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CAPÍTULO 3: LA FIESTA.

Luego de pasarme todo el día en la cama leyendo mi nuevo libro, decidí que era momento de hacer algo productivo, aprovechando que aún me quedaban unas horas más antes de que Zane viniera a llevarme en contra de mi voluntad a una fiesta.

Me levanté de mi cama y dejé el libro de John Green encima de la misma con un separador a más de la mitad de las páginas.

No era broma eso de que me pasé todo el día leyendo.

—Hora de realizar algo beneficioso para mi salud.—Dije para mi misma sonriente.

Salí de mi cuarto asquerosamente rosa, lo cual es irónico ya que actualmente odio ese color, pero mi yo niña de diez años lo amaba, y bajé las escaleras, dirigiéndome sigilosamente hacia la cocina.

Una vez allí rebusqué en las alacenas, donde se guardan las comidas que no necesitas dejar en la nevera para evitar que se echen a perder.

Mi sonrisa se ensanchó cuando vi al fondo de un estante las preciosas bolsas de Doritos y Lays. Sin embargo, gruñí al no poder alcanzarlas debido a mi desdichada estatura. Seguí estirándome en intentos fallidos de conseguir mis delicias hasta que mi mente albergó otra idea.

—Plan B.—Dije, volteándome hacia la mesa isla y caminando hacia las sillas que hay alrededor para usar una.

Resulta ser que, para las personas que no pasan del metro sesenta, les sería muy difícil levantar una silla de algarrobo, la mejor, y más pesada, madera del mundo mundial. Aunque bueno, también dependería de la forma de la silla.

Por poco casi morí.

Pero fui lo suficientemente firme y resistí el camino de dos metros de distancia desde la isla hasta las alacenas mientras cargué la silla.

Una vez colocada, me subí cuidadosamente y me tambalee un poco pero me sostuve firmemente de la alacena misma para luego comenzar a rebuscar mis preciados tesoros comestibles que vi al fondo.

—Eso es.—Susurré alegre en el momento que mis manos tomaron con firmeza los snacks.

Los saqué del fondo y luego de apretarlos suavemente contra mi pecho, bajé de la silla tan lenta y cuidadosamente como lo había hecho al subir. La dejé en su lugar, tomé mis premios y me encaminé sonriente de vuelta por donde vine. Sin embargo, me detuve en seco mientras vi a una persona obstruyendo la salida.

—Quédate con las papas si quieres, pero no te daré de mis Doritos.—Refunfuñé al ver a mi hermana preadolescente reposando su hombro sobre el marco del umbral.

—No estoy aquí por eso, pero acepto.—Dijo Miriam sonriendo de costado.

—¿Entonces qué es lo que...—Detrás de ella apareció Zane y se colocó a su lado, apoyando su hombro en el marco al igual que Miriam y mirándome con una sonrisa suficiente.—...quieres?

Debería preguntar el porqué está aquí tan temprano, pero es lo menos dudoso de esta situación. Lo que me sorprende es ver cómo luce.

Lleva puesto unos vaqueros negros algo rasgados, una camiseta blanca, una cazadora con capucha y encima una chaqueta de cuero negra. Su cabello castaño muy oscuro desordenado cae sobre su frente y a los costados de sus orejas levemente, haciendo que su rostro se vea más delgado y simétrico, destacando sus ojos marrones hipnotizantes, al igual que ese doble piercing negro que tiene a un costado de su labio inferior.

—Sé que hago babear a las mujeres con lo bueno que estoy,—La voz de Zane me devolvió en sí.—¿Pero incluso también a mi mejor amiga?, vamos, por muy cliché que sea, no lo esperaba.

10 reglas para enamorarse [Pausada temporalmente]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora