Los viernes cumplía servicio en el barrio de Flores. Sobre la calle Baldomero y no sé qué carajo. El peor servicio que mis ojos hayan visto en la vida. Un departamento de cuatro pisos que prácticamente se caía a pedazos desde el frente hasta los techos. Destartalado, húmedo, patético.Debía bajar por una escalera de quince escalones para enanos para agarrar los elementos de limpieza. Los cables pelados que colgaban de las paredes me habían avisado que no tocara ninguno, pero parecía que el hijo de puta del administrador nunca había arreglado nada en toda su existencia.De tanta humedad, los mosquitos tenían un nido, a los cinco minutos ya te picaban toda la cara y te sacaban sangre desaforadamente. Sin contar los escombros que rebalsaban en las paredes que, junto a los azulejos quebrados, daban una imagen de cruzada medieval en actividad.Los inquilinos se robaban todo el tiempo los elementos de limpieza, debido a sus diferencias con la administración.También peleaban, nadie en el edificio se llevaba bien con el vecino. Los gritos eran moneda corriente. De un lado se podía escuchar la radio a todo volumen a las ocho de la mañana y del otro lado del piso una anciana subía también al máximo el volumen pero del noticiero. En las puertas colgaban frases como"en caso de ruidos molestos será denunciado a la administración" o "por favor, sacar la basura por las noches y no dejarla en el pasillo que produce enfermedades peligrosas".El fondo del cuartucho donde debía refugiarme estaba siempre inundado por la bomba de agua que era algo tan inútil como los políticos. Las ratas y cucarachas allí abajo poseían no una ciudad, sino un futuro imperio que tomaría Buenos Aires en una o dos temporadas. En mis descansos, prefería mojarme bajo la lluvia, o me tiraba en un banco de la plaza debajo de la autopista. Prefería dejar pasar el tiempo alejado de ese hueco inmundo, era eso o quedarme en la puerta esperando a que un inquilino me obligara a realizar una tarea doméstica inútil.Como no tenía un baño a disposición, orinaba en baldes y después los tiraba en la vereda de una vieja que me interrogaba,pensaba que todos los limpia pisos eran ex presidiarios. Un día me la crucé en el pasillo y me dijo al oído:–¿Usted estuvo preso, señor?–No, señora, jamás, ¿por qué lo dice?–Porque todos los que trabajan en su rubro generalmente son delincuentes, o tienen familiares adentro de la prisión.–¿Y usted cómo lo sabe?–El muchacho anterior a usted estuvo preso dos años. Él me lo dijo, pero para mí solo fue un chiste, pero sé por mi sobrino que en realidad la mayoría de ustedes son ex presidiarios.–Bueno, señora, eso no quiere decir nada, yo jamás pisé una comisaría.–No le creo.–Se le juro por mi madre que está en el cielo o en el lugar donde ella desea.–No le creo nada, usted tiene cara de preso o quizás no,pero de seguro tiene un amigo o familiar preso.–Créamelo, señora, jamás estuve preso.–Entonces, ¡consígase un mejor empleo!–Y usted consígase una buena...– ¿Qué dijo?–Soy un expreso homicida.–No le creo.–Bueno, entonces crea lo que usted quiera pero déjeme trabajar en paz.–¡Consígase un mejor empleo, presidiario! –¿Y si lo fuera, qué, vieja reventada?Me echó una mirada grotesca y se retiró. La vieja pronto sería carne de gusanos, así que dejé de preocuparme por ella.Cerré la puerta del edificio y me fui a recorrer al barrio.Comencé a despejarme de los pensamientos erráticos, violentos,sádicos que solo la gran ciudad de hormigón produce en sus hijos neuróticos. Es como si los hijos de la ciudad estuvieran condenados a una violencia innata, a una falta de comprensión hasta esperar el balazo o la navaja. La gente de la ciudad tarde o temprano perdía la cabeza. No era de los que andaban diciendo por ahí que todo se resolvía viviendo en el campo rodeado de vacas y montañas, cultivando maíz y adorando al Mesías de barba; pero sí de los que, cuando un trabajo termina asfixiándote, la mejor decisión es huir sin pensarlo dos veces. La ciudad convierte a sus cucarachas en grandes insectos que van recorriendo sus huecos por las noches, inmunes a las cientos de enfermedades de los sentimientos, llenando sus cuerpos de capas gruesas de maldad. Llenándolos de gruesas capas de avaricia.La única forma de no perder la forma humana era relacionándose la mayor cantidad de horas posibles con gente real, y no con las sectas que cada grupo de personas o comunidad iba formando con el transcurso de los tiempos.Seguí de largo hasta chocar con una gran piedra, me senté y comencé a ver las cosas más detenidamente.La zona era un hervidero de nacionalidades limítrofes que se combatían entre ellos por diferencias culturales o juntas contra la policía. Puesteros estafadores arrancándose las mechas sobre la avenida Rivadavia discutían con africanos que vendían mercadería trucha a pie, de esquina a esquina. Algunos nativos conversaban con los policías y les decían al oído que ellos pagaban los impuestos, y que