Detrás de la puerta

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Desde que tenía memoria, James siempre tuvo aquella extraña sensación de que algo malo iba a suceder en algún momento. No era el tipo de presentimiento del que hablan las viejas, cuando creen que sintieron que sus hijos iban a tener un accidente, o que su hermana, que vive en la otra punta del estado, acababa de fallecer. No. Nada de eso.

Era algo mucho más fuerte, una verdadera sensación de peligro, una amenaza real y constante. Pensaba que debía ser eso lo que siente un mono cuando el tigre lo observa entre el espeso follaje de la selva. Esa dichosa sensación siniestra estaba siempre presente, escondida y acechando en los límites de su visión. Era un terror tan vago que su imaginación no tenía más remedio que hacer horas extras para rellenar los huecos y dar una explicación a su pobre mente.

En el sótano, como en el resto de la casa, sentía cómo alguien lo observaba en silencio. Era una extraña presencia amenazadora que se hacía mucho más palpable cuando trataba de salir de allí corriendo. Parecía que aquello que lo observaba salía corriendo detrás de él escaleras arriba. Al contrario de lo que pensaba, no le tranquilizó saber que, todos los que bajan allí, tenían experiencias parecidas. Resultó que compartir los miedos con otros no le ayudaba a soportar aquella extraña carga.

A veces los escribía en sus diarios, pero tampoco servía de nada. Fuera a donde fuera, hiciera lo que hiciese, aquella sensación siempre estaba ahí, como si en cualquier momento el Infierno fuera a desatarse sobre él.

Lo que fuera que perseguía a James era diferente. Él lo sabía, entendía que la gente que bajaba al sótano de su casa experimentase desagradables sensaciones, comprendía que, a muchos, su casa les daba miedo, pero lo suyo era algo completamente distinto.

Él se parecía más a esa pequeña habitación que había bajo las escaleras del sótano. Era diminuta y siempre estaba oscura, de su interior parecía brotar una brisa fría. La puerta no cerraba del todo, a causa de las numerosas capas de pintura que se le habían aplicado a lo largo de los años y al trabajo de la humedad. Se mantenía en todo momento entornada, sujeta por una pequeño clavo retorcido que alguien puso allí en algún momento del pasado. Por ella se accedía al subsuelo de la ciudad, nadie había entrado allí en años. Sólo los funcionarios municipales accedían a ella, y sólo cuando había serios problemas con el alcantarillado de la ciudad.

Pero en aquella ciudad nunca pasaba nada, y la puerta siempre se mantenía intacta, en el mismo lugar, sin que nada ni nadie la tocase. Si uno pasaba por allí y la miraba, parecía totalmente cerrada. Pero nunca lo estaba, siempre estaba un noventa y nueve por cien cerrada, pero jamás se cerraba por completo. Era como si ella misma tratase de empujar el clavo que la sostenía, ejerciendo una presión lenta e invisible.

A veces, cuando James bajaba allí, le parecía ver un par de dedos asomándose a la sucia luz del sótano, tratando de empujar la puerta para liberarla de aquel viejo clavo oxidado. Eran unos dedos viejos y arrugados, delgados y blancos. Parpadeaba, y ya no estaban allí.

Todos respiraban tranquilos cuando salían de aquel sótano y regresaban a la seguridad de la sala de estar. Pero James no podía dejar de pensar en aquella maldita puerta. Aquella puerta pequeña, hinchada por la humedad y entornada. No podía dejar de imaginarse a un viejo, un anciano de cara arrugada y retorcida, como sacado de una película de terror, con la piel tan blanca como la nieve y una sonrisa que le dividía el rostro en dos. Un ser horrible que estaba siempre hambriento.

No es que tuviese miedo de los ancianos, tampoco temía al coco, ni a los trolls del sótano. Era algo diferente, el tipo de terror sordo que te acompaña cada día, como el miedo a perder tu hogar, tu trabajo y tu familia. Era un miedo suave y arraigado, algo que no podía dejar de sentir. Como si algo fuera de su alcance fuera a estallar de un minuto a otro y darle de pleno en la cara. Por alguna razón sabía que era inevitable, que era sólo cuestión de tiempo que aquello, fuera lo que fuese, emergiera de ese punto indefinido en la periferia de su visión y lo alcanzase. ¿Qué pasaría cuando sintiera esos dedos helados enroscarse en su brazo? No quería pensar en ello.

