Prologo

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Mis vacaciones en Francia habían sido las mejores de toda mi vida, sin duda es un bello país, con hermosas ciudades, cada una con un sabor y estilo propio. De las más memorables:

Marsella, situada a las orillas del Mediterráneo, la ciudad considerada como la as antigua de Francia. Donde tuve la oportunidad de visitar la Basílica de Notre Dame de la Garde, la Catedral de Marsella, desde luego y el Castillo de If.

Burdeos, conocida por sus viñedos y su magnífico vino. Donde además de deleitarme degustando vinos, pude visitar Puerto de la Luna, la Catedral de Burdeos y el Museo de Aquitania.

Lyon, la segunda ciudad más grande, después de Paris. Famosa por su industria de la seda y por ser una de las capitales gastronómicas del mundo. Ahí visite la Casa de la Opera y el Centro histórico.

Y por último, Paris. Donde disfrute de un pase por el Sena, donde disfrute de la panorámica de la Torre Eiffel, la piramidal silueta de Louve y las gárgolas de Nuestra Señora de Paris.

Sin embargo, no todo lo bueno puede durar para siempre, así que había llegado la hora de regresar a mi vida diaria. Mire por última vez la lujosa habitación que había utilizado por casi dos semanas durante mi estancia. “Te extrañare Paris” pensé.

― ¿Es todo? ―Pregunto el empleado del hotel, tomando mi maleta.

―Si.

Me acompaño hasta el taxi, que me llevaría al aeropuerto. Sin contratiempo aborde el vuelo. Cuando ocupe mi asiento, aun no llegaba mi compañero. Así que tome mi agenda y recordé que aún tenía que tomar una importante decisión. ¿Dónde trabajaría? Había recibido la propuesta de 2 empresas publicitarias. Pero aún no estaba del todo segura. El movimiento a mi lado me saco de mis pensamientos.

―Lo siento ―Se disculpó. ¡Jesús! Que hombre tan guapo.

―No hay problema ―Conteste intentando disimular un poco mi expresión de borrego a medio morir. Pero ¿Qué podía hacer? ¡Era tan… todo!

Dedicándome una sonrisa se terminó de acomodar sobre el asiento, mientras seguía cada uno de sus movimientos como si fuera una animal cuidando a su presa. Y vaya que era una presa suculenta.

Intente concentrarme en mis asuntos, pero me era imposible. Podía percibir la fragancia que despedía su cuerpo, sumado a su perfecto rostro que parecía tallado en mármol, era sin duda una vista única. ¡Rayos! Me hubiera sentado en el otro lugar, así podría fingir mirar por la ventanilla y deleitarme. Bueno, al menos disfrutaría de estar a su lado por 14 horas de vuelo.

¡Muy bien Claudia tienes que hablar con él!

―D… ―Justo cuando intentaba entablar una conversación, se levantó del asiento y se alejó por el pasillo. ¿Adónde iba? ¡Rayos!

Primer intento: Fallido.

Después de lo que me pareció una eternidad, regreso. Caminando con ese porte único, vaya que se sabía apuesto. Sonreí como tonta y él correspondió con una sonrisa amable. ¡Claudia, segundo intento!

―Y… ¿Te diriges a Corea? ―Levanto la vista de su libro.

Enamorando al Enemigo¡Lee esta historia GRATIS!