El libro (Fin del juego)

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Fin del juego

Ambos amantes se miraron de forma lastimosa. Él en silencio le pedía una y otra vez perdón por lo que estaba a punto de suceder, y ella estaba convencida de que le dolería mas al joven que a sí misma.

Escuchaban como afuera se armaba un alboroto, no quedaba mucho tiempo. En su interior el muchacho ya podía sentir los estragos de la maldición cumplirse. Si no lo hacía pronto de manera voluntaria, le obligarían. Sus manos no le pertenecían, ni sus pies tampoco. Ninguna parte de su cuerpo era propiedad de él, ni siquiera su mente.

Era un borrón en la tierra, un ser olvidado por el tiempo. De pronto lo abrumo la realidad de sus pensamientos, evadiéndolos siempre estando a un paso del abismo del olvido.

Comenzó a respirar trabajosamente, esa vez le costaría más, y sabía por qué; creía en su interior que de alguna manera lo que le había ocurrido a su amigo ahora le ocurriría a él, pagando así su dolor.

Algo ardió en su pecho, y supo en ese instante que el final estaba cerca, le dijo que no la olvidaría, y que la buscaría en otra vida. Pidió perdón hacia ella, hacia su amigo. La mujer le silencio colocando un dedo en sus labios, murmurando suavemente que ya no había nada que perdonar.

Se contenía con todas sus fuerzas para no dejar dominar su cuerpo, cerro los ojos con fuerza, resistiéndose al poder que ahora lo invadía.

No habían encontrado respuesta, ni tampoco alguna solución, solo quedaba la tortuosa espera de qué, con el tiempo, las cosas se desvelarán por sí mismas.

Entonces ella lo beso por última vez.

En un rápido movimiento, la mujer toma la mano donde el joven mantenía contra su voluntad una daga empuñada, e inclinándose hacia adelante con la mirada fija en sus ojos, la hundió en su abdomen, susurrando un adiós.

Cerro los ojos y se desvaneció en los brazos de él, dejando escapar su último aliento.

Todo quedo en silencio. De pronto, la tierra comenzó a temblar bajo sus pies y finalmente ese ser se apodero de su cuerpo.

Salió envalentonado por un repentino impulso y diviso a lo lejos a su amigo que trataba de acercarse, ambos se sostuvieron las miradas desafiantes.

La gente abrió paso a los dos. Con sus miradas fijas el uno con el otro, se abalanzaron como bestias, chocando en el centro del grupo de personas. Ambos estaban igualados, golpe por golpe ninguno cedía terreno, una batalla cada vez más encarnizada y frenética, sangre y magia se desprendían de sus cuerpos cada vez que los puños impactaban en una pelea que parecía eterna para los espectadores que aguantaban la respiración en asombro.

Tal era la furia que embargaba a ambos, que, a pesar de años de amistad, no pudo notar en la mirada de quien fue su amigo que su alma era prisionera, víctima de un poder mayor.

Rin: El precio de la eternidadWhere stories live. Discover now