Capítulo 22 - Usada (En edición)

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- ¿Qué demonios?- gritó.

Escuché romper algo. Entonces solté:

- Quiere que los conozcamos Tienen un juego en donde aparentan que nosotros vivimos con ellos.

Escuché otro crujido y unos cuantos gritos de Sam, pero confusos, no lograba entender que le decía.

- ¿Y qué esperas?- gritó aún más fuerte-. ¿Qué les haga caballito? ¿Sabes lo que le sucederá a mamá si se entera? No deberías ni pensarlo, la respuesta es no. No le digas a Kelly, la idea se le subirá a la cabeza. Ella no sabe como sufrió mamá... ella... ¡demonios!

El teléfono debe de haber volado por los aires y estrellarse contra el suelo, ya que después de eso solamente escuchaba algunos estruendos y gritos lejanos, tanto de Sam como de Ethan.

Colgué sintiéndome impotente, deseando poder hacer algo para ayudarlo. Pobre Sam, le lancé la bomba sin un previo aviso. Deseé en mi interior que la pelirroja pudiera controlar a mi hermano y que esto solamente los vuelva más fuertes como pareja.

Posiblemente en un par de horas esté acurrucándose en una esquina llorando desconsoladamente, mi hermano era realmente sensible, no se dejaba ver de esa forma, pero solo él lloró con un documental de Discovery de un león, solo él lloró por las pobres cebras.

Deseaba que sus dos primeras etapas acabaran pronto y la racionalidad le entrara a la cabeza de una vez. Sabía que mi hermano se daría cuenta que los niños no tienen culpa alguna.

~°~

- ¿Pensaste en una fecha para la boda?

Observé sus ojos castaños y negué con la cabeza. Diego, últimamente, estuvo muy ansioso con respecto a la boda. Aquella mañana de sábado el latino me había llamado aquella mañana para invitarme un almuerzo. No superaba el hecho de haberlo engañado simplemente no lo hacía. De-de se encontraba siendo cuidada por Lola y por Bruce, de seguro pasando un mejor momento que yo.

Ya había pasado una semana desde que engañé a mi prometido, pero la culpa aún vivía en mí como desde el primer momento. Había estado ignorando todas las llamadas de William y tampoco respondía sus tantos mensajes. No me atrevía siquiera a leerlos, por si tambaleaba y respondía alguno.

Tenía un nudo en la garganta que no desaparecía ni siquiera con helado. Y no era solo eso, mis labios reclamaban constantemente a los labios de William, era una especie de hambre que no desparecía ni con los besos de Diego ni con comida; un hambre desesperada e insaciable.

Lola me había dicho que hablara con Diego, que lo más justo sería que le contara toda la verdad. Pero no creo que le haga mucha gracia enterarse de que besé al padre de mi hija, el chico que había amado durante toda mi infancia y adolescencia.

En cuanto a Ethan, el miércoles de madrugada me había llamado llorando y ebrio, me dijo que debía ir a casa lo antes posible, para contarle a Kelly y para decidir si le decíamos a mamá o no. Así que, aquella misma tarde partiría hacia casa de mi madre para volver el domingo por la noche.

Escuché cómo Diego me hablaba sobre algo relacionado con su trabajo, siendo sincera, no estaba prestando verdadera atención, pero aparentaba que sí. Y entonces me comencé a sentir como el chico en la relación, de esos chicos que se aburren infinitamente con las conversaciones de sus novias. Usualmente eso no ocurre, usualmente una chica es suficientemente inteligente para dejar al chico cuando todo se torna aburrido.

Cada día estaba más insegura con respecto a la boda, en cambio, él parecía cada vez más feliz diciendo que nos casaríamos. Era como si yo quisiera huir de todo lo que ocurría. Hacía un tiempo atrás había asociado ese sentimiento a los nervios por caminar de blanco al altar, pero en aquel momento no tenía ninguna explicación coherente.

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