Capítulo 1

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Bosque de la Luna, Vlatvia, unos 20 años atrás.

El noble caballero azuzó su caballo a través del bosque. La caza le divertía y excitaba como nunca. A sus veinticinco años, solo tenía en mente pasar el rato y cazar. Su padre le advertía que así nunca sería digno heredero de su tío, pero a él, el poder le traía sin cuidado. Sus tíos eran reyes desde hacía cuarenta años y quizá durasen otros veinte. Ya habría tiempo para ser heredero, cuando fuera más mayor.

El corcel blanco saltaba las ramas con gran facilidad y había dejado atrás a sus guardas. Sabía que Salvaje era más veloz que el resto de los caballos y él tenía menos sentido de su propia seguridad también. Cuando empezó a distanciarse de ellos escuchó llamarlo, «príncipe Dyon, alteza, espere», pero con una carcajada alegre, se alejó del grupo.

Un ciervo blanco se apareció ante él. El caballo frenó en seco y casi hace que el príncipe saliera volando por encima de las riendas, pero pudo equilibrarse. El ciervo lo miraba fijamente y él sacó el arco y las flechas. Le gustaba cazar como en la época antigua, él no usaba las escopetas de caza y otros artilugios modernos. Pensaba que así era más noble.

El ciervo, al ver sus intenciones, saltó hacia el interior del bosque y Dyon azuzó a su caballo para seguirle. Atravesaron zonas de árboles hasta meterse en lo más profundo del bosque. Sabía que era peligroso, que los nobles no solían meterse por allí. Decían que vivían las hijas de las hadas, las antiguas enemigas de su raza, los Leales y, que, si atrapaban a uno de ellos, nunca lo dejarían salir.

Pero la estupidez o la osadía del joven hizo que se introdujera en lo más profundo, en un lugar prohibido. Los árboles eran más verdes allí, y había flores por todas partes. Las enredaderas subían por las ramas, enganchando sus zarcillos para llegar aún más arriba. Algunos animales cruzaron el pequeño claro al que había llegado sin miedo, como si él no fuera un cazador. El ciervo blanco se había parado junto a un pequeño estanque cristalino y bebía tranquilamente.

Dyon se preguntaba por qué no había huido, sabiendo que él iba a cazarlo. Por pura curiosidad, desmontó su caballo y caminó hacia el estanque. Se colocó al lado del ciervo y alzó su mano hacia él. El animal se lo quedó mirando, pero no se movió. Él acarició el suave pelaje, más suave de lo que nunca había tocado.

El ciervo lo miró y miró el estanque, como si le invitase a beber. De pronto se dio cuenta de que tenía mucha sed, y que deseaba probar esa agua transparente. Acercó su rostro al agua e introdujo la mano en ella, notando su frescor. Bebió como si le fuera la vida en ello, no sabía a nada, no olía a nada, pero era simplemente deliciosa. Como si hubiese bebido la más delicada ambrosía.

Dejó caer la mano y miró con asombro el reflejo del agua. A su lado, en lugar del ciervo, había una hermosa mujer, con el cabello casi blanco, que lo miraba divertida. Él se giró echándose hacia atrás y ella soltó una suave carcajada.

El sonido de su risa entró en su mente y se instaló allí para siempre.

—Hola, Dyon. Me llamo Melissa. Bienvenido al Claro de la Luna.

—¿Quién eres? —dijo él mirándola hipnotizado.

—Soy tu futura esposa y madre de tu hija —contestó ella convencida—. ¿Quieres besarme?

El hombre se acercó hacia los labios de la mujer, que había cerrado los ojos y esperaba paciente. Ambos se encontraron uno al otro, los labios de Dyon acariciaron la suavidad y tersura de los de Melissa y poco a poco, el asombro por la declaración de la mujer fue tomando sentido. Jamás podría separarse de ella, sería su esposa y vivirían juntos para siempre. Un trueno sonó en lo alto y se separaron.

—Ven conmigo, Melissa —dijo él levantándose y ofreciendo su mano para que ella también lo hiciera.

