Sinopsis

9 0 0
                                        




La leve luz que entra desde un pequeño ventanal en la parte izquierda de la pared, hace que todo se vea todavía más siniestro de lo que eso ya era. El joven que se encontraba sobre la silla, inmóvil, dormido y maniatado, temblaba de vez en cuando.

Estaba completamente mojado, lo que ocasionaba que dentro de lo que parecía un sótano, se estuviese muriendo de frío. Tenía las cuerdas fuertemente apretadas en sus muñecas y sentía un dolor incesante en la cabeza que lo estaba dejando casi inconsciente.

Ese lugar olía a basura podrida, el joven de la silla más bien lo relacionaba con olor a cadáver, algo que él ya había tenido la posibilidad de oler antes. Su maldito trabajo lo había dejado en ese lugar.

No tenía fuerzas ni para levantar la cabeza, que le pesaba tanto que ya había comenzado a dolerle el cuello también. A cada segundo que pasaba, los escalofríos aumentaban, y los golpes alrededor de su cuerpo se sentían tan fuertes, que prefería no respirar para no mover un solo músculo.

El joven maniatado comenzó a escuchar unos pasos. Eran unos zapatos de tacón, por el ruido peculiar que hacían. Eran pasos pausados, como si estuviese paseándose por el pasillo que conducía a la habitación donde él se encontraba. Son ellas.

Se oye un fuerte estruendo cuando se abre la puerta. Los pasos se oyen más de cerca y con ello, su voz.

-Hola cielo.-Comenta la dulce voz del demonio que acababa de hacer presencia.

El joven no hace ningún movimiento, no es capaz de controlar su cuerpo.

-Siendo sincera...te he echado de menos.-Dice otra voz que se siente más de cerca. La dueña de la misma, saca de un ágil movimiento la bolsa que cubría la cabeza del joven. Obligandole a enderezarse, y a abrir los ojos para observar a quienes se encontraban frente a él.

-¿Cómo has pasado la noche?.-Pregunta una chica de pelo castaño, sentándose en el suelo frente al maniatado.

Matt Blanco. Ese era el nombre del chico que se encontraba frente a ellas. Tenía 27 años, trabaja para una mafia que se encargaba de vender drogas y sustancias ilegales, y quienes deben una deuda tan grande, que podría ser saldada solo quitando la vida de varias personas. Las chicas tenían un objetivo que debían cumplir: Encontrar la ubicación en la que se encontraba el gran jefe que dirigía y organizaba esa banda.

-Espero que hayas mejorado tu memoria.-Dice una chica con una larga cabellera negra. Ésta se acerca al chico y le coge de la cabellera con fuerza, tirando de su cabeza hacia atrás con potencia, oyéndose un crujido ante el rápido movimiento.- Y no me hagas perder el tiempo.-Susurra muy cerca de su oído, con fuerza.

La chica de pelo rubio se acerca y se pone frente al chico. Cogiendo sus manos y colocándolas en un gancho que se encontraba sobre la cabeza del mismo, en el techo. Cuando engancha la cuerda en el gancho, haciendo fuerza por el peso muerto del chico, la pelinegra, la que llevaba puestos los zapatos de tacón, da una fuerte patada a la silla en la que estaba sentado el joven secuestrado.

Ante la patada, la silla se cae hacia un lado, y el joven acaba de rodillas sobre el suelo, llevándose un fuerte golpe. Tiene las manos en alto, atadas y enganchadas en la pequeña estructura de metal.

-No sé nada.-Comenta nuevamente el chico en un susurro apenas audible. Se escucha un resoplido desde el fondo de la pequeña habitación.

-Respuesta incorrecta.-Susurra la chica de cabellera rubia sujeta a una cola. Camina hacia una de las esquinas de la habitación y coge un bate de béisbol. Agarrándolo fuerte entre sus manos y elevándolo despacio.

-No.-Dice mientras coge aire.-Por...favor..te lo pi..do-Dice con la angustia tiñendo su voz, ya no tiene fuerzas. El primer golpe impacta en un costado, el joven gruñe ante el dolor, pero no mueve su cuerpo. No puede.

-¿Dónde está el viejo Dexter?.-Pregunta la castaña que estaba sentada en el suelo. Con calma. El joven toma aire. No dice nada. Pero porque no puede. Le cuesta emitir sonido alguno.

-No...lo sé.-Termina diciendo mientras tose con las pocas fuerzas que le quedan.

La rubia vuelve a impactar el bate esta vez en sus piernas, con fuerza. El joven grita. Grita tan fuerte que ella se estremece.

-No vamos a parar.-Comenta la última de las chicas en hacer presencia.- No vamos a parar hasta que digas lo que sabes, que sabemos que no es poco.

La morena camina despacio hacia él. Cogiendo un cubo que había traído consigo. Coge el cubo con ambas manos y lanza el contenido para que choque con fuerza sobre su rostro. El cubo estaba lleno de agua helada. El chico frente a ellas, comienza a sollozar.

En la habitación solo se escuchan sus inaudibles plegarias entre los insanos sollozos que emitía con fuerza.

-¿Vas a obligarnos a usarlas?.-Pregunta una voz seguida del sonido de sus tacones al moverse por la habitación. Cogiendo la gran amenaza de la bolsa que traían consigo.Se agacha sobre la bolsa negra y saca unas tijeras de podar. La sonrisa que decoraba el rostro de la pelinegra detonaba locura. Una carcajada inundó el oscuro ambiente de la habitación.

Las tijeras eran más grandes que la cabeza de la chica, y el color amarronado que llevaban por estar oxidadas, había hecho que la castaña tragase saliva. Sería una verdadera tortura utilizar eso con alguien. El joven al escuchar la carcajada, levantó levemente la vista.

-NO. NO. NO. Porfavor.-Repetía continuamente mientras movía con fuerza las manos, intentado desatarlas. Tenía la boca llena de sangre, y el ojo izquierdo morado, pero el miedo en su rostro era tan notable, que ellas disfrutaban.

-Ya sé por dónde voy a empezar...-Dice la pelinegra moviéndose sobre sus tacones y enfundada en el apretado vestido negro.- Bájale los pantalones, por favor.- Le dice a la chica de  cabellera rubia.

El chico se queda inmóvil, niega la cabeza con lentitud con la poca fuerza que le queda. Y la rubia se acerca hacia él con seguridad.

-La séptima de calle paraíso. La calle paraíso, joder.-Grita con fuerza el joven moviendo sus brazos, buscando desatarse.- La séptima de la calle paraíso.- Susurra una última vez, cuando observa a la rubia detener sus pasos.

La pelinegra vuelve a reír y agacha un poco su cuerpo, haciendo una especie de reverencia con la tijera oxidada todavía en su mano.

-Hubiese sido mucho más fácil si lo hubieses dicho desde el principio.- Susurra la morena cogiéndole la silla del suelo y poniéndola tras él. Hace un movimiento a la rubia para que la ayude a colocarlo sobre la silla. Cuando este está sentado, la castaña ya había abierto la puerta, y desaparecido por el pasillo.

-Estáis locas.- Asegura el joven sobre la silla, aún maniatado.

-Muchas gracias. -Responde la pelinegra. Quitándose el tacón izquierdo y luego el derecho, cogiéndolos con una mano. Lanza las tijeras de podar al suelo junto al joven, y le hace una última reverencia antes de salir por la puerta, dando un fuerte portazo y siguiendo el paso de las otras tres chicas.

Sangre AzulCerita yang bikin terobses. Temukan sekarang