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La Leyenda de los Otori I - El suelo del Ruiseñor

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EL SUELO DEL RUISEÑOR 

Leyendas de los Otori, vol.1 

Lian Hearn

A menudo mi madre me amenazaba con descuartizarme en ocho pedazos si derramaba el cubo lleno de agua o si fingía no oír su llamada para que volviera a casa al atardecer, cuando las cigarras cantaban con más intensidad. Yo oía cómo su voz, áspera y cortante, hacía eco a través del valle solitario: "¿Dónde estará ese bribón? ¡Le haré trizas en cuanto regrese!". 

Pero cuando volvía a casa -cubierto de barro tras deslizarme por la ladera de la colina, magullado a causa de las peleas y en una ocasión sangrando a borbotones por una pedrada que recibí en la cabeza (aún tengo la cicatriz, una marca plateada con forma de uña)-, me encontraba con la hoguera encendida y la sopa humeante; los brazos de mi madre no me hacían trizas, sino que intentaban sujetarme para limpiarme la cara o atusarme el cabello, mientras yo me retorcía como una lagartija tratando de librarme de ella. Mi madre era robusta, debido a los años de duro trabajo, y todavía joven: me dio a luz antes de cumplir los 17 años. Cuando me sujetaba, caía yo en la cuenta de que nuestro tono de piel era el mismo, aunque era esto lo único que teníamos en común, pues sus rasgos eran anchos y serenos, mientras que los míos, según me decían (en la remota aldea montañosa de Mino no había espejos), eran más afilados, como los de un halcón. Ella solía salir victoriosa del forcejeo, y su premio era el abrazo del que yo no podía escapar. Entonces me susurraba al oído la bendición de los Ocultos, mientras que mi padrastro se lamentaba, a regañadientes, de que me mimaba demasiado, y las pequeñas, mis hermanastras, saltaban a nuestro alrededor con el deseo de compartir el abrazo y la bendición de nuestra madre. 

Así pues, yo estaba convencido de que la amenaza de mi madre sólo era una forma de hablar. Mino era un lugar apacible, demasiado apartado de las salvajes batallas entre los clanes. Yo nunca había imaginado que los hombres y mujeres pudieran ser literalmente descuartizados en ocho pedazos, ni que sus fuertes extremidades de color miel pudieran ser arrancadas y lanzadas a los perros hambrientos. Criado entre los Ocultos, había adquirido la gentileza que los caracterizaba, e ignoraba que los humanos pudieran cometer tales atrocidades. 

Cuando cumplí los 15 años, mi madre ya no vencía en nuestros forcejeos. Yo crecía unos 15 centímetros al año, y para cuando cumplí los 16 era más alto que mi padrastro. Éste refunfuñaba cada vez más, e insistía en que yo debía sentar la cabeza, dejar de vagar por la montaña como un mono salvaje y unirme por medio del matrimonio a una de las familias del poblado. No me disgustaba la idea de casarme con alguna de las chicas junto a las que había crecido, y ese verano puse más empeño al trabajar junto a mi padrastro, dispuesto a ocupar el lugar que me correspondía entre los hombres de la aldea. Es cierto que algunas veces no podía resistirme a la fascinación que la montaña ejercía sobre mí, y al final del día me escabullía atravesando la plantación de bambú, con sus troncos altos y suaves entre los que la luz adquiría un tono verdoso. Entonces, ascendía por el sendero rocoso, pasando por el santuario del dios de la montaña -donde los lugareños depositaban mijo y naranjas a modo de ofrendas-, y me adentraba en el bosque de abedules y cedros, donde los ruiseñores y los cuclillos lanzaban sus seductores cantos. Allí contemplaba los zorros y los ciervos, y escuchaba el melancólico lamento de los milanos reales que surcaban el aire. 

Aquella tarde había atravesado la montaña en dirección a la zona donde crecían las setas más deliciosas. Ya había llenado un saco con ellas: unas blancas y pequeñas como hebras; otras grandes y anaranjadas, con forma de abanico. Pensaba en lo contenta que se iba a poner mi madre y en cómo las setas apaciguarían el mal humor de mi padrastro. Se me hacía la boca agua con sólo pensar en comerlas. A medida que corría entre el bambú y me acercaba a los arrozales, donde los lirios rojizos ya habían florecido, me pareció apreciar en el aire un olor a quemado. 

Los perros de la aldea ladraban, como solían hacer a la caída de la tarde, y el olor se tornaba más acre e intenso. No es que sintiera miedo, al menos de momento, pero un presentimiento hacía latir mi corazón con más fuerza. Más tarde vería la aldea envuelta en llamas. 

Los incendios no eran infrecuentes en nuestro poblado, pues la mayoría de nuestras pertenencias estaban elaboradas con madera o con paja. Lo extraño era que no se oía el griterío, ni el sonido de los cubos de agua al pasar de mano en mano, ni los alaridos y maldiciones habituales. Las cigarras cantaban con la misma intensidad de siempre y las ranas croaban desde los arrozales. En la distancia, el sonido de los truenos hacía eco entre las montañas; el aire era húmedo y pesado.

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