15 de julio de 1885. Hoy he cumplido diecisiete años.
Debería estar feliz, lo sé. Una dama de sociedad celebraría su cumpleaños con una reverencia perfecta, un vestido nuevo y alguna que otra sonrisa forzada. Pero no es mi caso.
En lugar de eso, he sido empacada como un mueble viejo y enviada en un carruaje rumbo a Londres. Papá dice que es por problemas financieros. Mamá dice que es solo temporal. Yo... no sé qué pensar.
De Manchester a Londres... quién lo diría.
Mi padre repite a menudo que las mujeres han nacido para casarse y tener hijos. Yo no comparto esa idea. Nunca la he compartido. Mi madre, en cambio, suele decir que estoy destinada a vivir la vida que elija. Me aferro a sus palabras como si fueran verdad. Tal vez lo sean. Tal vez no.
Mientras miro por la ventanilla, el paisaje se vuelve borroso con cada salto del carruaje. El viaje parece eterno. Pero entonces, de pronto, el coche se detiene. El silencio. El crujido de la puerta. Hemos llegado.
—¿Sí? ¿Por qué paramos? —pregunta mamá con tono impaciente.
—Hemos llegado, señora Decksheimer —responde Harry, el cochero.
Como mencioné, esta mudanza responde a los apuros económicos de papá. Unos viejos amigos de la familia, los Chalamet, nos han ofrecido hospedaje. No los recuerdo... o quizás los conocí siendo muy pequeña. Según papá, será temporal. Personalmente, lo dudo.
Al bajar, una mujer alta y elegante nos recibe en la entrada con una sonrisa amable.
—¡Eloise! —exclama, fundiéndose con mamá en un saludo de dos besos—. ¡Cuántos años sin vernos! Me alegra tanto tenerte por aquí.
—Sarah, gracias por recibirnos. ¿Cómo están? ¿Y cómo está Timothée?
Timothée. ¿Será su hijo? Me pregunto si es de mi edad. Desde que Benjamin, mi hermano, se fue a estudiar a Francia, me siento sola. Extraño su compañía más de lo que me atrevo a decir.
—Estamos bien. Timothée ha viajado recientemente a Francia para visitar a Benjamin. Debería regresar hoy o mañana.
—¡Qué alegría! El mes pasado Benjamin me escribió, pero no mencionó nada. Me alegra saber que están juntos —dice mamá con una sonrisa genuina.
Así que Timothée es amigo de mi hermano. Si Benjamin tiene veinticinco... entonces él también. Otra confirmación de que no tendré con quién hablar. El destino quiere verme sola. Y aburrida.
—Y tú, querida Alice, ¿cómo estás? La última vez que te vi eras apenas una niña —dice la señora Chalamet, con una risa suave.
—He estado bien, muchas gracias. Aunque mudarse el día de tu cumpleaños no es lo ideal... pero supongo que ya lo sabe —digo con una sonrisa medida.
—Mi hija Frances tiene tu edad. Irá contigo a la misma escuela. Estoy segura de que se llevarán de maravilla. Y feliz cumpleaños, querida. Espero no ser indiscreta al decir que pensamos organizarte una pequeña fiesta.
—Gracias, señora. Me honra con su amabilidad. Me alegra saber que no estaré completamente sola aquí.
—Ethel, querida —llama la señora Chalamet—, por favor, muestra a nuestros invitados sus habitaciones.
A mis padres les han asignado una habitación en el segundo piso. A mí, en el tercero. Según Ethel, estaré prácticamente sola ahí arriba, salvo por Timothée, que tiene su cuarto en el mismo pasillo... aunque rara vez duerme en casa.
—Aquí está su habitación, señorita. Espero que se sienta cómoda —dice Ethel, abriendo la puerta.
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Lo único que quiero en estos momentos es tomarme un baño, el viaje estuvo largo..