Capítulo 26

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La fiesta comenzó desde el día catorce con el desfile de la comitiva que acompañaría a la célebre campana de Dolores al Palacio Nacional. Las casas de la Avenida Juárez, Avenida Plateros y San Francisco, por donde pasaría la comitiva, estaban adornadas con preciosas guirnaldas de flores verdes, blancas y coloradas. Las casas de comercio, pertenecientes a españoles, italianos o franceses, descollaban las banderas extranjeras al lado de la bandera nacional. A lo largo de las banquetas había mástiles rojos con escudos y banderas. La perspectiva que formaba este vistoso conjunto era en verdad muy agradable.

Desde las ocho de la mañana aquellas avenidas estaban llenas de compacta muchedumbre y los balcones poblados de espectadores. Soldados de diversos batallones formaban una valla protectora que impedía a la gente el paso. María del Carmen y Constanza se encontraban en la esquina de Avenida Juárez y San Francisco, acompañadas de Juanita y Hermelinda, y esperaban, tratando de no ser apachurradas por el gentío, ser testigos de tan importante evento.

A las nueve y media atravesó al fin el Presidente Díaz seguido de sus ayudantes y escolta; iba en un carruaje abierto, acompañado de algunos Secretarios de Estado. Tras él, desfilaron gendarmes montados, otros a pie, militares en uniforme de gala, obreros, alumnos de diferentes escuelas nacionales, bomberos, miembros de ayuntamientos y empleados federales.

Nuestras protagonistas estaban a punto de desesperarse al ver pasar tanta y tanta gente, cuando al fin se acercó por la avenida el carro alegórico que conducía la tan esperada campana, adornado con mucho gusto y luciendo guirnaldas de flores en las ruedas y un sin fin de banderas tricolores ante las cuales descansaba el histórico bronce, pintado de verde de un lado y despintado del otro. A su paso, el carro alegórico era saludado con aplausos y ¡vivas! y de muchos balcones le arrojaban confetis y serpentinas. Las bandas de Ingenieros, Artillería y Caballería, unidas, tocaron la marcha "La Campana de Independencia" compuesta por el señor Ernesto Elorduy para este acto.

El desfile por las calles principales de la ciudad duró poco menos de media hora.

-     ¡Qué belleza de campana niñas! – dijo emocionada Hermelinda.

-    Y pensar que la campana con la que el cura Hidalgo convocó al pueblo, al iniciar nuestra Independencia, estará a partir de ahora en Palacio Nacional, ¡qué orgullo!- agregó María del Carmen.

-     Sí – completó Constanza – vendrá a ser como el fonógrafo que guarde la voz misma del cura Hidalgo y cada año nos recordará esa estimada voz que llevó a nuestro México a la libertad.

-      ¡Miren! Dijo Juanita, señalando el cielo.

Todas miraron para arriba en el preciso instante en el que cientos de palomas, que llevaban atados listones color verde, algunas, blanco, otras y rojo, algunas más, pasaron volando sobre ellas haciéndolas vibrar de emoción.

Después de un rato, cuando las calles comenzaron a vaciarse, las cuatro señoritas decidieron emprender el camino de regreso a casa. María del Carmen y Constanza, tomadas por sus respectivos brazos, avanzaban delante, seguidas de Juanita y Hermelinda, que seguían plenamente su alegre conversación sobre el evento.

-     Te voy a extrañar tanto Constanza, no puedo creer que te mudas de regreso con tu padre... aunque te entiendo, no puedo dejar de pensar que de verte todos los días, todo el tiempo, ahora no te veré más que de vez en cuando...

-     Y yo te extrañaré a ti mucho más de lo que te imaginas Maricarmen, pero es lo mejor para todos. Mi padre está muy solo y me necesita. Si quiero lograr tener una relación de padre e hija con él necesito darle una oportunidad de mostrarme que puede y quiere cambiar. Lo tengo que hacer por mi madre, ¿me entiendes? Además así estaré más tranquila para estudiar y cumplir mi sueño de hacer algo por las niñas mexicanas. Me ilusiona pensar que podré apoyar a la Doctora Montoya en alguna de las escuelas en las que participa. Quiero ser útil. Tú tienes tu vida hecha, tu trabajo y has encontrado al amor de tu vida. Me toca a mi hacer la mía.

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