Cuando creció, James trató de batallar con aquella sensación desagradable. Luchó por racionalizar aquel extraño sentimiento de congoja, intentó dar un sentido a su terror. Y, la verdad, es que hizo un gran trabajo, si uno tiene en cuenta que aquel miedo jamás lo abandonaba.

Se decía que estaba todo en su cabeza, mientras dentro de su cabeza había otra voz, mucho más sensata, que le decía que no era así. Cuando la cosa se ponía fea de verdad, pensaba: "bueno, por lo menos sé que algo sucederá. Si en algún momento eso me asalta, sabré que siempre he tenido razón. Que había algo". Pero ese pensamiento no era más que una falsa sensación de seguridad, una mentira piadosa; era su ego que pretendía darle tranquilidad.

Porque, ¿qué es peor? Imagina saber, con certeza, que hay un francotirador esperando a volarte la tapa de los sesos, siempre esperando, con tu careto enmarcado en su mira telescópica las veinticuatro horas del día. Sabes que en algún momento se cansará de ver tu cara a través de su mirilla y entonces, ¡zas! Adiós, muy buenas. ¿No sería mejor vivir sin ese miedo, en lugar de vivir cada día de tu vida, con la certeza de que algo horrible te está acechando?

Durante muchos años lo intentó. Trató ignorar aquella sensación. Cuando cerraba los ojos por la noche para dormir, se decía a sí mismo que no había un grupo de figuras fantasmales rodeando su cama. Aquella vez que salieron de acampada, se negó a aceptar que alguien se pasara la noche entera susurrando su nombre. No prestaba atención a esas oscuras figuras que lo observaban desde la calle y que nadie más parecía ver. Cuando salía del tren cada noche para regresar a casa, no quería mirar nunca hacia el suelo, no quería encontrarse con los ojos que lo observaban tras las rejillas de las alcantarillas. ¡Vaya si lo intentó! Y le puso todo el empeño que pudo.

Tan sólo se dedicó a vivir su vida de la mejor manera que pudo. Porque, en realidad, no había nada que él pudiera hacer. Creer en aquellas cosas, o no hacerlo, era irrelevante. Nada cambiaba el hecho de que, aunque su cerebro luchaba contra aquella sensación aterradora de que algo le iba a saltar encima en cualquier momento, hasta ese mismo momento nada le había sucedido nunca. Siempre era así, no sucedía nada, pero la sensación permanecía allí, anclada en lo más profundo de su ser. Aunque los días se sucedían cada vez con mayor monotonía, sin que nada perturbara su tranquilidad.

Hasta un día. Al llegar a su casa, James encontró un hombre sentado en el salón. No tenía aspecto amenazador, no parecía especialmente peligroso o malvado. De hecho, parecía bastante vulgar, del montón, con aquel traje barato y su sonrisa de vendedor de seguros. Sin embargo, la mente de James encontró la única explicación posible a todos aquellos años de incertidumbre y miedo en el rostro apacible y dócil del hombre que estaba allí sentado.

-¿Quién eres?- preguntó James.
-Sabes muy bien la respuesta- Contestó el hombre.
-¿Esto es todo?- Dijo James.
-Sí, todo.

James se sentó en el sofá frente a aquel tipo, esperaba descansar, sentir cierto alivio al saber que aquello, al final, no era producto de su imaginación. Pero no hubo nada de eso. Al contrario, el miedo tomó una dimensión nueva y apabullante, mucho mayor de la que tenía cuando permanecía confinado en un rincón de su cabeza.

Mientras sentía cómo los almohadones del sofá se lo tragaban, el hombre se levantó y comenzó a andar hacia él, muy lentamente. Cada paso elevaba exponencialmente la sensación de pánico que sentía en su interior, incluso mientras el espacio entre ambos se estrechaba, James sentía que el hombre jamás llegaría hasta él.

Nunca habría un límite al pánico que estaba experimentando en ese instante, el hombre nunca lo alcanzaría, y a eso se reduciría su eternidad, desamparado y sin esperanza, como una de esas extrañas curvas matemáticas que nunca dejan de crecer hacia arriba, acercándose al cero, haciéndose cada vez más y más pequeñas, pero sin llegar a cerrarse nunca.

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