Parte 1

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Me llamo Alan. Tengo quince años, voy en noveno grado y trato de no llamar la atención. Solo respondo lo que me preguntan y ayudo en cosas que no sean irracionales. Me gustan los dulces, el ejercicio físico y las armas. Sé que lo último suena perturbador para un estudiante de secundaria, pero todo tiene una explicación: hace diez años, los recuerdos de mi vida pasada destrozaron mi mente infantil.

Antes de ser Alan, fui Hank. Hank J. Wimbleton.
Era un agente de la CIA. Mi equipo —conformado por mis compañeros Deimos y Sanford, junto a nuestro superior, el doctor Hugo— tenía la misión de infiltrarse en una organización paramilitar en Nevada: la A.A.H.W. (Agency Against Hostile World). Al principio, los altos mandos pensaban que solo eran lunáticos intentando derrocar al gobierno, pero los extraños eventos en la región decían otra cosa.
Fui enviado al campo. Descubrí la existencia del Proyecto Nexus. Y ahí fue donde mi infierno personal comenzó.

Si intentara explicar paso a paso todo lo que viví, sonaría como el delirio de un loco. Morí. Morí tantas veces que el sabor a cobre de mi propia sangre se volvió algo cotidiano. Sobreviví a disparos en la cabeza. Fui atravesado por la espada del Doctor Christoff, un científico con poderes psíquicos y complejo de mesías al que terminamos llamando "Jebus". Me arrancaron la mandíbula y me reconstruyeron con una grotesca articulación de escorpión en lugar de brazo izquierdo.

Pero nada de eso se compara con él. Tricky.
Un científico perturbado con fetiche de payaso que deformó la realidad hasta el punto de asesinar al mismísimo sol. Nevada se convirtió en un purgatorio de cielos oscuros, muertos vivientes y gravedad distorsionada.
Mis compañeros dieron la vida por mí. Sanford y Deimos murieron aplastados por un jodido edificio arrojado por ese maldito payaso. Volvimos a la vida, peleamos, sufrimos y fuimos masacrados en un bucle sin fin de balas, cortes y explosiones.

Nuestra batalla final fue contra el Auditor, una entidad de sombras y aura rojiza que lideraba lo que quedaba de la organización. Absorbió tantos cuerpos, incluido el de Tricky, que su poder se salió de control. Cuando estábamos más allá de nuestro límite, destrozados y sin fuerzas, el Auditor hizo explotar la fuente de su poder con todos nosotros dentro.

Creí que ese sería mi descanso definitivo. El vacío absoluto.

Pero desperté.

Sentía mi cuerpo extraño. Ya no dolía nada, tenía ambos ojos intactos, pero me sentía minúsculo. Los recuerdos ensangrentados de Hank chocaban violentamente contra la frágil memoria de un niño llamado Alan.
Me levanté torpemente de una cama que estaba casi al ras del suelo y caminé hacia la ventana, preparando mis sentidos para ver la oscuridad perpetua de Nevada. En su lugar, algo me obligó a entrecerrar los ojos.

Era el sol.

Sentí sus rayos cálidos sobre mi rostro por primera vez en lo que parecían siglos. El orden natural seguía ahí. Y en medio de esa confusión, abrumado por el peso de dos vidas, empecé a llorar. Sonreí, porque la agonía, por fin, había terminado.

Continue llorando. No por la tristeza o por la perdida, sino de un alivio absoluto. El sol seguía allí. La pesadilla había terminado. Exhausto por el peso de dos vidas colisionando en mi cabeza, volví a la cama y caí en un sueño profundo.

Me despertó un golpe seco proveniente de otra parte de la casa. El instinto tomó el control. Me levanté de un salto, mi mano derecha buscando instintivamente la funda de mi arma en el muslo. No había arma. No había funda. Peor aún, cuando intenté abrir la puerta para asegurar el perímetro, me di cuenta de un detalle aterrador: la manija estaba muy por encima de mi cabeza.

¿Me encogí?, fue mi primer pensamiento ilógico. Pero al rebuscar en los fragmentos de memoria que no me pertenecían, la verdad me golpeó como un bloque de cemento. Yo era Alan. Y tenía cinco malditos años.

—Mierda —murmuré. Mi voz sonó aguda, ridícula.

No tenía mi fuerza, ni mi agilidad, ni mis armas. Era un blanco fácil. Un niño indefenso que podía morir si tropezaba mal. ¿Qué demonios me pasó? ¿Reencarné? ¿Es una regresión?