Miró a la mujer mientras lo hacía. Tenía el cabello largo y despeinado, rizado y de un color rubio claro. Sus ojos eran azules, del color del cielo tormentoso y su rostro era pálido como el de los nobles Leales. Era toda una belleza, pero Dyon no sabía muy bien a qué raza pertenecía.

—Si no te importa qué soy, podremos vivir felices —dijo ella adivinando sus dudas.

Los Leales y los Luminosos nunca se mezclaban, siempre habían sido enemigos y ambos se habían masacrado hacía muchos años. Se llamaban entre ellos de forma despectiva los grises y los tiznados. Los primeros, por su aspecto pálido y ropa formal. Los segundos, porque siempre estaban en el campo, y decían que llevaban la cara sucia. Vestían de forma informal y normalmente, eran los sirvientes de las casas de los primeros. Y eso era porque, básicamente, habían perdido la guerra.

Una tercera raza se entremezclaba con ellos, les llamaban los Terráneos y habían llegado de más allá del océano. Entre ellos sí que había más colores, más variedad de tonalidad de piel y de formas de ser, y normalmente se dedicaban al comercio y al transporte. Si se tuviera que definir las clases sociales, los Leales serían la clase alta, la que gobernaba. Los Terráneos, a los que llamaban también los errantes, pues viajaban muy a menudo, serían la clase media y los más bajos de todos, los tiznados, se encargaban de cuidar los huertos, de servir en las casas y otras funciones que nadie quería hacer, aunque siempre estaban alegres en general.

Dyon subió en su caballo Salvaje a Melissa, y la agarró de la cintura porque no querría soltarla en lo que le quedaba de vida. Su mente se fue aclarando conforme salían del centro del bosque, pero su enamoramiento no se pasó. Seguía sintiendo su corazón alegre, henchido de amor y felicidad. Pero pensó en su padre, que le disgustaría muchísimo su decisión. No le importó. Él solo sería feliz si vivía con Melissa, y lucharía por ello si fuera necesario.

Llegaron a la enorme residencia, escoltado por la guarnición que miraba entre asombrado y admirado a la hermosa mujer que su príncipe llevaba en la grupa. Su mentor, el señor Chavolier, había intentado pedir una explicación a su ahijado, pero sin éxito. Solo le dijo que se iba a casar con esa dama y el hombre pensó de forma inmediata que ella lo había hechizado de alguna manera. Pero ella le había sonreído y entonces sintió que apoyaría a Dyon en su locura, pasara lo que pasase.

El príncipe ayudó a su bella dama a bajar del caballo. Su padre salía de la casa para subirse en la limusina que le llevaría al palacio, donde tenía que departir con su hermano, el rey. Se quedó asombrado al ver a la mujer y se acercó a Dyon.

—Padre, te presento a Melissa, mi futura esposa —dijo él orgulloso. Ella se inclinó con gracia.

—Dyon, ¿tu futura esposa? ¿Y Margot? Por favor, vamos a hablar al despacho.

El príncipe se dio cuenta de que se había olvidado de su compromiso con la duquesa Margot de Arcania, una región al norte de la capital de Vlatvia. Siguió a su padre, dejando a Melissa con su mentor.

—¿Te das cuenta de lo que estás haciendo, Dyon? Si te casas con esa chica que acabas de conocer, no solo nos enemistaremos con la casa de Arcania, sino que perderás tus posibilidades de ser rey —dijo su padre de forma atropellada—. ¿No podrías, digamos, casarte con Margot y tenerla en una casa cercana? Podrías visitarla a diario...

—No, ella no será mi amante, sino mi esposa, y sabes que no me importa no ser rey. Lo siento por Margot, pero apenas la conozco. Encontrará un esposo adecuado. Es una decisión firme.

—¡No puedes hacer eso! —contestó su padre. De repente, comenzó a sentirse mal, se agarró su pecho y cayó al suelo, fulminado por un infarto.

Dyon llamó a su médico privado, que vivía de forma permanente en la residencia y, aunque lo intentó, no pudo hacer nada. Su padre había muerto, y él se sentía terriblemente culpable de ello.


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