Capítulo 24

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Dios Nunca Muere

Vals del Compositor Oaxaqueño Macedonio Alcalá Prieto (1831-1869)

Muere el sol en los montes
Con la luz que agoniza
Pues la vida en su prisa
Nos conduce a morir

Pero no importa saber
Que voy a tener el mismo final
Porque me queda el consuelo
Que Dios nunca morirá

Voy a dejar las cosas que amé
La tierra ideal que me vio nacer
Sé que después habré de gozar
La dicha y la paz
Que en Dios hallaré

Sé que la vida empieza
En donde se piensa
Que la realizada termina

Sé que Dios nunca muere
Y que se conmueve
Del que busca su beatitud

Sé que una nueva luz
Habrá de alcanzar nuestra soledad
Y que todo aquel que llega a morir
Empieza a vivir una eternidad

Muere el sol en los montes
Con la luz que agoniza
Pues la vida en su prisa
Nos conduce a morir

El Panteón Francés de la Piedad lucía esplendoroso, con sus parques bien cuidados, sus grandes árboles frondosos que solemnes daban sombra a las tumbas y sepulcros adornados de grandes ramos y coronas de flores de todos colores por las familias de los difuntos, pertenecientes todos a la aristocracia porfiriana.

Las notas del hermoso vals Dios nunca muere resonaban a lo largo del gran pasillo central acompañando a la señora Rosario a su última morada. El cuarteto se mantenía al margen, bajo la sombra de un framboyán, dejando así el paso libre al cortejo fúnebre, presidido por el carruaje en el cual se encontraba el féretro, ornamentado con coronas realizadas a base de bellísimas dalias, pensamientos, rosas y crisantemos blancos. El señor Joaquín, Constanza, y la señora María Jesús caminaban a un costado y detrás el resto de la comitiva.

Siendo el señor Joaquín Rosales Miranda miembro del gabinete de Don Porfirio Díaz, más precisamente subsecretario de la Secretaría de Comunicaciones de Obras Públicas, toda la elite mexicana se había presentado al entierro de su señora esposa, Doña Rosario Cosío de Rosales. María del Carmen, la señora Paula, la Doctora Montoya, la señora Ernestina, Juanita, Hermelinda y las demás habitantes de la casona avanzaban detrás, un poco aisladas del resto de los asistentes.

La misa a cuerpo presente se llevó a cabo en la capilla del Panteón, llamada la Capilla del Sagrado Corazón, construida en 1890 y que con su fachada neogótica, sus bellos vitrales y hermosos arreglos de alcatraces naturales acogía a los difuntos; a familiares y amigos en duelo.

Los ojos del señor Joaquín estaban hinchados de tanto llorar, en privado. Frente a todos, mantuvo las apariencias que para él siempre habían sido tan importantes. Un hombre no lloraba ni mostraba sus sentimientos en público. Punto. Durante la ceremonia no podía pensar más que en el momento en que el doctor le había informado del fallecimiento de su mujer y en el dolor que había sentido en ese preciso instante al recordar la carita dulce de Rosario el primer día que la vio en oficina del Gobernador de Jalisco. La había amado con locura sin admitirlo, ni a él mismo. Estaba seguro que manteniéndola al margen del mundo la protegía, hasta de ella misma. Quería que su belleza fuera sólo para él, que lo cuidara y lo atendiera para siempre, resguardada en su jaula de oro. Pensó en lo agradecido que se había sentido al darse cuenta que no podrían tener más hijos que Constanza, pues después de dos abortos nunca más había quedado embarazada. Mejor, se decía, así tiene más tiempo para ocuparse de mi. Quería a Constanza, que era la imagen de su madre físicamente, pero intelectualmente nunca había logrado manipularla ni hacerla idolatrarlo, como lo hacía su mujer. Constanza tenía el alma rebelde, y por más que controlaban sus relaciones, sus estudios y no la dejaban salir más que a la escuela para niñas entre semana y los domingos a misa, él sabía que su con su mente viajaba muy lejos y tenía aspiraciones que no eran dignas de una señorita de alta sociedad. Por eso había decidido casarla. Sabía que se opondría, pero nunca se imaginó todo lo que sucedería, y menos que a causa de su necedad y obstinación por dominarla perdería al amor de su vida. Aunque en ese momento era tanto y tan fuerte el dolor que sentía que sólo podía echarle la culpa a Constanza. Ahí, parado en la capilla, revivió el momento en que le gritó a su hija, al verla llegar a la casa:

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