Mis recuerdos como Alan eran confusos, apenas destellos de los últimos tres años, pero reconocí el origen del ruido. Era mi madre. Y, según este archivo mental incrustado en mi cerebro, seguramente estaba borracha. Otra vez.

Vaya suerte la mía. Sobrevivo a un apocalipsis en Nevada para terminar con una madre alcohólica, pensé con cinismo.

Salí de la habitación con cautela. Apenas asomé la cabeza en la sala, un objeto verde voló directamente hacia mí. Era una botella de vidrio. Mis reflejos de combate gritaron ¡esquiva!, pero este cuerpo diminuto no respondía a la misma velocidad que mi mente. Logré apartar la cabeza a duras penas, perdiendo el equilibrio y cayendo de trasero al suelo. La botella se hizo añicos contra la pared.

—¡Ojalá nunca te hubiera tenido! —gritó una mujer demacrada, con la mirada perdida por el alcohol.

Me quedé en el suelo, evaluando la amenaza. ¿Y ahora qué se supone que hice?

—¡Por tu culpa él me dejó! ¡Me abandonó! —continuó gritando, su voz rompiéndose—. ¡Si tú no hubieras nacido, él seguiría a mi lado!

De repente, la furia se apagó y empezó a sollozar desconsoladamente. Decidí que lo más táctico era limpiar la zona de peligro. Según los recuerdos de Alan, los implementos de limpieza estaban detrás de la cocina. Fui a buscarlos, pero cuando regresé para barrer los cristales, ella se levantó de golpe. Caminó hacia su habitación tropezando, sin importarle un carajo que yo estuviera en su camino. Me empujó a un lado con brusquedad. Al caer, apoyé las manos por instinto y sentí una punzada aguda. Un trozo de vidrio se había clavado profundamente en mi palma.

En mi vida pasada, me habían volado la mandíbula y no había emitido sonido. Mi mente estaba entrenada para ignorar el dolor. Pero este cuerpo no. El sistema nervioso de un niño de cinco años no sabe de estoicismos. Para mi completa humillación, empecé a llorar incontrolablemente y a sorberme los mocos mientras me extraía el fragmento de cristal con la otra mano.

Fui al baño y busqué en un botiquín oxidado. Solo había unas gasas viejas y curitas infantiles. Nada de desinfectante. Suspiré con pesadez, vendé mi pequeña mano lo mejor que pude y volví a la sala para terminar de recoger el desastre. Boté los cristales en una bolsa aparte para evitar cortes accidentales en la basura.

La casa era minúscula. Unos cuarenta metros cuadrados distribuidos en dos cuartos, una sala, un baño y una cocina que apenas merecía ese nombre. Al menos había agua, luz y gas, pero al abrir la nevera, el panorama era desolador. Al parecer, solo se compraban provisiones para un par de días. Mi estómago rugió con fuerza. Si no comía, este cuerpo débil colapsaría.

Encontré un muslo de pollo solitario, una zanahoria, un tomate, media cebolla, una papa y un puñado de arvejas. Cocinar esto iba a ser una misión tan dura como cuando estuve trabajando en el Amazonas.

Tuve que arrastrar una silla pesada hasta la estufa para alcanzar las hornillas. El cuchillo de cocina se sentía como una espada de dos manos, y picar la verdura con una mano vendada me tomó el triple de tiempo, usando toda mi concentración de asesino para no rebanarme un dedo. Al final, logrando casi un milagro táctico, preparé una sopa de verduras. Comí mi parte y dejé el resto tapado en la estufa para cuando ella despertara de su resaca.

Necesitaba información. Me quité una especie de bata de hospital que usaba como pijama y me puse lo único limpio que encontré: unos pantalones cortos, una camiseta y zapatos, todo de color azul. Parecía un pitufo, pero no había tiempo para la criticar los gustos de moda de mi madre, o si de verdad compro está ropa.

Al salir, me recibió un patio delantero que parecía una zona de guerra llena de basura. Caminé hasta la calle y vi a una anciana barriendo su entrada. Me acerqué y, directo al grano, le pregunté en qué ciudad estábamos y la fecha actual.

La mujer detuvo su escoba y me miró de arriba abajo. Su rostro se arrugó en una expresión de lastima, ya que había notado mi mano.

—Muchacho, te encuentras bien?— dijo con una ternura que tiene una abuela con su nieto.

—Si, no hay problema, solo quiero saber en qué ciudad estamos y el año, si no es problema.

La anciana se rió y fue a la puerta de su casa donde había unos escalones y se sentó.

—Que quieres saber chico?

—Ya lo dije, ciudad y año.



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