Capítulo 22

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Las siguientes semanas todos volvieron a las actividades normales. Constanza siguió agarrando fuerzas y pronto ya estaba acompañando a María del Carmen a realizar algunos de los encargos de señoras, vestida de Aniceto, por supuesto. Le encantaba descubrir la ciudad con su amiga y cada vez encontraba más útil y cómoda la ropa masculina para salir a la calle.

-        Qué mal que no puedan las mujeres vestirse en pantalones – le decía, molesta – de hecho, ¿en dónde está escrito que sólo los hombres pueden llevarlos? ¿Quién decidió que las mujeres debemos estar incómodas para ser bellas? Hay tantas cosas que no comprendo María del Carmen...

-       Tienes toda la razón señorita, yo tampoco lo entiendo, pero bueno, disfruta mientras te dure. Y ahora a trabajar, que tengo muchos encargos atrasados. ¿Vienes?

Les tocó ir a correos, al banco, a hacer algunas compras de perfumes, de maquillaje. A preguntar precios. Anduvieron por todo el centro. Claro que fueron también al Cajón del Puerto de Veracruz, y aunque no pudieron hablar mucho, María del Carmen aprovechó para saludar a su Meurice, que para ella ya era bastante. Constanza seguía maravillándose con la vida de la Ciudad. Se sentaron en la Plaza Mayor a ver pasar a la gente, tanta y tan diferente. Los vendedores ambulantes la sorprendían con sus gritos: ¡Blanquillo-o-o-s! clamaban los vendedores de huevos; ¡Tierra para las maseta-a-as! los indígenas jardineros; ¡carboncillo-o-o! los vendedores de carbón. Avena, paja, sillas para montar, arneses, rebozos, plantas verdes, maíz, fruta caramelizada, ropa vieja, botines, chiles de todos tipos, pescado, plumas, pañuelos, naranjas, nieves, frituras, colibrís vivos, dátiles, pericos, chichicuilotes con las alas cortadas, velas, jabones, guitarras, pan, mantequilla, listones, botones. Una mezcla de todo y de todos los colores, olores y sabores. Y por supuesto, no podían faltar los aguadores, hombres fuertes que pasaban el día llevando y trayendo jarrones de agua desde las fuentes públicas gritando ¡hay aguaaaa! Al lado del mercadeo, bajo los grandes fresnos de la plaza, en medio de toda esa agitación, toda una población, apenas menos ruidosa, disfrutaba de las sombra sentada en los bancos: niñeras, ancianos jubilados, convalecientes, empleados, obreras, ex militares, etc: todo el pueblo de México conviviendo en un mismo lugar. Constanza podría haberse quedado ahí todo el día memorizando cada sonido, cada cara, cada sonrisa sin aburrirse un segundo. La compañía de María del Carmen la hacia sentirse bien, en paz. Con ella podía hablar de todo y de nada, podía reírse a carcajadas, o llorar. Ser ella misma.

-        ¿No amas esto Maricarmen? Mira a tu alrededor. Cuando pienso que pasé por aquí infinitas veces sin ver todo esto, negando mi cultura mexicana, mi identidad, sólo por el qué dirán... Mira allá, a los pollos tratando de enamorar a las muchachas que pasan. ¿Qué tiene de malo? Nunca voy a entender a mi padre y sus prejuicios y menos a mi madre, que teniendo una mamá como la que tuvo prefirió casarse con un hombre como mi padre y perderse completamente en la sumisión y el encierro.

-           Para mí esto es tan natural que ya ni lo observo. Me imagino lo que es para ti ver todo esto por primera vez, debe de ser impresionante. Tanto ruido, gritos, música. Tanta gente... Es cierto que cuando es parte de tu día a día puede hasta llegar a hartarte, se vuelve simplemente una muchedumbre, ya no ves a la señora específicamente, ni la fruta, ni los colores, ves una bola nada más, ¿si me entiendes? Pero ahora que lo dices, comprendo perfectamente tu fascinación y me apena escucharte. ¿Crees que tu madre se casó para escaparse de tu abuela o porque estaba enamorada de tu padre? Preguntó María del Carmen, realmente interesada.

-           Siento que mi padre fue el que se obsesionó con ella e hizo todo para conquistarla. Es que si la vieras, es tan hermosa, de ella saqué los ojos. Se parece un poco a mi abuela, pero es más alta. Es morena clara, con el cabello obscuro, más que el mío. El verde de sus ojos es como de otro mundo... Es elegante y tiene el porte de una verdadera dama. Lástima que con el tiempo ha perdido el brillo y se ve siempre triste. Me cuenta mi abuela que al verla, mi padre quedó hechizado. En un principio era galante y muy romántico. Le llevaba flores, la invitaba a conciertos, la cortejaba como todo un caballero. Pero una vez casados, se volvió celoso, rígido. La quería únicamente para él, y decidió que no volvería a trabajar. Una mujer decente se queda al interior, dónde le corresponde, decía. Y nada de amistades. Solamente cuando mi padre decidía invitar gente a la casa mi madre tenía derecho a convivir con los demás. No te se decir si en algún momento estuvo realmente enamorada. Yo estoy segura que mi padre si que lo estuvo, y mucho. Ahora mismo ya no sé ni que pensar. Casi no tienen contacto, llevan una relación distante, fría; tanto entre ellos, como conmigo. En esa casa no se vive, se sobrevive. Y no pienso volver ahí nunca.

