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Debía de estar agotado.

Melanie Carter observó discretamente al chico árabe que acababa de llegar al instituto. Amir ibn Raschid, se llamaba.

El nuevo.

El “moro”.

Estaba sentado justo en el centro de la clase, por lo que era también el centro de todas las miradas.

Y de las burlas.

Todos en la clase eran americanos. De piel blanca como la nieve o bien un poco tostada por el sol, pero nada más. Vestían ropas de marca, a la última moda, y lucían adornos tales como gafas de sol (pese a encontrarse dentro de un aula) y brazaletes tan enormes que resultaba incomprensible creer que a la persona que los llevaba no se le hubiese caído ya el brazo.

Además, eran populares. Los mayores de todo el instituto, los que lo abandonarían en el próximo mes de junio tras haber pasado allí estudiando prácticamente toda su vida. Pertenecientes al último curso y, por tanto, conocidos en todo el centro.

Tan sólo Amir destacaba.

Por su piel, demasiado oscura, sin duda no ennegrecida por el sol. Por sus ropas, demasiado humildes, que podrían llegar a ser consideradas harapos por sus compañeros de clase. Por no conocer a ninguna de las personas que lo rodeaban y que, sin ningún disimulo, lo observaban con sonrisas burlonas y lo señalaban sin dejar de carcajearse.

Lo peor era que Melanie, al haberse convertido en la “reina” de la clase, debía, supuestamente, unirse a ello.

Ella nunca había querido ese puesto ni se había comportado de forma titánica con nadie como para merecer ser llamada “reina”; habían sido sus propios compañeros, que se consideraban a sí mismos sus “súbditos”, quienes la habían coronado como tal. Al parecer, les sobraban los motivos.

La belleza de Melanie era indiscutible. Todos en la clase, y hasta en el instituto entero, lo sabían, incluida ella misma; sólo que ella no se consideraba extremadamente hermosa. Simplemente, le gustaba cómo era, tanto por fuera como por dentro, pero nada más.

En esto, sus compañeros y amigos discrepaban, hasta el punto de portarse con ella como si de una verdadera reina se tratase. Nadie tenía nunca una mala palabra, un mal gesto o una mala opinión con o sobre Melanie, lo cual la conducía a llevarse bien con todo el mundo, cosa que la agradaba. Todos solían contarle sus problemas, hacerla partícipe de sus secretos más íntimos y, en caso de duda acerca de cualquier tema, pedirle consejo.

A pesar de los muchos años que había sido tratada de aquella forma, Melanie no había llegado a acostumbrarse… ni a creerse una verdadera reina.

Ella tenía humildad. Corazón. Conciencia. Sabía de sus propios defectos y no se vanagloriaba por sus virtudes. Hablaba siempre con amabilidad y simpatía a aquellos que la consideraban su reina y también a los que no lo hacían, y quería sinceramente a sus tres únicas amigas verdaderas: Melody, Brianna y Brittany. No ignoraba el caos y el dolor en que el mundo estaba sumido y le gustaría muchísimo poder hacer algo por mejorarlo, aunque sólo fuese un poquito. Aportar su granito de arena.

Y allí tenía su oportunidad.

Melanie nunca había mirado a las personas por encima del hombro, se había sentido superior a nadie ni los había tratado mal. Se consideraba una buena chica, pero solamente había interactuado con su familia, con la gente de su instituto y con los del grupo de lectura.

Todos blancos. Todos americanos.

Pero Amir no era ninguna de las dos cosas.

No iba a empezar a comportarse despóticamente con él. Un chico nuevo en aquel centro, puede que también en el país, que sólo buscaba adaptarse y ser aceptado en su nuevo entorno.

No se merecía aquel recibimiento.

Melanie estaba total y absolutamente convencida de aquello… y más desde que sus miradas, tan distintas la una de la otra, se cruzaron.

Verde la de ella, llena de lástima, comprensión y ganas de ayudar. Negra la de él, oscura como la noche sin estrellas ni luna, rebosante de miedo, vergüenza, agobio… y ansias por hallar un refugio en medio de aquella tempestad en que lo habían sumido sus nuevos compañeros.

Melanie quería ser su refugio. Su tabla de salvación. Su mano amiga.

Ignoraba de dónde procedía aquel nuevo sentimiento, pero ahí estaba. Nunca antes había experimentado aquello por nadie, pero ahí estaba. No comprendía por qué albergaba aquellas ansias de ayudar y proteger hacia un desconocido… pero ahí estaban.

Y le gustaba.

Le gustaba sentir aquello por alguien, aunque se tratase de un extraño (quizá dejara de serlo pronto). Le gustaba tener una nueva meta en la vida, más allá de ser la reina del instituto (la cual no le aportaba más satisfacción que llevarse bien con todos; además, pronto perdería aquel rango, en cuanto ingresara en la universidad).

Le gustaba saber que podía serle útil a alguien.

Sólo que aún no sabía cómo.

Quizás era un buen momento para descubrirlo.

—Vosotros.

Al sonido de su voz, toda la clase enmudeció y posó sus ojos en ella. Por su parte, Melanie no apartaba los suyos de Kyle Johnson y su banda.

Los alborotadores.

Los populares.

Y, en el caso de Kyle, su ex.

Era él quien más intensamente la observaba ahora, expectante y sonriente. Seguramente preguntándose por qué la chica a la que un día quiso lo había increpado cuando estaba acosando al nuevo, avergonzándolo, ridiculizándolo y burlándose de él.

Quien, además, era árabe.

“Moro”.

La palabra resonó en la cabeza de Melanie. Impregnada de odio y desprecio, como si Kyle acabara de susurrársela al oído.

Como si intentara convencerla de que Amir era un apestado.

—¿Qué pasa, Mel? —inquirió Kyle, sin embargo.

La chica sostuvo durante unos segundos la mirada azul de quien antaño fuera su pareja.

—Dejadlo en paz —ordenó.

La sonrisa arrogante de Kyle se congeló en su rostro. El resto de alumnos permanecían callados, sorprendidos, aguardando lo que vendría a continuación.

—¿Qué? —exclamó Kyle, boquiabierto—. No hablarás en serio, ¿verdad, Mel?

—Claro que hablo en serio, Kyle. ¿Por qué no iba a hacerlo?

—Pues… pues porque… —El joven se pasó una mano por el pelo, desconcertado. Señaló a Amir como si éste portara una enfermedad altamente contagiosa—. ¡Es moro!

—Árabe —lo corrigió Melanie, la frialdad brillando en sus ojos verdes—. Es árabe, no moro. Y no hay nada de malo en eso.

—¿Cómo que no? —Kyle no daba crédito—. Los moros… los árabes, como tú los llamas… no son como nosotros.

—¿Y por qué no? —planteó Melanie, con verdadero interés—. ¿Acaso no son personas humanas como tú y como yo?

—Bueno, sí, pero…

—Personas humanas con sentimientos —prosiguió ella.

—Sí, pero… —balbuceó él.

—Con sentimientos… y con alma.

Kyle no dijo nada. Su semblante se había vuelto inexpresivo.

—Cosas de la que tú, querido Kyle, careces —concluyó Melanie, levantándose.

Ignorando a todas las caras que los contemplaban con estupefacción, la muchacha se dirigió al centro de la clase, posó una mano en el hombro de Amir y lo invitó, con una cálida sonrisa, a acompañarla fuera.

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