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—¿Por qué lo has hecho?

La pregunta caló hondo en el ambiente. Desde el instante en que abandonó los labios de Amir, se esparció por el sencillo entorno que los rodeaba y llegó a todos los rincones: a los árboles, al banco en el que ninguno de los dos se había atrevido a sentarse, a la fuente que presidía el patio central del instituto…

Y al interior de Melanie.

La chica cerró los ojos, buscando la mejor manera de explicarse. Sabía perfectamente por qué lo había hecho, pero no era algo que se sintiera capaz de expresar con unas simples palabras. En la clase, cuando observó a Amir, sintió que aquella era su misión: protegerlo, salvarlo de los obstáculos que él no podía derribar solo. Ayudarlo en todo lo posible, sin que importara lo más mínimo el resto.

El joven árabe esperaba una respuesta. Melanie aún no lo había mirado a la cara, pero podía imaginar que sus profundos ojos negros estaban llenos de incomprensión, de confusión y, muy probablemente, de desconfianza. Y con razón, pues ella, siendo la reina de la clase, acababa de defenderlo de sus “súbditos”.

¿Cómo podría convencerlo de que había actuado movida por un resorte? ¿De que aquello no era ninguna especie de plan para burlarse de él y ridiculizarlo aún más?

¿De que podía confiar en ella?

Melanie se giró. Aunque indecisa, alzó la vista y lo miró directamente a los ojos. Eran negros como pozos, lo que la hizo sentir como si se hundiera en ellos. Como si él la estuviera atrapando en sus redes. Como si nunca más fuera a poder salir de ahí.

Turbada, parpadeó un par de veces antes de decidirse a hablar por fin. Pese a que estaba un poco nerviosa, la voz no le tembló en ningún momento y cumplió con su propósito: tratar de demostrarle a Amir que ella era una buena persona. Diferente. Distinta de los alumnos que ocupaban su clase.

—No te lo merecías —comenzó—. No he podido soportar ver que se burlaban de ti de esa manera. Sé que ahora mismo no me creerás, pero… yo no soy como ellos. Están demasiado acostumbrados a relacionarse con gente exactamente igual a ellos, con su piel blanca, sus ropas de marca y sus aparatos electrónicos a la última moda…

—¿Y tú no? —la interrumpió Amir.

Melanie guardó silencio unos segundos antes de responder.

—Yo también —confesó—. Esta es, de hecho, la primera vez que me topo con una persona que tiene un color de piel distinto al mío. Pero a mí me han enseñado a ser abierta de mente, ¿sabes? A tolerarlo todo, a ser buena persona y a tratar a todos por igual, sin creerme superior a nadie. Y he comprobado que esa es la manera en que luego estoy más contenta conmigo misma: haciendo el bien sin mirar a quién. No marginando a nadie. Llevándome bien con todos. Aunque, por desgracia, parece que soy la única; resulta prácticamente imposible dar con alguien en este planeta que no se comporte de forma hipócrita…

—En eso estoy de acuerdo.

La respuesta de Amir la devolvió a la realidad. Se había perdido demasiado en su propio discurso, pero ahora, de nuevo, levantó los ojos y observó al chico árabe, quien había avanzado un paso hacia ella. Aún parecía recelar, lo cual era normal y comprensible, pero Melanie intuyó que sus palabras habían calado hondo en él y que no las olvidaría jamás.

Quizá, poco a poco, llegaría a creerlas.

Entonces fue el turno de él para hablar.

—Tengo que darte las gracias.

Melanie no se esperaba aquellas palabras. No tan pronto, al menos. Estaba convencida de que Amir desconfiaría de ella, de que le costaría demostrarle que era sincera; pero, al parecer, el muchacho había decidido darle un voto de confianza.

Y ella se lo agradecía en el alma.

—Aparte de los profesores —prosiguió Amir—, eres la primera persona que me trata bien desde que llegué aquí. Y eso es de agradecer, porque la gente me juzga por el color de mi piel y me mira por encima del hombro sin ni siquiera intentar conocerme… Debo admitir —añadió tras un breve silencio— que no he creído que fueras sincera cuando me defendiste en la clase; podría haber sido una especie de teatro para ridiculizarme todavía más. Pero tu discurso ha aclarado mis dudas.

De repente, Melanie se encontró con los ojos del color del carbón clavados en su rostro. Mirándola fijamente, fisgando en cada rincón de su ser. Sintió como si estuvieran invadiendo su alma sin su permiso, como si la desnudaran lentamente hasta quedar expuesta ante Amir…

… Pero, inexplicablemente, aquella sensación le gustó.

¿Qué demonios le estaba pasando?

—Eres sincera. —La voz de Amir le llegó como en un sueño, pero sus asaltantes ojos oscuros continuaban siendo tremendamente reales—. Eres pura. Tu alma no ha sido corrompida pese a haber pasado toda tu vida rodeada de hipocresía.

La joven alcanzó a entender la magnitud de sus palabras: ella era capaz de ver el interior de las personas, al contrario que sus superficiales y materialistas compañeros.

Lo irónico era, precisamente, que fueron esos superficiales y materialistas compañeros quienes, sin su consentimiento, la coronaron reina. A ella, la menos adecuada para ostentar aquel puesto.

Nunca lo había querido. Nunca lo había necesitado. Y ahora lo había perdido.

Pero no le importaba.

—No deberías haber hecho eso por mí —la reconvino Amir, aunque en sus ojos no había reproche, sino agradecimiento—. Ahora te odiarán. Te has destronado tú sola.

—Nunca pedí ese trono. —Melanie no supo de dónde había conseguido sacar la voz, pero ahí estaba—. No me correspondía, y ahora lo sé mejor que nunca. No soy la reina de nadie; sólo de mi propia alma. De mí misma.

En el instante en que pronunció aquellas palabras, los ojos negros de Amir relucieron con un brillo intenso y misterioso. Melanie se preguntó qué querría decir aquello. Entonces lo vio sonreír.

—Eres más reina de lo que crees.

Ojos negros [Completa]¡Lee esta historia GRATIS!