La Historia de una Musa

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¿Puede una musa enamorarse? ¿Puede tener ese derecho sin consecuencias? ¿Podía ser una musa perseguida y encarcelada?

Ahora Skye sabía las respuestas a todo eso, un poco tarde muy a su pesar pero ya no había vuelta atrás mientras se consumía tras esos barrotes. Incluso el sonido de sus invisibles alas era como un réquiem que le hablaba de la verdad.

Todo sucedió demasiado rápido, estaba atendiendo su misión antes de iniciar la siguiente cuando él la vio. La estaba mirando fijamente con esos enormes ojos del color del otoño.

Era un chico atractivo, alto y con una energía especial, enseguida se sintió atraída por él, ahora lo sabía.  Esa mirada y esa sonrisa habían sido su perdición, al final, por mucho que trato de resistir limitándose a hacer su trabajo, sus emociones terminaron por vencerla y ceder ante aquel hombre.

El único al que amaría hasta el final de sus días aunque le arrebatasen cuanto era.

Lo normal es que nadie creyese en ella, de hecho era del interior de los propios humanos que salía la fuerza necesaria para componer y plasmar vivencias llenas de emociones en letras, imágenes o acordes, ella, las musas; se limitaban a facilitar que aquel don fluyese en esos afortunados artesanos de lo fantástico.

 Pero no, ese psicópata adicto al aliento que exhalaba y necesitado de sus susurros creía en ellas. Había sido uno de sus encargos recientes y él obsesionado notó su partida, la buscó y busco hasta que la encontró y logró verla a causa del efecto que Daeran causaba en su cuerpo. Él le daba corporeidad, la convertía en una mujer de carne y hueso que sentía como nunca entre sus manos y así fue como Moreén pudo capturarla y encerrarla en aquella jaula de oro bruñido. 

Si no la tenía se moriría decía, la culpaba de haberlo abandonado llevándose su éxito con ella, la acusaba de sus males y desgracias por que si no la tenía cerca no era capaz de hacer que sus dedos bailasen sobre los instrumentos.

Pobre iluso que no veía que todo estaba en su corazón, ella no podía hacer más por ayudarle y sí seguía allí cautiva terminaría por marchitarse y desaparecer.

Sin su libertad, una musa no podía verter su magia en nadie, no podía transmitir su alegría ni su inspiración para que flotase el alma...

Pero Moreén no quería escuchar esa verdad, no la creería jamás y ahora que la tenía en su poder nunca la dejaría marchar.

De nada le servía a Skye llorar, asumía las consecuencias de sus actos y decisiones, de hecho, volvería a cometer los mismos actos que la habían conducido a aquello.

De todos modos Skye ya era musa muerta desde el primer instante en que se permitió sentir el verdadero amor, desde que esos labios se habían adueñado de su cuerpo tatuando su piel con prohibidas caricias ya nunca podría volver a su reino.

Era cuestión de tiempo que sus poderes desapareciesen, ya apenas podía sentir a sus hermanas y lo único que lamentaba era no poder despedirse de Daeran. Sentir su calor una última vez, su sabor y el placer de fundir sus cuerpos.

Y ahora que su mano derecha empezaba a ser translucida seguía sin poder alejar su pensamiento de él, de sus ojos...

Le costaba respirar, el pecho le dolía y el aire era frío.

Ese día, presagiaba lo que iba a acontecer, la muerte de una musa.

Su fin.

Moreén seguía en la habitación contigua, maldecía aporreando algo contra el piano, por mucho que quisiera ella ya no podía ayudarle por que él mismo había cerrado su luz interior obcecado en que Skye era la solución a todos sus males.

Pero el éxito no regresaría ni hoy, ni mañana si no se daba cuenta y ella tampoco.

La próxima vez que abriera la puerta y mirase la jaula, no habría más que polvo dorado donde revolotearían miles de mariposas multicolores que llorarían la perdida de la que fue una guía para los seres que desearon abrir sus corazones.

Bailaran entre la brisa, ente flores y bosques hasta perder con el último rayo del día en un guiño cáustico al recuerdo de lo que fue el abrazo de magia y realidad.

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