[Santa Isabel, Madrid. Mansión Lumerio, 1984]
Las flores que crecen con un tallo roto no siempre mueren desde el momento en que se rompen, algunas permanecen erguidas durante horas, días o años, fingiendo que todavía pertenecen a la tierra.
Justo suelen ser las flores que se marchitan con elegancia y las sonrisas más satisfechas. En este caso, el clavel rojo que respiraba por última vez en la mansión Lumerio se despedía con una ligera curva en los labios, aprisionando entre sus brazos la delicadeza de un cascabel negro oxidado.
«Te encontré por tercera vez... Te lo dije... Nunca voy a abandonarte... Así me devore la muerte, estaré contigo... Siempre...»
La mansión Lumerio quedó como testigo del final casi absoluto de una maldición que arrastró la vida de diversas víctimas sin vela en el sepulcro. Los bucles se cerraron por unos años, los fantasmas y los demonios entraron en un letargo temporal y el cuerpo que se quedó para pudrirse entre el silencio y la soledad fue acariciado por un reflejo engañoso: la luz de un sol naciente que, irónicamente, ya no tardaba en esconderse. El atardecer se fundió junto a él.
Un coro de tintineos invadió la oscuridad como si fuese un canto emergiendo entre las penumbras, pero esas estrellas sonoras no llegaron solas, fueron acompañadas por el arrastre metálico de unas cadenas ancladas al mundo bajo de los condenados.
«Elian Lavertey, veintisiete años. Se abre el juicio sobre vuestro lugar de descanso.»
La figura humana resplandeciente que dictaba la sentencia del cuerpo inclinó el rostro con sutileza, rompiendo la solemne frialdad de su propio protocolo al observar al joven cadáver.
«Me genera curiosidad saber qué teníais de especial como para ser capaz de enamorar perdidamente a un ángel de la muerte.»
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Claveles ©
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