Capítulo 25

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Madre querida:

Escribo esta carta con el corazón destrozado. Es tan difícil hacerlo, pero necesario. Dieciséis años la conocí sin conocerla... Recuerdo cuando era aún una niña. Creo que fueron mis mejores años. Usted era tan feliz cuidándome y yo era feliz en sus brazos. Ahora pienso que esos momentos, mientras mi padre se encontraba trabajando y usted y yo jugábamos en el patio, cantábamos mientras usted tocaba el piano, y hasta reíamos juntas, fueron los únicos en los que nos tuvimos como madre e hija. Luego se interpusieron mi padre y su rigidez, su propia educación y todas las reglas de esta sociedad, a la que hoy maldigo, entre nosotras. Sólo tenía diez años cuando dejé de ser niña. Mis días se convirtieron en un sin fin de tareas y aprendizaje, todo para lograr hacer de mi una mujer modelo, como usted. Siempre lista para su marido, siempre elegante, siempre atenta, y sobretodo, siempre callada; sumisa y sonriente. Una mujer que sabe hablar varias lenguas, por si al marido se le ofrece ir a algún viaje o traer visitas extranjeras a la casa, que sabe acompañarse con el piano mientras divierte a los invitados, o a su familia cantando melodías suaves, que sabe mandar a los empleados para que esté todo siempre impecable. Que esconde sus sentimientos, que sufre en silencio. Mi pobre madre, cuántas veces la escuché llorando a través de la puerta de su habitación sin atreverme a entrar. Cuántos dolores de cabeza, malestares varios pasó usted sola, encerrada. Y yo queriendo apapacharla, decirle que ahí estaba para lo que necesitara, sin saber como. Nunca supe como comunicar con usted, como ser su cómplice. Y contarle mis cosas, hacerle tantas preguntas, hacer y deshacer el mundo juntas, ser amigas. Y ahora ya no está aquí físicamente, y aunque quiera eso ya no sucederá nunca, por lo menos de una forma convencional, porque quiero pensar que sigue usted viva en mi corazón y desde ahora pienso vivir por las dos, por eso quiero pedirle una disculpa; he decidido no guardar luto. Quiero recuperar el tiempo perdido. Quiero enseñarle esta hermosa ciudad. Quiero que me vea reír, cantar, amar. Quiero que conozca a toda la gente maravillosa que me rodea. Tengo a mi lado a mi abuela, que sé que nunca la va a reemplazar, pero siempre me ha apoyado y soy tan afortunada de saberla cerca. Y está la Doctora Montoya. Sin su gran ayuda y buenos consejos no sé en dónde estaría ahora mismo. Puedo confiarle todo, y gracias a ella ahora me comprendo mejor y comienzo a saber lo que quiero hacer en un futuro cercano. Creo que se ha vuelto indispensable en mi vida. Que decir de María del Carmen, mi bella y dulce Maricarmen. Ella me ha enseñado tanto. Su amistad es para mi un tesoro. Estar con ella alimenta mi alma y mi corazón de maneras inexplicables madre y todo eso me produce sentimientos tan nuevos y desconocidos que me dan miedo. Aunque lo he hablado con la doctora Montoya y ella dice que es perfectamente normal lo que me pasa, que después de lo que he vivido es difícil comprender y aceptar el amor, pero que tengo todo el derecho a darlo, y recibirlo, y a aceptar lo que siento yo estoy todavía tan confundida... sobretodo cuando está Meurice, que es tan adorable y bueno. Se ha portado maravillosamente conmigo y siempre me toma en cuenta, lo cual me confunde aún más y hace que todo sea todavía más difícil. Es de verdad casi imposible encontrar las palabras para explicarle madre... como decirle sin pensar que soy anormal que he llegado a sentir celos de su relación; me siento tan culpable por ello... Están tan enamorados y de verdad les deseo lo mejor, no me malinterprete, es solo que a veces verlos juntos

-      ¿Qué haces Constanza, se puede? preguntó María del Carmen, asomándose a través de la puerta entreabierta.

-       Nada importante – contestó Constanza e incómoda, dobló rápidamente la hoja en dos y la guardó en un cajón. Es una carta que me pidió la Doctora Montoya que escribiera para nuestra cita de hoy. Y tú, ¿cómo vas?– prosiguió.

-          ¿Una carta, para quién? ¿Puedo verla?

Al ver la cara de ¿es en serio? que puso Constanza, María del Carmen prefirió cambiar el tema y, ya que no habían hablado mucho desde el entierro y la instalación de Constanza en la casa, le contó todo lo que había pasado con Meurice.

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