I. Bea

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Bea revisó su reloj inteligente para comprobar la distancia recorrida. <<10 km, por hoy estaba bien>> pensó, satisfecha. Inspiró con fuerza y aceleró el paso para hacer sprint en el último tramo. Si quería hacer el maratón en septiembre tendría que empezar a coger más resistencia. Estaba acostumbrada a hacer deporte, pero el cardio siempre había sido su némesis. Odiaba esa sensación de forzarse a respirar por la nariz, de notar su cuerpo rogándole que se detuviera. Pero quería sentir aquello que todos describían, esa sensación de cruzar un límite invisible y notar cómo todo su cuerpo se estremecía de felicidad.

Sin darse cuenta, había llegado a su casa. Se detuvo e inhaló el aire cálido de la tarde, tratando de recuperar el aliento. Su mirada se centró en la fachada que tenía delante.

Era casi toda blanca, con algunos detalles negros, que, según el interiorista de su madre, añadían elegancia. Bea la había odiado desde el primer instante en el que sus padres le habían mostrado los planos del arquitecto. Tampoco le había sorprendido en lo más absoluto, al fin y al cabo, sus padres estaban obsesionados con que todo parecía la recepción de un hotel. Bea había sugerido un par de veces a su madre pintar un mural, pero sus súplicas no habían surtido efecto, de momento.

Cuando consiguió enderezar un poco su respiración, llamó a la puerta. Al instante, escuchó unos pasos inquietos al otro lado ¿Alguien la esperaba?

- ¿Dónde estabas? – dijo su mejor amiga, mientras abría la puerta.

- ¡Sol! – exclamó Bea.

- Ni se te ocurra... – antes de que pudiera huir, Bea saltó al interior de la casa y la estrechó entre sus brazos – ¡Suéltame!, estás asquerosa.

- ¿Qué haces aquí tan pronto? – preguntó Bea, tras darle un par de besos en la mejilla.

Sol la miró de arriba abajo y entrecerró un poco los ojos.

- No me jodas, Bea ¿Qué hora te crees que es?

Bea se encogió de hombros, sentándose en el suelo de la entrada para quitarse las zapatillas. Tras quitarse los calcetines, revisó la hora en su reloj. El corazón le dio un vuelco.

Se levantó de un salto y corrió hacia el baño, quitándose la ropa por el camino.

- Espera, - dijo Sol, persiguiéndola por el pasillo – dime donde tienes la maleta y te la bajo a la entrada mientras te duchas.

- Bueno...

Las dos se metieron al baño y Sol cerró de un portazo. Bea no se atrevía a girarse para mirarla, seguro que la estaba fusilando con la mirada. Encendió el agua de la ducha y la dejó caer mientras se deshacía la coleta.

- Bea, el barco sale en dos horas y ¿me estás diciendo que ni siquiera tienes la maleta hecha?

- Pensaba que tenía más tiempo – dijo Bea, revisándose en el espejo. Parecía que le iba a salir un granito en la nariz.

- ¿Y qué coño haces que no te metes en la ducha?

- Es que el agua aun está fría.

Sol cogió el mango de la ducha y si preocuparle empapar el baño la apuntó con el agua helada.

- ¡Sol! Te voy a matar.

- Vale, pero dúchate primero. En diez minutos te quiero ver lista. Yo haré tu maleta mientras. Ah, y ni se te ocurra maquillarte, entonces seguro que perdemos el ferry.

- Pero... Es que tú no tienes ni idea de ropa.

Sol se miró en el espejo por un segundo. Llevaba una vieja camiseta de su padre llena de agujeritos y unos shorts deportivos que claramente no eran de su talla. Suspiró profundamente. Estaba claro que la moda no era su fuerte.

El verano de nuestras vidasWhere stories live. Discover now