La ciudad del humo

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La noticia de que se había visto un humano se propagó veloz. Primero entre los muquis de la superficie que no lo habían visto (la mayoría) y luego en la ciudad. La noticia se acompañaba de confusión e incertidumbre, algunos afirmaban que el humano había encontrado la entrada a las cuevas, otros, que había sido visto más allá de la barrera de árboles, también se decía que hablaba el lenguaje muqui y había intentado dialogar con ellos, algunos aseguraban haber escuchado un rugido indistinguible. La falta de información real hacía que la gravedad de la noticia se disipara tanto como se propagaba. Según la mayoría de los que habían estado cerca, apenas dos o tres muquis habían visto directamente al gigante, sin embargo, una veintena de ellos afirmaba ser de esos dos o tres.

El impacto del evento en la comunidad fue bastante más modesto de lo que había sido en la superficie. El horror, la desesperación, el memento repentino de que las cosas no eran tan soñadas como querían creer, de que la superficie era hostil y adversa. Bajo tierra fue todo lo contrario, el chismo pasó desapercibido entre un evento mucho más notorio. Garga y Ofo todavía no se habían enterado de nada de lo que sucedía más arriba. La única razón por la que salieron de su cupa, fue porque escucharon el murmullo creciente, entre algunas voces de asombro, pero por sobre todo, el estrépito de un número inusual de transeúntes desplazándose por los túneles. Lo primero en lo que pensaron, fue un brúguel. Imposible, era un pensamiento reflejo, pero no había forma de que un brúguel atravesara las rocas que protegían la ciudad. En cuanto Ofo abrió la puerta, comprendieron, Ofo en el umbral y Garga más atrás, ambos cegados por el potente resplandor. La luz rebotaba contra la tierra, tiñendo de blanco cuevas que no habían conocido menor umbra, que la que les habían quitado un par de velas ocasionales.

—Treinta y uno, treinta y dos, treinta y tres...

—¿Qué estás contando Garga?

—Segundos, todavía no se me acostumbran los ojos. Cuarenta, cuarenta y uno...

—Tienes razón, esto es extraño.

—No me digas— acusó con tono burlesco.

—Se supone que no hay nada más brillante que el sol. Pero en la superficie mis ojos no se demoran tanto en ajustarse.

El huevo de luminita brillaba más que el astro mismísimo. Los muquis se abultaban en torno al vacío central intentando contemplar el extraño fenómeno, no había un precedente, no había forma de saber qué significaba o a qué se debía. Durante al menos treinta minutos Sulga quedó cubierta de una iluminación tan deslumbrante, que se sentía tan familiar como la oscuridad a la que estaban acostumbrados: en ninguna podía verse cosa alguna. La luz se sentía punzante en la piel, incluso dificultaba la respiración, por doquier comenzaban a oírse jadeos y tos. Tan misteriosa como había estallado y antes de causar mayor estrago, volvió a extinguirse, al cabo de unos minutos había mermado lo suficiente como para lograr ver un poco. Con los ojos entrecerrados, los túneles y el espacio central volvían a estar allí. Y en la medida que la luz se disipaba, a todos les fue posible ver que en su lugar se había colado un denso humo, no era la luz la que hacía difícil respirar, era un humo blanco que inundaba toda la ciudad.

No era la primera vez que un agente extraño se había colado en una urbe, la ciudad estaba preparada y todos sabían bien qué tenían que hacer. En cuanto lo vieron, los cavadores se pusieron en marcha hacia el fondo. Ofo era el cavador designado para la apertura superior. Toval se apresuró a asomarse desde la explanada hacia el vacío central. Luego de un fuertísimo grito de Corolaro, se hizo silencio y el patriarca exclamó asertivo.

—¡Plan Vertal! ¡Ahora!

Todos los muquis que no tenían una labor asignada para la evacuación del gas, se recluyeron en sus hogares, si el humo entraba, debían hacer una perforación lateral y esparcir polvo de tierra en la cupa para disminuir la concentración de partículas nocivas.

La Mariposa de Hierro (Parte 2 de La Ciudad Desesperada)Where stories live. Discover now