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Libro de lo muerto

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Libro de lo muerto.

Joachim Schwabing. 

III

 

 Joaq u í n C. Plana.

IV

 

V

 

Credo. 

En que este pulso no ha sido por mí anhelado. En la depredación de lo humano por lo humano. En que el silencio es una creación de poetas. En la búsqueda del daño propio. En la enfermedad voluntaria. En que el tacto de los labios es el triunfo del dogma. En que se es víctima porque se admira en secreto al verdugo. En que es inútil cuanto no resista la lluvia. En que hay quien agoniza solo y solo deja de respirar. En que el horror no se puede narrar. En que la literatura es el reconocimiento del fracaso del proyecto de lo humano. En que la paz no es propiedad de lo muerto.

Beatus ille.

VI

 

Libro de lo m u e r t o .

VII

 

Libro de lo m u e r t o . 

La mano que pudo liberar alcanzó el cuello; convulsa, hundía los dedos en la piel. El agua se agitaba sobre ella y perdía de vista por momentos las gafas de sol; sentía las manos empujando su cuerpo hacia abajo. Creía estar pataleando. La mano dejó el cuello y comenzó a agitarse intentando golpear el rostro; las gafas de sol se deslizaron sobre la nariz y las cuencas de los ojos aparecieron oscuras, en plasticidad de dibujo o máscara. El agua ya no se agitó más; la mano dejó el cuello y el rostro. Se hundía. Sobre ella, flotando, las gafas de sol iniciaban una deriva.

VIII

 

Libro de lo m u e r t o . 

Había fallado en cada disparo; bajo el hombro y sobre la espalda notaba caliente el rifle. Tenía desgarrada la pierna; apoyado en un tronco, observaba el goteo de la sangre desde los jirones de carne. No vio el cepo. Le habían conducido hasta allí y aguardaban. No se movían. Acaso acabaría con alguno de ellos, no con todos. Munición no le faltaba. Pero debía apuntar y no errar; la tarea habría sido más realizable en el espacio abierto frente al lago. Acorralado. Acorralado y ataque. Acorralado, ataque y defensa. Morir a dentelladas. O acorralado e infección. Acorralado, infección y debilidad. Y entonces el ataque y la pretensión de defensa. Y morir a dentelladas. La maleza se agitó, no lejos, no cerca. Cargó el arma y guardó en el puño apretado varias balas. La primera cabeza que asomó fue la de una niña: los ojos vidriosos y enfebrecidos no tardaron en hallarle y, sola, comenzó a avanzar. La culata sobre el pecho. Apuntó.

IX

 

Libro de lo m u e r t o . 

La carretera sólo tenía postes de luz en uno de los lados. No todos funcionaban; en uno de ellos la bombilla parpadeaba, emitiendo un ruido que creía propio de un cortocircuito. La lluvia no estaría ayudando, claro. Vi los árboles porque el viento acercaba las ramas a los breves haces de luz. Era la carretera. Había encontrado la señal sobre la tierra. Era la carretera. La casa casi al final. Caminaba sin dificultad, controlando el frío bajo la chaqueta empapada. No había cobrado y no hacía falta. En el camino tropecé con una alambrada derrumbada y cambié de idea otra vez. No recordaba que me hubieran hablado de un cementerio; lo dejé atrás y busqué un número. En la fachada, la ventana del salón tenía echada la ligera cortina que hacía translucido el interior y opaco el exterior. El padre tenía un libro en una mano y con la otra sostenía al pequeño sobre el muslo; no vi a la esposa, pero no me inquieté … Reconocí una figura de mujer a mi lado; ella me reconoció antes y gritó en dirección al salón. Salté bruscamente hacia ella, desenrollando el acero con la soltura de la costumbre.

X

 

Libro de lo m u e r t o . 

Varias uñas levantadas resultaban de los intentos realizados para separar la cerradura de la madera. Se había cansado de llamar, de lanzarse contra la puerta. Estaba en la última celda. Solo. Se sentó, apoyando la cabeza sobre el muro. Miró la cadena. Abandonado, no olvidado. El hambre no había comenzado a latir. **** Varias uñas levantadas resultaban de los intentos realizados en la búsqueda de una salida en la superficie de piedra. Había gañido, gemido, y se mostraba inquieto. Estaba en la última cuadra. Solo. Se sentó, la cabeza sobre las patas. Miraba la cadena. Olvidado. Y abandonado. El hambre no había comenzado a latir.

XI

 

Libro de lo m u e r t o . 

La impresión de mediodía parecía demorarse en el aire. Ella bondadosamente sonreía. Una ligera brisa introducía, a través de la ventana entreabierta, el aroma de las flores caprichosamente cuidadas en el jardín. Los servicios estaban ya dispuestos sobre la mesa; las niñas fueron llamadas y la mujer las recibió besando en un roce sus frentes, peinando con una mano los cabellos alborotados de la más pequeña. Las sentó y se alejó en dirección a la cocina, escuchando tras de sí sus risas, su sencilla conversación de juegos pendientes. El blanco delantal de la madre no podía delatar que había terminado las tareas de la casa, impecable para la llegada de su marido esa misma noche. Introdujo una mano en el único bolsillo y extrajo una cajita plana, de la que tomó varias bolitas. Las dejó junto a la bandeja donde acostumbraba a llevar los platos ya servidos; tras llenarlos de un caldo humeante, tomó las bolitas, las echó en cada plato excepto en uno y esperó a verlas desaparecer. Las niñas escucharon sonrientes el tintineo de la cerámica que anunciaba la próxima aparición de la madre.

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