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La Autora... Díaz de Tuesta
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HACE CATORCE AÑOS...
El Rey David de Doreldei era un hombre anciano.
Había tenido una larga vida, llena de momentos de intensa felicidad, y también momentos tristes, como nos ocurre a todos. Su esposa, mucho más joven que él, se llamó Úrsula, y reinó a su lado durante veinte años, dándole dos hijos, el Príncipe Eric, y la Princesa Alejandra. Fue una gran reina, todos lo decían, buena, amable, y generosa.
El Rey David sintió siempre por ella gran cariño y respeto... nada más.
Porque, el rey, aunque la quiso, no la amó, como no había amando nunca a ninguna otra mujer. No fue culpa suya. El amor es así, un invitado impredecible que, a veces, no se presenta.
Esa falta de sentimientos le había llevado a casarse muy tarde, siempre esperando, esperando un poco más, a ver si la chispa se encendía al mirar un rostro nuevo. Pero finalmente, tuvo que hacerlo por la necesidad de darle al reino un heredero. Úrsula era joven, bella y encantadora, la mejor esposa con la que podía soñar un hombre. Intentó amarla, de verdad que lo hizo, con todas sus fuerzas, porque Úrsula se lo merecía...
Pero nadie, ni siquiera un rey, es dueño de su propio corazón.
Aún así, lamentó profundamente su muerte, que tuvo lugar demasiado pronto. Y es que, una noche, cuando apenas había cumplido los cuarenta años, la Reina Úrsula resbaló al bajar unas de las muchas escaleras que tenía el castillo.
Dicen que, cuando la encontraron, encogida sobre sí misma en el suelo, el cielo se iluminó de plata, retumbó un fuerte trueno y comenzó una tormenta. Algunos rumorearon también que había habido algo extraño en aquella muerte repentina, pero como la Reina Úrsula carecía de enemigos, no hubo acusaciones. Además, todos estaban demasiado dolidos como para pensar correctamente.
El país entero, desde el más alto noble hasta el más pobre de los vagabundos, se sumió en un profundo luto durante meses, ese duelo realmente sentido, no el que se sigue por pura obligación. Una pena profunda se abatió sobre el reino de Doreldei, sobre los que habían tenido la fortuna de conocer a la Reina, y, por supuesto, sobre su familia.
Sus hijos, el Príncipe Heredero Eric y la Princesa Real Alejandra, que por aquel entonces eran muy pequeños, quedaron desconsolados. Por su parte, el Rey David cayó en una profunda melancolía y, durante muchos años, no vivió más que para su pueblo, y para los Príncipes.
Entonces, una tarde, conoció a Lisandra Ojos Dorados, la Reina de las Hadas, Señora del Mundo Verde.
El encuentro fue debido a la pura casualidad, en cierta ocasión en la que el Rey viajaba por sus tierras. Aprovechando una parada para que los caballos descansasen, decidió dar un paseo a solas, y se adentró en un bosque.
Él no lo sabía, pero era un lugar muy antiguo, tremendamente viejo. Debemos imaginarlo muy verde, muy denso, con un fuerte olor a vegetación. Aunque aparentemente tranquilo, estaba, como todos los bosques, lleno de vida. Pequeñas criaturas recorrían sus senderos, ocultándose entre los matorrales, y el canto de los pájaros era continuo. A él se añadían ocasionalmente otros sonidos, que no siempre se debían a los animales que conocemos, sino a las criaturas antiguas que habitan en los bosques desde mucho antes que los seres humanos.


