ha viajado y regresado. ¿Puede mencionarnos alguna secuela en particular?
Ella suspira y se tensa. Mira hacia la pared de cristal con duda, pero finalmente cede.
—La disfasia temporal es una de las más comunes.
Levanto la mano y ella me cede la palabra con un gesto.
—¿Es buena o mala? Sargento Nuvia Iliany, Italia.
—Bueno, Sargento Iliany de Italia, no es buena. Ningún síntoma es bueno. Ustedes y yo somos muy diferentes; nuestros cuerpos lo son, pero sobre todo nuestras misiones —dice, observándonos a todos con detenimiento—. Yo fui y volví en dieciséis misiones, de una semana de duración máxima. No les mentiré: es difícil, es otra época, y los síntomas hacen que cualquier habilidad que creas poseer resulte inútil —hace una pausa dramática—. Sus habilidades en combate y otras se verán anuladas, y si experimentan efectos más severos como epilepsia o epiloplejia, entonces morirán.

Cerré la libreta y me levanté, optando por marcharme aunque aún percibía su voz. Recorrí los pasillos impolutos, contemplando el fulgor lunar en el cielo anaranjado. Un soldado me detuvo, inquirió: —¿Sargento Iliany? Asentí. Presionó un botón y deslizó algo hacia mí; en mi muñeca apareció: «Ha sido notificada». Al alzar la vista, el joven ya había desaparecido en los corredores monocromáticos, desvaneciéndose en un frío brillo holográfico.

Al pulsar la notificación, un holograma proyectó: «Oficina general. General Coppola, 15 minutos». Me dirigí allí sin demora, pues estas notificaciones holográficas exigían una respuesta inmediata. En la recepción, me solicitaron que aguardara unos instantes.
Cuando la puerta se abrió, tras unos momentos de espera silenciosa, me puse en pie al ver al General Giorgio Coppola. Se acercó, extendiéndome la mano con genuina amabilidad, gesto que correspondí.

DESTEMPOSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora