El silencio del museo antes de la charla. La calma antes de hacer lo que menos le gustaba de su trabajo, de haber estudiado historia del arte, de ser hermano de Andrés. Era probablemente el momento preferido de Sergio todos los jueves. Desde las cuatro y tres minutos hasta las seis menos siete. Paseaba por el edificio, lo recorría de arriba abajo hasta que se volvía a encontrar con Andrés en su despacho sobre las cinco y cinco para charlar hasta que volviera a bajar a hablar a tanta gente nueva, extraña. Todos los jueves. Y a las seis menos cinco, comenzaba la antagonía de las casi dos últimas horas. El peor momento de todos los jueves. Aún teniéndolo todo preparado, a Sergio le daba una verdadera pereza tener que llegar a la sala, dejar su chaqueta perfectamente colgando de la única silla apartada de las demás, sentarse en la mesa hasta que un trabajador del museo que pasara por allí cerrara la puerta y entonces envalentonarse a comenzar aquella charla. Todos los jueves. Claro que lo que no se esperaba Sergio ese jueves, el último jueves, era que aquella rutina tan marcada por su cabeza fuera a cambiar repentinamente por una oyente de aquella especie de clase sobre el tema que tocara. Cada jueves uno diferente, aunque para el pequeño de los Marquina Fonollosa, siempre el mismo.
Ese jueves bajó con Andrés, no a las seis menos cinco, sino a menos seis. Eso debería haberle dado a Sergio una pista sobre que nada iba a salir como él lo tenía planeado, porque ya estaba rompiendo todos sus planes. Quizá por su culpa, quizá por la de su hermano mayor por empeñarse a bajar antes de tiempo. Pero no se la dio. Y eso fue lo peor, que Sergio no se esperaba nada de los siguientes tres minutos. Claro que, ¿qué puede pasar en tres minutos iguales a los de todos los jueves? ¿Cuántas vueltas es capaz de darte la cabeza y la vida en tres minutos? ¿Son 180 segundos suficientes para cambiar tu vida tal y cómo la conocías un jueves cualquiera? Si todas estas preguntas se le hubieran pasado por la cabeza a Sergio, quizá no habría bajado, se habría inventado una excusa para no dar la charla aquel día, se habría excusado diciendo que tenía un malestar general, o cualquier cosa con tal de no afrontar un cambio, pues era lo que más molestaba a Sergio Marquina en el mundo. Meticuloso, egocéntrico, narcisista, cuadriculado donde los haya. Pero no barajó ninguna de esas preguntas, ni ninguna otra.
Por eso mismo llegaron juntos a aquella sala. 13 segundos. Como todos los jueves, Sergio dejó su chaqueta y esperó sentado en la mesa a que alguien cerrara la puerta. 57 segundos. Levantó la cabeza, ojeó la sala de lado a lado como todos los jueves. Pero este jueves no llegó al final, se paró en el medio, algo hacia la izquierda, al darse cuenta de la mujer que descansaba en la silla de la sexta fila, tres sillas antes de llegar al pasillo que siempre recorría Sergio desde la puerta de la sala hasta la mesa de su chaqueta. 84 segundos. Tragó saliva, trató de moverse, de reaccionar, hasta que sintió como todo su cuerpo empezaba a tensarse. 135 segundos. Suerte que, este jueves, su hermano mayor estaba con él. Andrés frunció el ceño al darse cuenta de esa reacción, y siguió su mirada hacia aquella mujer. Por poco se queda igual que su hermano, petrificado, pero siempre tuvo mucho más temple. Se acercó al profesor y puso una mano en su hombro sin decir nada.
- Dime que no me estoy volviendo loco.- Murmuró Sergio, tratando de deshacerse del nudo que se había formado en su garganta.
- Créeme, me gustaría poder decirte que sí.- Fue la única respuesta que obtuvo de su hermano, que tampoco sabía que más decirle.
Entonces un trabajador del museo cerró la puerta desde fuera y las luces se apagaron, como todos los jueves. 180 segundos. 180 segundos, 3 minutos que le sirvieron a Sergio para darse cuenta de que nada sería igual. Todos los jueves la charla solía empezar en el momento exacto en que alguien cerrase la puerta de aquella sala y las luces se fueran atenuando hasta llegar a apagarse del todo. Pero en este caso no fue así, Sergio se paralizó. Sabía que se tenía que estar volviendo loco, tenía que ser eso, no podía ser todo lo que estaba pasando por su cabeza. Estaba seguro de que si se acercaba a aquella mujer, la de la butaca 13 en la fila 6, vería que no se parece tanto a la mujer que lleva pintando todos estos años. Una mujer abstracta, inexistente, o al menos eso creía el pintor. Por eso mismo fue Andrés el que comenzó ese jueves a hablar, sabiendo que no podía esperar una reacción por parte de su hermano pequeño.
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my best colors for your portrait
Fanfictionsergio marquina pintor, restaurador y profesor de arte conoce en una charla a la mujer abstracta de sus cuadros más íntimos y personales.
