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¡POLICIA! ¡DETENGA A ESE LIBRO!

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¡POLICíA! ¡DETENGA A ESE LIBRO!

ALBERT SEGURANA



El libro es nuestro

Sentado en un pupitre viejo y desvencijado, arañado por miles de aburridos bolígrafos, intento quitar al tiempo sus horas a base de disimulados bostezos. Mis ojos se desentienden de la pizarra y mis oídos de la implacable lección. Desearía estar solo a unos metros de donde estoy, fuera, en la calle, jugando con el sol y el viento. Pero me resigno a estar lejos, muy lejos, en el mundo de los malos estudiantes... el país de la imaginación. ¿Queréis ver lo que yo estoy viendo? Bajad entonces el asiento abatible de mi pupitre, sentaros a mi lado, y prepararos para escuchar un cuento.

Érase una vez una chica que se llamaba María. Le encantaban los libros; tocar sus hojas, oler sus páginas, embriagarse con sus historias. Tal era su pasión, que cuando le ofrecieron el trabajo en la editorial no se lo pensó dos veces. Éste consistía en leer las decenas de manuscritos que llegaban cada día, descartar los que no le gustaran, y seleccionar los mejores; sería, por así decirlo, una descubridora de historias. Ella pensó que en la editorial se sentiría como un niño en una fábrica de golosinas, y como si de caramelos se tratase, engulliría todos aquellos fantásticos textos sin parar. Pero tardó pocos días en darse cuenta de que no era un trabajo tan bonito: los textos que llegaban eran pesados de leer, poco originales, muy repetitivos... tan mal hechos!. Entregaba algunos a su jefe a regañadientes para que no pensara que no se los leía, o que era demasiado exigente; pero María sabía que esos seleccionados nunca llegarían a ser grandes libros. Al cabo de algunos meses pensó en dejarlo; no entendía cómo entre tantas historias que recibían diariamente no hubiese ninguna que le gustase. Pero ella no sabía que...

Era un miércoles por la noche y María estaba sentada en su sofá preferido junto a la ventana. La luna nueva iluminaba mágicamente la habitación, y las veces que eso ocurría, María seguía leyendo abriendo sólo la pequeña luz de la mesita. Pero esa noche estaba demasiado cansada; así que decidió que acabaría de leer un último manuscrito, recogería todos los demás, que había inconscientemente repartido por toda la habitación, y mañana seguiría. A las dos líneas, se dio cuenta de que esa historia tampoco llegaría a ninguna parte y se abalanzó sobre el otro grupo de papeles que tenía más cerca. Cuál fue su sorpresa al ver que ese fajo de folios encuadernados se movía rápidamente por el suelo de parquet. Se levantó asustadísima, pensando que una rata había entrado en la habitación, miró fijamente cómo se alejaba, y en un acto de heroicidad lanzó el pequeño taburete que usaba de reposapiés. Éste impactó contra los folios deteniendo su avance. Sin pensarlo, corrió hacia aquella zona y levantó con el pie el taburete, luego el fajo de folios, pero allí no había nada. Lentamente acercó el trabajo a sus ojos, lo abrió y empezó a leer. Era una historia preciosa, magníficamente escrita, como nunca en tantos meses había leído... no lo podía creer. Sin darse cuenta, se pasó leyendo aquel texto, de pie, hasta las cuatro de la madrugada. Emocionada, dejó ese precioso hallazgo encima del sofá y pensó que al día siguiente correría a la editorial para entregarlo con los honores que se merecía. Cerró la luz de la habitación y se fue a dormir. Por la mañana los folios habían desaparecido.

 

María no entendía nada. Buscaba por todo su ático pensando que, despistadamente, había dejado ese boceto de libro en algún rincón, y mientras lo hacía, llegó incluso a creer que había sido todo un sueño, que aquello no había sucedido jamás. Pero no era posible, se acordaba perfectamente de la historia que leyó y casi podría jurar que el último sitio donde lo dejó fue encima del sofá. Después de pasarse dos horas buscando sin cesar, decidió que iría a la editorial, entregaría los dos textos que ya había seleccionado, y volvería a su casa para continuar registrándola.

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