no debían de soportar a esos vendedores ambulantes que les arruinaban el negocio. La muchedumbre de familias divididas con sus hijos a cuestas buscaba precios de los más económicos dando por sentado la rivalidad entre el gato y el ratón de poder. Buscando la mejor manera de beneficiarse, un tropiezo pasajero.Los trabas jugaban con los niños después de que estos salieran de la escuela, ofreciéndoles un viaje de amor al tiempo que les mostraban sus partes privadas. Los comerciantes fumaban desesperados por atraer clientes a toda costa. En las alcantarillas, la mugre inundaba el barrio de un olor nauseabundo y putrefacto. A la vuelta del bingo de Flores, todo el crimen organizado se juntaba a festejar su existencia a cualquier hora del día, era como si una película , esto, que no aporta para la causa delictiva,suele ser un idealista o un marciano de otro planeta.Vagabundos, adictos, prostitutas, punguitas, el reino de Sodomía respiraba en Flores. Y yo, aspirando todo con mis ojos muertos y opacos, con mi humanismo revoloteado por los suelos. Flores no era una rosa, era las flores del mal en vivo y en directo. Volví al edificio con los pies cansados y humedecidos .Deposité mi cuerpo en la puerta y saqué los instrumentos de limpieza. Recordé que cuando baldeaba la vereda siempre debía despertar a un borracho llamado Elio, que usaba el frente como madriguera de turno. Cuando lo veía le gritaba:–¿Mucho rock and roll Elio anoche?–Ah...–Dejame ayudarte a correrte al costado, así baldeo,campeón.–Blah...–Ya lo sé, la vida es una mierda, Elio, pero se hace lo que se puede.–Nada moneda.–Bueno, tratá de acomodarte la ropa que hace frío y estás desabrigado. Te podés enfermar en cualquier momento.–En hospitales, solo insultos, solo gente de mierda.–Ta bien, campeón, por eso, abrigate, no gires en los demás,porque nadie te va a cuidar.–Vos sos buena leña.–Espero que no me vayas a quemar.–Sos buena madera.–Vos también, loco. Sos de roble.–Yo soy como el vino de cartón.Le alcancé un poco de gaseosa que me había sobrado del día anterior.–Tomá, vieja, para que no sea del avinagrado.–Gracia, capo.–Te tenés que cuidar más, pibe, la calle está muy jodida.–¡Los mato a todos!–No, nene. Vos tenés que pasar como fantasma, así todos te dejan dormir donde desees.–Los fantasmas son todos ustedes.–Ya lo sé, campeón, ya lo sé. Elio tenía la mirada de los mil metros, divagaba cosas sinsentido. Las arrugas le cubrían la frente y parecía que había pasado mil años acariciando al sol. Tenía una barba llena de brumos de distintos tipos de comidas, de los que iba arrebatando de los basurales del barrio. Solo poseía una zapatilla, su otro pie estaba descalzo y cubierto de hongos, heridas de tanto andar de aquí para allá. Las rajaduras de su vaquero mostraban sus heridas punzantes, enrojecidas, ya cicatrizadas, llenas de costras.Colgaba en su espalda una pequeña mochila militar rasurada,cubierta de bolsas de plásticos que servirían para protegerse delos fuertes temporales de invierno. El limbo era su rutina. Solo quería su botella, ya no para desahogarse, sino para morir intoxicado, para fugarse como el poniente. Lo externo no suele ser la verdad innata de ciertos personajes bohemios, sino un reflejo de una cadena de tristes funciones. En el fondo de cada alma existe una verdad, y esa verdad nos acompañará hasta el fin de nuestros días juzgándonos letalmente. Preguntarle a cierta gente qué le había sucedido en su ruta,no valía la pena, no generaba ganancia ni respuesta. No tenía amor propio, tampoco maldad, solo era un saco de huesos con un alma errante. Aunque mi dolor le acompañara, de nada serviría si no cambiaba su presente. De vez en cuando la compasión suele ser un arma de doble filo, o tal vez una advertencia de los cobardes, de lo miserable que son los seres humanos al ver la desgracia ajena como vidriera. Pude palpar la muerte rondando alrededor de su cuadrante, de su pequeño reino vencido. Cuando dormía, roncaba fuertemente, parecía que sus pulmones estuvieran cerrados, funcionando a medias tintas.Miraba a la gente con ojos muertos, su existencia,atormentada por siglos de noches heladas, era como un imperio en descenso. Como una raza que ha sido sometida, y solo quería perecer en las tinieblas, sin reproches ni testigos, masticando la culpa de los vencidos .Elio sabía lo que quería. Afuera, en cambio, conocía a miles que ni siquiera sabían qué hacer con su estúpido trasero viviente.Terminé el servicio y regresé a mi casa. Pensé todo el viaje en Elio. Cuando llené mi estómago, su imagen se hizo humo como el gusto de la comida barata recién digerida.
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%El deporte mata%
Ciencia FicciónFlores es un barrio heavy dónde los desahuciados conviven. Yo soy parte de ellos, estamos naufragando en las ruinas sirias-latinas bajo cámaras de seguridad. Nos observan, el circo del morbo es real y nosotros somos los animales enjaulados. ¡Bailem...