-          ¿De verdad? ¿No piensas tratar de ver a tu madre?

-         La Doctora Montoya dice que ella me puede ayudar a contactarlos y tratar de llegar a un acuerdo con ellos, pero no sé, tengo miedo. Prefiero irme con mi abuela y ya estando en Guadalajara escribirle a mi madre. Imagino lo que está pasando al no conocer mi paradero, pero nada más de pensar en vivir en esa casa otra vez me dan escalofríos. De verdad, te lo digo, nunca le perdonaré a mi padre el haberme encerrado en ese lugar atroz – dijo Constanza con la voz entrecortada.

Tomándole la mano con cariño, María del Carmen agregó que tratara de olvidar esa pesadilla, que ya buscarían una solución, y para levantarle el ánimo, le invitó un delicioso sorbete de guanábana que vendía uno de los tantos ya mencionados vendedores ambulantes. Siguieron caminando mientras degustaban su deliciosa nieve. Se dirigieron hacía la calle 5 de Mayo, que era una de las que más había cambiado durante el Porfiriato y tenía hermosos edificios tipo europeo. Al llegar a la esquina con la calle de San Francisco, se toparon con el edificio que desde entonces se conocía como la casa de los Azulejos, haciendo alusión a los hermosos azulejos blancos y azules de talavera, tan típicos de la ciudad de Puebla, que cubrían toda su espectacular fachada. Constanza se quedó boquiabierta. María del Carmen le explicó que esa era la sede del exclusivo Jockey Club de la Ciudad de México.

-           ¿Podemos entrar a conocer? Anda, cinco minutos...

-          Jajaja, si que es usted curioso joven Aniceto. Pues irá a visitar usted – le contestó María del Carmen, divertida – mi señor, pues yo, siendo del sexo débil, una pobre mujercita, no tengo el derecho de admisión. Ahí dentro sólo se permite la entrada a hombres de negocios, que tienen cosas importantes que decir.

-      No pues si es así, tendré que invitar al joven Meurice a que me acompañe y usted nos esperará guardadita en la casa, como se debe.

María del Carmen rió de la ocurrencia, aunque por dentro no estaba muy segura de haber apreciado la broma. Para evitar una situación incómoda, prefirió cambiar el tema:

-        Por cierto – dijo, mientras seguían su camino de regreso a las oficinas de la Agencia – he pensado que a lo mejor puedes escribir un artículo sobre la Plaza Mayor de la ciudad, y de todo lo que ahí sucede, y presentárselo a la señora Ernestina para publicarlo en el periódico, ¡estoy segura que le va a encantar la idea! Podrías escribir con un pseudónimo, así nadie te reconocería, y harías lo que más te gusta, ¿qué te parece?

-          Pues que voy a decir, ¡qué me parece una maravillosa idea! - Contestó Constanza, dándole un beso en la mejilla a María del Carmen, que no pudo más que sonrojarse por la repentina muestra desmesurada de cariño – ¡por eso te quiero tanto, querida amiga! Sí, lo haré. Y a lo mejor después puedo ser la corresponsal en Guadalajara, ¿no crees? Y ahora vamos, que tengo cita con la doctora Montoya a las tres de la tarde y todavía tenemos que comer todas esas delicias que prepara Juanita. Ojalá haya hecho jaletina con fresas, es mi postre favorito, o por lo menos arroz de leche...

Llegaron a la casona directo a la cocina. Ya estaba todo listo y las dos protagonistas de nuestra historia degustaron una exquisito mole de olla, acompañado de tortillitas recién hechas. De postre, en efecto, jaletina, pero de mango. Todo eso acompañado de una fresca agua de jamaica. Después de comer se despidieron y cada una siguió con sus pendientes de la tarde. María del Carmen se dirigió a su oficinita a contestar cartas y verificar sus encargos y Constanza a su habitación, a donde la esperaba ya la Doctora Montoya, que hablaba con Hermelinda, para su revisión semanal.

-         Buenas tardes Doctora; Hermelinda – Saludo Constanza.

-        Buenas tardes Constanza, que bien se ve hoy, si que le ha servido salir a tomar el aire fresco, ¡ya está su semblante de otro color! Venga, siéntese, ¿comenzamos?

-        Sí doctora, claro, dijo Constanza – Hermelinda, ¿nos puedes dejar solas?, por favor, necesito hablar con la doctora.

A Hermelinda le pareció raro que la sacaran desde el principio de la consulta, pero estaba acostumbrada a acatar las órdenes de la señorita, así es que, sin atreverse a decir ni pío, salió de la habitación.

-        ¿Y eso? Te veo preocupada, ¿qué pasa Constanza?

Constanza avanzó hasta la puerta que acababa de cerrar Hermelinda y la abrió, asomando la cabeza para cerciorarse de que no había nadie en los parajes que pudiera escucharla. Una vez hecho esto, cerró con llave la puerta y se dirigió a la doctora:

-        Doctora, yo confió en usted totalmente. Lo que tengo que decirle es serio.


Agencia para Encargos de SeñorasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora